Cerrojos de humo y claridad

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La Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura del gobierno de Jalisco, presentó hace días la antología poética Cerrojos (del amor y del misterio), en la colección Clásicos jaliscienses, texto que descubre otra cara del poeta Artemio González García (Arandas, Jalisco, 1932), en cuya obra son frecuentes el hermetismo y la densidad.
La selección, edición y comentario la hizo el también poeta Luis Armenta Malpica, que buscó y encontró los poemas nítidos y hasta llenos de ternura de este autor, sin convergencia de voz entre sus pares, por igual en Jalisco que en el ámbito nacional.
Cerrojos (del amor y del misterio) ofrece la oportunidad de recuperar, en parte, una bibliografía difícil de obtener.

De Erial del cero a Cerrojos
Artemio González García nace a la literatura en 1967, con su libro Erial del cero, en el que rompe con muchos de los esquemas de hacer poesía.
Esta obra le sirve de partida para la consolidación de un tono peculiar, que lo llevará a convertirse en una especie de pintor surrealista con la palabra.
Practica malabares, reinventa la realidad, la diluye, hace que resurja, para aniquilarla de nuevo.
Este poeta pulveriza la lógica y pone al lector contra la pared. Entonces resulta preferible dejarnos llevar por el ritmo del poema, por lo sorprendente de las imágenes.
De Erial del cero a Cerrojos (del amor y del misterio), podemos constatar que el autor va dejando el barroquismo, la densidad, la frecuencia de los términos esdrújulos, las palabras compuestas y yuxtapuestas.
De la aridez aterriza a una mezcla de conceptos y lirismo en mayor armonía. Quedaron atrás las urgencias de trabajar con el lenguaje en sí y para sí. Ya habla en primera persona, para contarnos de su padre, de la muerte de su hermana, de su madre, de los perros que ladraron en su hogar. El filósofo baja a la tierra y la endulza con sus manos.

Amigo de la paradoja
Si bien casi todos los autores utilizan la paradoja como recurso del habla para demostrar que la contradicción es un elemento imprescindible, en Artemio González García ésta es más frecuente. Para su poesía los caminos tienen patas, las rutas, en vez de demostrar el movimiento con movimiento, sufren de parálisis. Incluso uno de sus libros lleva por título La eternidad y el humo.
Las palabras y campos semánticos adquieren otra connotación: el evangelio, en lugar de constituir una referencia cálida, remite al asfalto; las catequistas al percal, y “sobre la noche más árida y más negra / es un espantapájaros el figurín del hombre…”.
Los personajes poéticos de Artemio González García le “acuchillan los símbolos”. De esta aceptación explícita, surgen Amilania, Elena, Rosárida, María nevada de silencios, María noctambulada en ánima, Marías cenicientas, María de la luz (con minúsculas), y una Blancanieves que se deshiela.

Un pueblo con otro matiz
De ninguna forma este es un poeta de resonancias de provincia. Ni pensar en Ramón López Velarde, Francisco González León, Manuel Martínez Valadez.
A la objetividad y al realismo opone imágenes de caricatura y antisolemnidad. En su pueblo las campanas son goteros, sus calles ruinas de meteorito, cualquier iglesia un punto para ollas filiales, responsos de percal o fámulas que saben de galaxias, de silencios que trasminan el alma. Los cohetes, mesones, empedrados o tamboras no constituyen una pirotecnia del estereotipo, sino la explosión de los montajes.

Sus preguntas existenciales
¿Cuáles son las dimensiones del cosmos y de los inmersos en sus galaxias? ¿Cuántos los cuándos del que interroga sin obtener las respuestas esperadas? ¿Dónde están los adóndes que hablan de la última o de la más reciente estrella del universo? ¿El futuro tiene principio, el imprincipio es cuestión de tiempo o de capacidad para reconocer a su autor?
En estas y otras preguntas, el poeta reclama sin reclamar para qué la angustia, qué objetivo tiene la soledad, ¿es la duda sistemática un plan de vida, o la vida una duda por sistema? ¿Qué desesperanza nos espera al girar cualquier esquina? ¿Es posible la luz sin grietas de noche, de incertidumbre, de zozobra? ¿Podemos no ser tristes si habitamos la grisura del mundo?
¿Cómo hablar de la muerte si quien escribe no ha muerto? La interrogación abona al escrutinio: “Entonces… Sin figura / sin acta y sin Artemio, / soy el nombre de aquello que se resiste al nombre, / el apóstata huraño de la fe del bautismo. / Soy lo que se deserta para exhalar el alma / como sotana en quiebra sobre una vía de osario”.
Preguntas para un estertor de despedidas.

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