Lector ávido de literatura intensa, tanto estética como emocionalmente, el autor tapatío busca escribir historias que muevan, y que conmuevan. De este compromiso nació su más reciente novela, El amigo muerto, que volvió a la vida treinta años después de una primera versión que escribió en su juventud
De todos los adjetivos con que Antonio Ortuño habló de sí mismo en la larga plática que sostuvimos sobre su libro El amigo muerto –junkie de la literatura o hablantín, por ejemplo–, uno se me quedó grabado, ya fuera por recurrente o quizás porque define su manera de concebir y hacer literatura: “fabulador”. Y sin duda, el autor tapatío es un fabulador prolífico –lo atestiguan sus más de 20 libros, entre novela, cuento y literatura juvenil– y un conversador inagotable –parlanchín, se dijo– que puede pasar, sin perder el hilo, de discurrir de literatura a hablar de su padre, de la hipoteca que tuvo que pagar hace muchos años –y que de alguna manera tiene que ver con el nacimiento de El amigo muerto–, a la situación inmobiliaria actual de Guadalajara; de metal y Conquista, o de la migración de su familia que salió de España durante la Guerra Civil a México y la de sus hijos que la están emprendiendo al revés.
Abundancia que, sin embargo, no parece reflejarse en su manera de escribir cuentos y novelas, donde la sensación es que no falte o sobre nada y que lo que verdaderamente importa es la narración; una narración en que todo ese arsenal de intereses, lecturas, memorias y vivencias de la que puede discurrir por horas, se somete a la historia, a su lógica y a sus necesidades.
“Yo creo que la escritura aprovecha la experiencia y la memoria, y también las lecturas, pero existe la fabulación, que es algo fundamental en la narrativa. No se trata de confesarse, yo no encuentro ninguna función terapéutica en la escritura, ni creo que sirva para librarme de ninguna clase de recuerdo o herida o demonio interno. Para eso fui a terapia muchos años. Es un comentario que hago frecuentemente cuando imparto talleres; les digo que si lo que están buscando es salud mental, que la busquen donde se busca la salud mental: en la atención profesional, no se escondan escribiendo cuentitos. Entonces, yo creo que no importa en mis textos qué yo haya vivido, que yo esté ahí o qué tanto se parecen o no a mí; desde luego, si no fuera quien soy y no hubiera vivido las cosas que me ha tocado vivir probablemente escribiría otras cosas, pero no trato de escribir voluntariamente de mi vida”.
La vaga ambición es, en este sentido, la única excepción, un libro en el que juega con esa idea de la identificación, de si el personaje es o no el autor, de cómo éste vive y cuáles son sus memorias, y cómo afecta el pasado a su desarrollo estético. “Pero claro”, dice, “es un juego literario y que no tiene que ver con mi vida”.
Entonces, ¿la “vaga ambición” era en cierta forma la tuya?
“No, La vaga ambición justamente juega con la idea de que la gente me identifique; muchos de los cuentos, es cierto, sí parten de una pequeña anécdota personal, pero a partir de ello desarrollaba el cuento, la fabulación, no trataba de ahondar en mi memoria, ni en mis sentimientos, sino de crear literatura”.
En ese sentido, ya se ha dicho que El amigo muerto es un libro de juventud, que regresaste a él después de muchos años. ¿Hubo un reencuentro no solo con el Ortuño de entonces que escribía, sino también con el Ortuño de ese momento y con cómo ese Ortuño veía el mundo? ¿Qué ha cambiado en estos treinta años?
“La idea original y la primera versión de El amigo muerto es de mitad de los 90, cuando yo era adolescente. Estoy hablando del 94, 95; estaba fresco el cadáver de Kurt Cobain, el de Colosio, ya era un mundo bastante salvaje. Habían matado al Cardenal en Guadalajara, habían asesinado a Selena; estaba la guerra de Yugoslavia, y además había mucha violencia en las calles en general. Desde luego no a la escala que alcanzó después de las campañas de Calderón. Yo vivía en Las Águilas, que entonces era un barrio muy periférico, al pie del cerro, y pasaban los voceadores de pasquines amarillistas y la nota roja era parte del soundtrack del barrio. Entonces tampoco es que viviéramos en Disneylandia y muchas de las historias que aparecen en la novela y de lo que le sucede a los personajes eran las cosas que yo estaba observando en ese momento”.
Entre ellas, los trabajos precarios que habían tenido él y sus amigos, muchos de los cuales no habían podido seguir en la escuela para ayudar en casa o porque no habían salido en listas, toda una serie de problemas adolescenciales que caracterizan a los personajes de El amigo muerto, y que son previos incluso al conflicto central de la novela, que tiene que ver con abusos y violaciones cometidas en ambientes eclesiásticos, que a lo largo de los años se han vuelto de dominio público y han llegado a los tribunales. Por otra parte, estaban sus lecturas juveniles, de aventuras, Mark Twain o Robert Louis Stevenson, o la literatura mexicana, el primer José Agustín o Jorge Ibargüengoita. Desde esta base, faltaba nada más el cómo desarrollar el todo: la fabulación.
“Yo escribí cuentitos desde muy pequeño y empecé a intentar en la adolescencia escribir novelas. Solamente que yo no sabía escribir una chingada, pues tenía 18 años, y lo que pasó en medio fueron muchos años en los que generalmente no estaba pensando en la novela, pero sabía que estaba ahí. Por más o menos el 2013 estaba encharcado con la hipoteca, tenía una serie de broncas económicas y estaba por salir una novela mía, La fila india, y una editorial diferente en aquella época me invitó a participar en una colección de libros de literatura juvenil; me ofrecían un dinero que en ese momento me sacaba de apuros con la hipoteca. El problema es que yo no tenía una novela y no había escrito nunca una novela según yo ‘juvenil’, y les dije, ‘bueno, tengo una novela que escribí cuando era joven que está protagonizada por jóvenes’”.
Así nació la primera versión de El amigo muerto, con cambios y correcciones apresuradas porque tenía los tiempos encima. Además, explica Ortuño, a la editorial que iba a sacar La fila india no le gustó para nada la idea de que salieran las dos novelas simultáneamente, por lo que al final decidió publicarla con pseudónimo.
“Pero no quedé conforme, porque la trabajé muy poco tiempo y en realidad ya casi directamente sobre las pruebas. No me gustó la edición, no me gustaban muchas cosas. Lo único que me gustaba fue poder pagar mi lío de la hipoteca. Le ajusté algunas cosas, sobre todo por el salto tecnológico del internet. En los noventa era muy incipiente, entonces en la historia original los personajes andaban persiguiendo teléfonos públicos, cabinitas de internet, que eran novedades. Pero de todas maneras no estaba conforme con eso y en algún momento, en Planeta, que ha recuperado todas mis novelas, salvo las que sí son estrictamente juveniles, me dijo mi editor, Gabriel Sandoval: ‘Oye, ¿qué onda con esa novela, por qué no la retomamos?’ La volví a leer y sí, la historia siempre me gustó y dije: ‘bueno, la voy a trabajar en serio para que en los 30 años que pasaron funcione, con la experiencia que me lleva a saber cómo hacer bien ese libro que no supe hacer a los 18’. Pero traté de ser muy fiel al espíritu original del libro”.

En treinta años has cambiado tú, y muchas cosas más; sobre todo, como dices, la tecnología, pero muchas otras siguen igual, ¿no?
“Siguen igual, por supuesto, la falta de oportunidades y la precariedad de la vida en México, o quizá peor de como estaba entonces. Y no es porque entonces estuviéramos bien, yo jamás seré de los que diga: ‘¡ay!, vivíamos en el paraíso terrenal y se arruinó todo’. No es cierto. Un país con un montón de problemas, estaba fresco el levantamiento zapatista, en aquella época era muy evidente la crisis sustancial del país, y bueno, la crisis económica de los 90, que sucedió a la de los 80, que sucedió a la de los 70… Osea, la crisis permanente. Creo que sencillamente lo que sucede con la novela es que de alguna manera mordió en lo medular de muchas cosas que no hubo necesidad de cambiar. Muchas cosas parecen ahora más graves de lo que parecían entonces porque hay mucha muerte y dolor y salvajadas acumuladas. A lo largo de muchos años se ha destapado la cloaca de los abusos de las redes, de abuso, de pornografía infantil y juvenil, de pederastia, de tráfico de personas, de mafias dedicadas a eso, los abusos dentro de grupos religiosos, sectas, en escuelas.
Aún así, dices que mucha gente te pregunta por qué decidiste rescatar esta novela…
“Porque siempre quise sacarla y porque creo que vale la pena. Es una novela que puede leer cualquier persona, es un divertimento, no es un gran proyecto de la adultez. Mi siguiente novela es sobre el Virreinato, entonces que no se apuren, porque no me voy a poner a escribir sobre temas juveniles…. Nomás tardé treinta años en terminarla bien, pero ya no en temas juveniles, sino en temas universales: la amistad, el enamoramiento y esa falta de de perspectiva, que es algo que ahora no atañe nada más a los jóvenes. Todos esos espacios que ya estaban mal en los noventa, pues se han ido restringiendo cada vez más. Suena muy deprimente y por eso la novela es divertida, no?”.
Por contraste…
“Claro”.
¿Y qué puedes decir de este nuevo libro sobre el Virreinato?
“Mira, normalmente no hablo de los proyectos, no por cuestión de pensamiento mágico, sino porque cambio y ajusto muchas cosas antes de que salgan. Entonces pues nada más es una novela que ocurre en Nueva Galicia a finales del siglo XVI. No es una novela histórica de voz hueca. Llevo años leyendo, sobre todo para responder cosas que yo me preguntaba de niño. Este es un país absolutamente centralista y yo de niño no sabía la historia de como habían sido las cosas antes de que yo naciera en Guadalajara. Mi familia es de españoles que han migrado acá. No tenían el conocimiento de lo que había pasado en la ciudad ni de quién la fundó, ni cuál fue su historia. La historia que yo veía en la escuela era la de la Ciudad de México, Tenochtitlan, sabía como se llamaban las calzadas, en las que podía salir Caballero águila o Caballero tigre, los nombres de las tribus que habían empezado a formar el imperio que luego sería el de los mexicas. Y luego el cura Hidalgo y demás, pero de mi ciudad no se decía absolutamente nada en el libro de historia. Con el tiempo me puse a leer de historia regional, como curiosidad, y eventualmente llegué al momento de decir ‘quiero escribir sobre esto’. Porque no sabía las cosas. Porque los libros de historia de la escuela y las maestras solo sabían hablar de los mexicas, que la verdad es que siempre me habían interesado muy poco, porque vivo muy lejos y porque aquí eran otros indígenas y fueron otros los españoles. Por aquí pasó Cortés cinco minutos. Esta zona la conquistó otro tipo, que fue Nuño de Guzmán, son historias muy diferentes a las del Altiplano. Entonces claro, yo no escribiría una novela para decir: ‘miren, leí todo esto y aquí les cuento resumidamente los archivos que leí’. No veo así la literatura, desde luego hay mucho de fabulación, pero de alguna manera es un poco la respuesta a cómo era o cómo podría haber sido esta otra historia”.
Para cerrar… lo repetiste muchas veces: fabulación; ¿para ti eso es la literatura?
“No es solo fabulación, pero sin fabulación la narrativa no me interesa. Yo fracasé como lector ante el gran Knausgård y sus 500 tomos de 500 páginas sobre cómo iba al dentista. Porque no me interesa, ni sus procedimientos literarios; es como hablar durante muchas horas con un amigo muy aburrido. Desde luego hay libros de autoficción que me parecen muy buenos y que me han gustado a lo largo del tiempo, pero no me interesa esta ecuación de sacar la fabulación de la narrativa ni toda la angustia, sobre todo gringa, por las identidades, por ‘quién soy yo y qué derecho tengo a hablar por otro’. Bueno, pues así desaparece la literatura. No hay Shakespeare si uno no puede imaginarse cómo sería ser otro; no hay literatura, no hay Rulfo, no hay Virginia Woolf, no hay nada. Solo puedes escribir sobre tu vida y sobre tu abuelita. Y la verdad, salvo que tu abuelita haya sido María Sabina o alguien interesante pues yo no quiero saber esa historia, son historias de café. Es una literatura de muy baja intensidad y con muy baja densidad emotiva, estética. Porque se parecen mucho a las pláticas de un grupo de terapia y a mí no me interesa saber que eran fríos los papás de los escritores mexicanos. Dame literatura, soy un junkie de la literatura. Me interesa prenderme al libro que me entusiasme, que me sorprenda. En ocasiones que me ofenda, incluso. Que me conmueva, intelectualmente hablando. Pero que me mueva. Y es lo que yo querría hacer con mis libros. Yo quiero escribir historias y creo que la narrativa tiene un poder muy grande. Y la fabulación es una parte importante de eso. No niego desde luego que la experiencia y la memoria son fundamentales, claro, yo no podría escribir sin eso. Pero prefiero leer Moby Dick que las confidencias aburridísimas de cualquier persona”.


