A unos pasos de recaer

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En el número 205 de una concurrida avenida del centro de Guadalajara, la sesión comienza. Una señora se sube a un estrado, frente a todos, y cuenta que recayó: después de tres meses volvió a tomar. Tequila. Que ya no sabe qué hacer. El coordinador de la charla le dice que lo intente. Los demás escuchan. Dice que es la tercera vez que recae en un año. Este piso 1, donde resuena el estruendo de los camiones y los bocinazos, es uno de los lugares de reunión de Alcohólicos Anónimos, asociación gratuita y de permanencia voluntaria para quienes quieran dejar, entre otras adicciones, la bebida.

Además de ésta, existe en el estado un sinfín de clínicas, centros, comunidades y grupos de autoayuda para el tratamiento de adicciones de distintos tipos. De acuerdo al último informe del Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones (Siseva), que se refiere a 2012, Jalisco tiene el mayor porcentaje de ingresos a clínicas de rehabilitación de la zona centro —en la que dividieron al país para realizar el estudio, además de norte y sur—, la cual está conformada por 13 estados (incluido el Distrito Federal y el Estado de México). En ésta se registraron 37 mil 461 casos (que representan el 64 por ciento del total nacional), de los cuales el 27 por ciento corresponde a nuestra entidad.

Muchos de estos centros son irregulares o no cumplen con la normativa en la materia. Pese a que la mayoría utiliza el clásico método de los 12 pasos para conducir a sus pacientes al cese del consumo de sustancias, los precios y los métodos — en algunos casos la cantidad de golpes—, varían drásticamente.

Tratamiento “al precio”
A Jorge (nombre ficticio) le dieron de comer sopa de pantano. Una combinación de desperdicios de verduras y frutas podridas que desechan algunos comerciantes del mercado de abastos. Ha estado ya en tres clínicas, dos grupos de autoayuda y dos anexos. En todos éstos, los directivos han convencido a su familia de que esa vez el tratamiento sería efectivo, que Jorge iba dejar, por fin, de consumir alcohol, cristal y marihuana. Pero ninguno ha cumplido. Él, en cambio, está completamente seguro de que es un caso perdido. No ha dejado de consumir estas sustancias por completo, pese a que su familia ha gastado alrededor de 300 mil pesos en su fallida rehabilitación.

Francisco Gutiérrez, director del Centro de Evaluación Psicológica del Centro Universitario de Ciencias de la Salud, admite que “cada persona necesita un tratamiento personal. Si bien los grupales han mostrado funcionar, cada paciente presenta síntomas distintos. Un centro de rehabilitación debe evaluar el estado psicológico y hasta físico que han provocado las drogas en el usuario para, entonces, decidir el procedimiento adecuado para cada uno”.

Los precios de los tratamientos varían debido a que cada centro, clínica o grupo ofrece al adicto atenciones diferentes: psicológica, médica, nutricional; camas acolchonadas, convivencia, dinámicas, deportes, entre otros servicios. Y cobran la tranquilidad que le ofrecen a una familia al asegurar que cuidarán a su adicto para que no robe, no golpee y deje de autodestruirse.

Beatriz Hernández López es una psicóloga que trabaja en una comunidad terapéutica en el sur de la zona metropolitana de Guadalajara; en ella los adictos pueden tener un internado común, que cuesta 4 mil pesos la inscripción y 6 mil la mensualidad, o un internado VIP, que cuesta alrededor de 16 mil pesos mensuales. Los usuarios tienen actividades comunitarias, como jardinería, lavandería y cocina, además de recibir atención médica, recreativa y psicológica. Si alguien dado de alta recae, es bien recibido. Pero empieza de cero su proceso. Y, claro, tiene que volver a pagar.

Si el paciente o los familiares no tienen esas cantidades de dinero para rehabilitar a un adicto problemático, están los anexos. Jorge cuenta que en ellos pagan 600 pesos al mes o hasta 400. En las clínicas el proceso, firmado por los familiares y con una garantía “casi completa”, dura de cinco a ocho meses; en las comunidades terapéuticas, seis; en un anexo pueden pasar años.

Jorge tenía compañeros con más de ocho años en el último anexo en el que estuvo. “Las familias se convencen de que allí vas a estar mejor y no te sacan, por eso hay los que se escapan y los que se suicidan, porque el proceso para cada adicto varía”.

A Beatriz Hernández muchos pacientes le cuentan de los anexos: “Tenemos usuarios que vienen de allá. Los humillan, los insultan, viven 20-25 personas en un solo cuarto, no los dejan salir, ni ver a su familia, no respetan para nada los derechos humanos de un adicto. Y ese nivel de violencia se nota. El problema con estos lugares es que muchos se hacen pasar por clínicas profesionales cuando no cuentan con un permiso pertinente por parte de la Secretaría de Salud”.

El permiso lo otorga el Centro Estatal Contra las Adicciones en Jalisco (CECAJ). Esta dependencia admitió que el año pasado existían en su registro 280 centros de rehabilitación, de los que tan sólo 75 estaban certificados con la NOM-028-SSA2-2009, la norma en vigor que establece los requisitos que debe cumplir cada establecimiento para ofrecer tratamientos de rehabilitación.

La semana pasada, el Presidente Enrique Peña Nieto, al presentar su estrategia para combatir las adicciones, presentó 6 puntos estratégicos, y aseveró que se están implementando 150 líneas de acción, entre las cuales destacó las encuestas y acreditar servicios de tratamineto. Si, como muestran los datos del CECAJ, en este rubro no hay avances, en cuanto a las encuestas los últimos datos disponibles son de 2012. Asimismo, reconoció que más de medio millón de personas en México son dependientes de sustancias ilícitas, y que uno de cada tres mexicanos entre 12 y 65 años consume alcohol con patrones de riesgo.


Victimización y estigma
Gerardo (otro nombre ficticio) dice que tiene ocho años limpio y no necesitó más que unas charlas que lo animaron a cambiar de vida. Consumía alcohol preferentemente, pero lo combinaba con marihuana, anfetaminas o lo que tuviera cerca. Tiene mucho sin ir a un grupo, pero duró tanto haciéndolo que conoce todos los discursos que utiliza alguien que quiere volver a la adicción. Hizo su servicio social en una clínica de rehabilitación cuando estudiaba psicología: “Las adicciones no son una enfermedad como tal, pero tampoco se curan fácilmente, ni con una sola formula. A cada uno le sirven cosas distintas. A diferentes precios, claro. Hay a quienes les sirven pláticas gratuitas diarias en alcohólicos anónimos, hay a quienes los tienen que llevar a que les peguen…”.

Para Jorge, el maltrato y los insultos, así como los castigos que les imponen a los adictos en los anexos, no son motivo de alarma. “Nadie llega ahí porque se haya portado bien. Todos los que llegamos ahí, mínimo hemos hecho llorar a nuestras familias. Algunos han hecho cosas más graves, y pues estamos acostumbrados a que nos traten así, otros adictos, la poli, etcétera, pero como estás drogado, no te importa o no lo sientes. Cuando ya estás sobrio, me parece de maricones quejarse de que te peguen en un anexo”.

Esta especie de síndrome de Estocolmo se debe, según Francisco Gutiérrez Rodríguez, a la posición del adicto que se asume como un enfermo: “Desde la psicología tratamos que el adicto no se ponga el rótulo de enfermo. Debe tener conciencia de su problema para abatirlo, pero luego hay personas con 10 años de sobrios y siguen teniendo el rótulo de alcohólico. Esto en lugar de abatir la adicción, la está traspasando al grupo de autoayuda al que pertenecen, donde luego generan dependencia y así comienzan los sistemas de poder que imperan, por ejemplo, en los anexos”.

Un sistema que hace que la mayoría de los adictos recaiga; como Jorge, que incluso cree que nadie tendría que encargarse de ellos. Que es inútil. Según el citado informe del Siseva, en Jalisco, de 13 mil 843 atendidos por los centros, el 44.8 por ciento estaba internado por segunda vez, y el 36.8 por ciento tenía de dos a cuatro procesos previos.

El CECAJ otorga becas a personas de escasos recursos para su rehabilitación en los centros capacitados por la misma institución, pero el presupuesto estatal que entregaban para este rubro, que era de seis millones 600 mil pesos, en 2014 bajó a cuatro millones 200 mil.

Gutiérrez Rodríguez dice que: “La violencia y la agresión de los anexos ha funcionado en algunos casos, pero no significa que sea lo mejor. Todas las clínicas o centros, aun cuando sigan el tratamiento básico de los 12 pasos, deben contar con asesoría médica y psicológica. Están tratando con humanos que tienen derechos que deben ser respetados. Los castigos no logran avances. Desde el punto de vista más básico de la ética, no deben generar más estragos de los que ya ocasionó la causa del problema. Castigar no suele ser una buena opción, genera más estrés y estarían sustituyendo un trastorno por otro”.

Pequeñas grandes adicciones
El informe de Siseva muestra que, en Jalisco, el rango de edad que mayor ingresos a clínicas tuvo, fue el de 15 a 19 años (23.7 por ciento) e incluso que el de 10 a 14 representa el 8 por ciento (el cual también constituye el grupo de mayor vulnerabilidad por iniciar a consumir drogas, con el 52.2 por ciento).

Beatriz Hernández cuenta que “los chiquitos son los más difíciles: ¿qué haces si, aunque los becan, acaban el proceso y van de regreso a la calle, con dificultades para encontrar un empleo decente o un lugar para dormir o estudiar?”.

“Por causas sociales y culturales que empujan al niño a consumir estas sustancias, ya sea por una manera de escapar de sus problemas o por el ejemplo que reciben de los adultos que tienen cerca, los adictos no tienen un núcleo de apoyo establecido y continúan en este camino” asevera Gutiérrez Rodríguez.

Dejar el camino no es cosa fácil. En las charlas de Alcohólicos Anónimos hay quienes dan esperanzas. Los 12 pasos son como la Biblia para algunos. Hay otros que recomiendan las limpias hechas por brujos, o rezar rosarios por el adicto.

En el edificio del número 205, donde están reunidos, la señora que ha recaído por tercera vez en el alcohol, afirma que le pegaba a sus hijos, y pide a quien guste que rece por ella. “Cada uno le hace como puede”, asegura el coordinador de la charla, antes de despedir a la mujer, invitándola a sentarse. Luego espera a otro asistente que tenga ganas de subir a platicar su historia a los demás.

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