
En marzo de 2020 no sólo cambió la percepción del mundo y de la vida para muchas personas, sino que se transformó radicalmente las competencias en el cuerpo médico
Hay una lucidez peligrosa en la espera. Desde que se empezaron a ver las primeras publicaciones allá por finales de 2019, “sabíamos que tarde o temprano iba a llegar”, recuerda el doctor Juan Adrián García Padilla. Febrero, marzo y, de pronto, la certeza de lo inevitable: la pandemia había llegado a México. El problema mayor no era solo el virus, sino la incertidumbre, la oscuridad de una enfermedad cuya fisiopatología era completamente desconocida, la ausencia de directrices claras y las preguntas sin respuesta de cómo enfrentarla.
García Padilla es médico adscrito del servicio de Urgencias Adultos del Hospital Civil Juan I. Menchaca. Habla con esa cadencia de quien ha tenido que contar esta historia varias veces y, todavía, no sabe muy bien cómo terminarla, porque en cierta forma no ha terminado.
“La Secretaría de Salud empezó a brindar información, pero no teníamos un protocolo de manejo, era incierto, no conocíamos la fisiopatología, no sabíamos cómo íbamos a empezar a actuar”, recuerda el especialista.
Ante eso, el hospital tuvo que adaptar su infraestructura de manera improvisada: se construyeron paredes de tablaroca dentro del propio servicio para generar áreas de aislamiento donde antes no había ninguna, trazaron circuitos de traslado, diseñaron rutas de acceso para el personal. Prepararon sus propias soluciones de sanitización con alcohol al 70% y cloro. Establecieron turnos de tres horas dentro del área contaminada, porque más tiempo era insostenible, pues el calor se acumulaba dentro del equipo, los lentes se empañaban, el cuerpo cedía.
“A la hora sudabas y con las mascarillas ya no veías nada”, recuerda el especialista. Algunos compañeros salieron desmayados, dice, Varios enfermeros entraron con pañales desechables para no tener que desvestirse durante el turno y arriesgar todo el proceso de sanitización.

El personal tuvo que absorber el dolor de los familiares, quienes llegaban desesperados y, en ocasiones, amenazaban. Pedían que pusieran a dos pacientes en una sola cama si era necesario. Se les explicaba que el problema no era el espacio: era que no había tomas de oxígeno. “No eres Dios”, les decían. “No soy Dios, pero no tengo todos los recursos”, respondía el doctor.
La principal conclusión del personal médico trasciende los muros del hospital y apunta directamente a las políticas de prevención y salud pública. “Lo único que puede mejorar a una población no es el dinero, no es tener un hospital gigante con mil camas. Es la educación”, afirma García Padilla, señalando que una mayor consciencia ciudadana y un aislamiento riguroso habrían reducido drásticamente la cadena de transmisión y la saturación hospitalaria.
Todos los que sobrevivieron a esa sala de urgencias cambiaron. Se volvieron más selectivos, más observadores, aprendiendo a filtrar de prisa la avalancha de información para saber qué funciona y qué no. La pandemia transformó radicalmente las competencias del cuerpo médico, obligándolos a desarrollar nuevas destrezas de atención crítica, a trabajar bajo estrés extremo y a perfeccionar su capacidad para filtrar y validar información científica en tiempo real.
Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.
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