Un día de 1926, un grupo de señoras defendía la parroquia de Jesús en el Centro de Guadalajara. Ya se había declarado la huelga eclesial en todos los templos de la ciudad y la región en respuesta a la promulgación de la Ley Calles y a las medidas anticlericales implementadas a raíz de esto por el gobernador José Guadalupe Zuno, con la expropiación de fincas y cerrando el Seminario. Y no había sacerdotes.
Las mujeres vieron a un gendarme que no se quitó el sombrero al pasar frente al templo. Le gritaron que debía hacerlo. El policía les mentó la madre. Las señoras se enojaron, lo enfrentaron y detuvieron. Él se enoja, a su vez, reacciona, pero ellas son muchas y no puede con todas. Lo tumban con la ayuda de un grupo de jóvenes que traen una piedra grande; se la dejan caer en la cabeza. Lo matan.
Esta historia se la contó Heriberto Navarrete, antiguo profesor del Instituto de Ciencias de Guadalajara, al académico de la Universidad de Guadalajara Robert Curley, para quien la anécdota está llena de simbolismo acerca de la rebelión cristera que se suscitó entre 1926 y 1929, sobre todo en el Bajío y el Occidente mexicano.
“Por un lado, las mujeres no eran guerrilleras, ni militares; eran señoras de barrio. Seguramente, ninguna se levantó y pensó, ‘Hoy voy a matar a un policía’. Todo esto responde la pregunta ¿de dónde salió este coraje, compromiso, entrega y disposición?”.
Para el coordinador del doctorado en Ciencias sociales del CUCSH, si bien la iglesia, la jerarquía y las autoridades eclesiásticas llaman a la huelga clerical, fue el limbo religioso el que generó las revueltas. Pues sin sacerdotes, ni misas, los fieles administraron y defendieron los templos desde agosto de 1926 cuando estallaron actos de violencia esporádicos, aunque sin mayor organización.
La Cristiada estalló hace 100 años, sin anunciarse, pero el movimiento aprovechó la experiencia de militancia de la generación anterior, involucrada en movimientos católicos sociales previos a la caída de Porfirio Díaz.
En ese entonces, los católicos sociales discutían una reforma agraria para evitar conflictos, e incluso fundar un partido político. También lucharon por el derecho de huelga y un salario mínimo, propuestas que quedaron plasmadas en la Constitución de 1917.
Para Curley, historiador especializado en la Revolución mexicana y la Guerra cristera, el movimiento popular dejó una herida muy profunda en muchos jaliscienses.
“Estamos a tal distancia, a un siglo, que ya se habla con más tranquilidad, pero recuerdo que cuando empecé a estudiar en los archivos católicos como estudiante doctoral, hace 35 años, no había. Apenas si las familias platicaban de esto, pero una generación antes de eso, el tema no se tocaba”, dijo Curley.s