Un hambre de siglos

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    Hemos comido palos de colorín,
    hemos masticado grama salitrosa,
    piedras de adobe, lagartijas, ratones,
    tierra en polvo, gusanos…
    Anónimo de Tlatelolco, Los últimos días del sitio de Tenochtitlan, 1528.

    Los desnutridos de México continúan siendo los indígenas. En las poblaciones urbanas la desnutrición infantil afecta en promedio a por lo menos 20 por ciento de los niños. En las comunidades indígenas la cantidad se multiplica hasta 80 por ciento de infantes.
    México fue en épocas remotas el mayor productor de uno de los alimentos con alta cantidad de hidratos de carbono, proteínas y grasas: el maíz, con una antigí¼edad de más de seis mil años.
    Hoy, por efectos del TLC, los campesinos indígenas apenas logran cultivar sus propios maíces. Ya ni siquiera venden sus cosechas. Las importaciones baratas de elote los obligan a recibir el subsidio que otorga el Banco Mundial, por medio del programa federal Oportunidades.

    DESNUTRICión generacional

    Mientras que en las zonas urbanas aumenta la obesidad, ocasionada por la rutina sedentaria (cama-auto, silla-auto, butaca-sillón-cama) y la ingesta de productos chatarra; en las comunidades de la montaña la desnutrición genera en los niños disminución de su capacidad intelectual, mayor propensión a enfermedades, poca energía y peso, retraso en el crecimiento, hasta enfermedades crónicas, como diabetes y ceguera.
    El doctor Adolfo Chávez determinó que para que subsista la desnutrición en un país, son necesarios tres factores: un pueblo cruel (“que a la sociedad no le importe que los niños estén en condiciones infames”), un sector profesional irresponsable (“médicos, nutriólogos, sociólogos que no sientan compromiso con los otros”), y gobiernos frívolos (“que en realidad se dedican a viajar por Europa, comprar buena ropa y pasarla bien”).
    La coincidencia de esas tres “es lo que sostiene estas tremendas diferencias sociales”.
    La democracia no es el ejercicio del voto en las elecciones de gobierno. “La verdadera democracia es que todo mundo participemos de los bienes y servicios de una nación y que haya igualdad de posibilidades para todos. Se dice que somos democráticos, pero la desnutrición generacional de los indígenas es prueba de lo contrario”.
    Los falaces programas alimentarios que difundieron los presidentes Luis Echeverría y José López Portillo, más el vacío de proyectos nutricionales entre las poblaciones indígenas y marginadas del país, en los tres últimos gobiernos federales, son para el investigador nacional con grado emérito, “políticas de exterminio”.

    –¿Cuál ha sido la política del gobierno federal en estos últimos años para combatir la desnutrición de los pueblos?
    –íšltimamente hay una política de exterminio. Eso es notable. Aunque existe el programa Oportunidades, que dirige el Banco Mundial, a través del gobierno foxista, es solo para resarcir la crisis agrícola y trata de dar un poco de dinero a la gente que ahora está perdiendo con la agricultura, porque ya no puede vender su maíz. Es resarcirles esa pérdida de inversión en este cultivo. Parece que es una política de dejar el asunto ahí, como está pasando en ífrica. Resulta nefasto saber que hay tanto dinero en el mundo, tanto derroche en la exploración del espacio y que los gobiernos no hagan nada efectivo para mejorar las condiciones de vida en ífrica, por ejemplo. Igual pasa en el pueblo mexicano.
    –Usted desarrolló un programa nutricional con harina complementada, soya y maíz, entre pueblos otomíes de Querétaro, ¿cuánto costaría llevar este proyecto al ámbito nacional?
    –No es caro, porque cuesta 50 centavos subsidiar el maíz enriquecido, harina enriquecida para 10 millones de personas. La federación genera cinco millones de pesos diarios, y eso a como está el precio del barril de petróleo ahora, pero como lo utilizan para pagar deuda externa y otros muchos usos, la verdad es que nadie piensa en los núcleos marginados.
    “El gobierno no se da cuenta que sus grandes edificios de la época de la reforma fueron construidos sobre tumbas de los indígenas, o sea, el trabajo indígena es el que dio esa riqueza. Dice: que se mueran, que se vayan”.
    –Entonces, ¿es casi imposible llevar el programa del Instituto Nacional de Nutrición a los pueblos indígenas y las demás poblaciones marginadas?
    –Siento que cada vez hay menos posibilidades de llevarles este proyecto, sobre todo con el cambio de gobierno. Tendríamos que pensar en las esperanzas del próximo, porque el de Fox ya no hizo nada. Si por ejemplo, gana Andrés Manuel López Obrador, a este sería factible convencerlo, al contrario de un gobierno de derecha, que permite que sigan los procesos de privatización en todo el país. La desaparición de muchísimos programas a favor de la gente es por eso. No solo privatizar la medicina y la educación, sino también la nutrición. Dejarla en manos de ong’s o de las empresas, para que financien los programas de nutrición, es como abandonar la iglesia en manos de Lutero.
    –¿Cómo sería un proyecto nacional en manos de la iniciativa privada?
    –Tendría como base el enriquecimiento particular. Implementaría programas educativos que generen utilidades. Es difícil que la empresa promueva la educación nutricional.
    “El movimiento neoliberal consiste en reducir el tamaño y la acción del gobierno, para que sus responsabilidades las vaya delegando a la empresa. Tal es la base de los nuevos ajustes económicos, la globalización y las políticas de los últimos 20 años.

    Alimentación independiente

    El Instituto Regional de Investigación en Salud Pública, del Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), desarrolla el Programa mesoamericano de ecología, salud y alimentación sustentable (Promesas), en la sierra norte de Jalisco, zona huichol.
    Con el proyecto, el instituto pretende rescatar las formas tradicionales de agricultura, mejorar los campos de cultivo con tecnología orgánica y nutrir a la población indígena con alimentos que esta misma produzca.
    El coordinador del proyecto, doctor René Cróquer, explicó que tienen activo el Promesas desde 1999, con apoyo financiero universitario y extranjero. Ahora están en la fase de hacerlo autofinanciable, para que sean los propios huicholes quienes administren los procesos de producción de alimentos.
    “La idea de un modelo intercultural es recuperar la cultura antigua alimentaria de los pueblos indígenas de México, valorar su potencialidad y con base en eso incorporar algunas alternativas alimenticias de producción, con tecnología orgánica que mejore sus propios procesos de agricultura tradicional”.
    Explicó que los pueblos indígenas han subsistido con altas tasas de desnutrición y enfermedades infecciosas durante los últimos 100 años.
    Además, la cada vez más cercana cultura alimenticia del neoliberalismo, compuesta por refrescos, frituras, panecillos y comida rápida, ha roto de manera insalubre un ayuno de siglos.
    “Lo que sucede es que los pueblos indígenas comienzan a tener mayor contacto con la cultura occidental por medio del consumo de productos chatarra. Pero ya que han tenido hambre crónica por siglos, poseen un gen ahorrador de nutrimentos y cuando rompen ese círculo con productos inadecuados, como la Coca cola o papas fritas y el montón de chatarra del mercado, pueden adquirir obesidad, enfermedades crónico degenerativas, como diabetes, hipertensión arterial y problemas de ácido úrico”.
    Según estudios que realizó entre la población wixárika de Santa Catarina, más de la mitad de los niños y mujeres embarazadas tienen desnutrición.
    Para contrarrestar los efectos del hambre, formuló, junto con el pueblo huichol, un chinari (atole) compuesto por semillas de maíz en su mayor parte, 30 por ciento de amaranto y otra décima parte de semillas de calabaza. Estos ingredientes producen una fórmula con “buena cantidad de proteínas, vitaminas, soleginazos y grasas vegetales”, inexistentes en otros productos de la abarrotera.
    A partir del rescate agrícola recuperaron el cultivo de diversas variedades de amaranto, casi extinto en la zona. Introdujeron nuevas especies vegetales y frutales que no sembraban los huicholes en el pasado, como zanahoria, acelga, cebolla y espinaca. En las zonas altas plantaron árboles de manzano y durazno. En las barrancas hay variedad de árboles cítricos.
    También instalaron en Pueblo nuevo, perteneciente a Santa Catarina, una escuela para capacitar a los nativos en agroecología, donde los mara’acate (hombres medicina) reproducen plantas medicinales, cuidan la salud y nutrición de los infantes.

    Exceso

    El Promesas, del CUCS, también opera en algunos pueblos indígenas del sur de México y el norte de Guatemala desde hace 18 años. Allá la abundancia de agua provoca lo contrario que en zonas áridas, como el norte de Jalisco. Ahí el problema radica en los excesos.
    Más nutrimentos en el cuerpo genera entre los pobladores de dicha zona, obesidad, hipertensión y diabetes, principalmente.
    René Crocker Sagástume, nutriólogo y pediatra, señaló que la mayoría de obesos de dichas zonas la integran niños y mujeres, pues los hombres están más tiempo fuera de casa y tienen mayor actividad física.

    Acá y allá

    Las cifras son diversas. El director del Instituto de Nutrición, del CUCS, Edgar Vázquez Garibay, dice que la presencia de desnutrición en menores de cinco años es de 60 por ciento para niñas y 52 en varones, según datos de la Encuesta nacional de nutrición, elaborada en 2001.
    Según el ganador del premio otorgado por la American Society of Nutrition Scientist, Adolfo Chávez, solo 11 y medio de cada cien niños en México sufre desnutrición, entre moderada y severa.
    “La cifra en el medio rural debe andar entre 19 y 20 por ciento. En el medio urbano ha mejorado mucho. Antes era de siete y ahora probablemente sea de cinco. Como hay más población urbana que rural, eso da la idea de que ha mejorado, porque si el 75 por ciento es urbano y el 25 rural, entonces los índices de desnutrición en menores de cinco años, por ejemplo, dictan que es de ocho por ciento. A nosotros, con nuestro sistema de medición, nos sale de 11 y medio por ciento de niños con desnutrición”.
    La diferencia entre la población urbana y rural es drástica, según el especialista en nutrición, pues mientras en las colonias más marginadas de Guadalajara, los desnutridos alcanzan la cifra de los 20 de cada 100, en el pueblo otomí de Querétaro, el 60 por ciento de los niños de la comunidad anda hambriento. Más cerca, en los Altos de Jalisco, hay poblaciones de huicholes con 80 chiquillos mal alimentados por cada 100, sin contar que al menos 50 millones de mexicanos padecen algún grado de desnutrición por las condiciones de pobreza en que viven, según el representante en México de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), Norman Bellino.

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