Todorov su último desplazamiento

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El siete de febrero fue el último desplazamiento de El hombre desplazado. Con esta denominación se describía a sí mismo Tzvetan Todorov; supongo que fue así porque tanto su vida como su obra reflejan situaciones de incomprensión, rechazo, humillaciones y marginación; rasgos distintivos del que no es “ni de aquí ni de allá”, de aquel que en su búsqueda del paraíso encuentra el infierno y del que todos, sin excepción, alguna vez formamos parte.

El recién fallecido escritor búlgaro (de nacionalidad francesa) nos deja una abundante obra con temáticas diversas, tales como la lingüística, la antropología, la crítica del arte, la política, la historia y la filosofía. A pesar de que él mismo negaba ser reconocido como filosofo por no haber desarrollado un sistema o constituido una escuela, sí se ocupó, a lo largo de sus escritos, de intentos de comprensión de problemas centrales y perennes de la estética, la ética y la filosofía política: ¿cómo podemos entendernos? ¿Cómo podríamos ser felices? ¿Cómo saber quién tiene la razón? ¿Qué es la verdad? ¿Cuál es el valor de la identidad? ¿Qué determina la belleza en el arte? ¿Puede llegar al final el totalitarismo? ¿Una cultura puede ser mejor que otra? ¿Nos enseña algo la historia?

Ante esta diversidad de interrogantes, que no sólo son especulaciones intelectuales sino de padecimientos vividos, el autor de La experiencia totalitaria ofrece un hilo conductor de entendimiento global al suponer que la pretensión de poseer criterios últimos en el ámbito de la moral, la política o el arte, nos conduce, con frecuencia, al ensanchamiento de la incomprensión humana.  

Los hombres desplazados son, según el autor de Vivir con el diferente, aquellos individuos que, huyendo de la guerra, son confinados a vivir en guetos, los que buscando una vida cosmopolita siempre serán los extranjeros o los que al abandonar su país, buscando mejores alternativas de trabajo o sobrevivencia, son tildados de “aprovechados, estafadores, enemigos, problemáticos, drogadictos, criminales, narcotraficantes, violadores y secuestradores”1.  Su referente principal es la situación de los desterrados que llegan a Europa, pero la relación actual entre estadounidenses y latinoamericanos no es muy distinta.  ¡Sí Todorov viviera, un libro sobre Trump escribiría!

El motivo del desprecio a los trasterrados encuentra su raíz en El miedo a los bárbaros. Los barbaros podemos ser todos en aquellos momentos en que nuestra identidad difiere de la moralidad o la conducta que practica el grupo mayoritario. Los bárbaros fueron aquellos que, en el antigua Grecia, “por naturaleza”, debían servir tan sólo como esclavos. Pero los barbaros actuales son los que habitan una región en que la mayoría o los sectores que detentan el poder económico, político o cultural no asimilan como correctos sus rituales religiosos, que sus costumbres no se consideran educadas, que sus apreciaciones artísticas son identificadas como degradantes, que sus aspiraciones en la vida no se corresponden con las establecidas como correctas  o, incluso, que su lenguaje o color de piel no es reconocido en la comunidad que habitan.

El totalitarismo que denigra al desplazado se manifiesta tanto en las hegemonías autoritarias como en las democracias más liberales. Los recientes acontecimientos de exclusión en todos los rincones del planeta nos dan cuenta de que si bien una forma de gobierno puede ayudar a mejorar las condiciones de convivencia, nuestra incapacidad de entender al diferente es lo que provoca el desprecio al expatriado.

La gran paradoja de la moral
Un acto moral se rige por criterios que distinguen el bien del mal, pero al hacerlo se esperaría que el resto de los individuos actuaran conforme a la norma autoimpuesta. Por lo anterior el pronunciamiento de la norma: “No debemos tratar al diferente con desprecio” implica el establecimiento de una norma que desprecia a quien no es capaz de acatarla. El moralista contemporáneo habita en los medios de comunicación, en el que dicta las disposiciones de lo que se conoce como “políticamente correcto”, en los gobiernos que censuran y en nosotros mismos. Por lo anterior la vía para combatir la inmoralidad del desprecio al desterrado no parece ser ni una nueva forma de gobierno, ni nuevas leyes, ni la imposición de una nueva moral. 

La encrucijada moral de postular alternativas políticas, jurídicas o morales para resolver la inequidad hacia los desplazados al parecer sólo encontraría una alternativa de solución en los empeños individuales por resolver las injusticias. La propuesta de quién escribe Elogio de lo cotidiano parece residir en la disposición particular por comprender al otro y sus motivos; en la reivindicación de la vida cotidiana sobre la intelectualidad de la existencia y en la desinteresada apreciación del arte que, en sus diferentes manifestaciones, especialmente la pintura y la literatura, nos permite comprender y asimilar los motivos de los desplazados.

1Listado de adjetivos con los que Donald Trump se ha referido en alguna ocasión a los inmigrantes mexicanos.

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