Sin memoria no hay historia

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No escribo para agradar, sino para desasosegar.

José Saramago

México necesita mantener viva  la memoria del pasado y de tragedias como la de Ayotzinapa, Acteal, Apodaca, Villas de Salvarcar, Nochistlán, entre muchas otras. Sólo así podremos vencer la apatía que nos invade y superar nuestra incapacidad para enfrentarnos a las nuevas injusticias.

¿Qué le ocurre a nuestro mundo? ¿Qué nos ocurre a nosotros? ¿Qué tuvo que sucederle al corazón de una sociedad para verse obligada a llegar a esta barbarie? ¿Hemos olvidado nuestro compromiso con la memoria? ¿Dónde debe arraigar si no es en la memoria? ¿Podemos atribuir a una falta de visión la superficialidad con la que impulsamos el bien? ¿La escasez de líderes políticos  con sentido de Estado explica el auge de otras voces que no asumen sus propias  responsabilidades?    

¿Se han convertido los sondeos de opinión y los memes en las redes sociales en un dictado permanente de nuestras decisiones? ¿En verdad están dominados los mercados por aquellos que sólo buscan su propio beneficio, sin querer darse cuenta  de que también tienen que cumplir con deberes, por incómodos que estos resulten? ¿Podemos ignorar nuestra responsabilidad escudándonos en nuestra “incapacidad para hacer algo”, aunque se trate de las mayores tragedias?

En una cultura que intenta vivir sin enfrentarse a la muerte, ¿queda lugar para la conmemoración de las víctimas? ¿La cacofonía que producen todas las historias personales e igualmente importantes —y a las que todo el mundo tiene derecho— aún contienen un mensaje moral liberador? ¿Es la satisfacción humana la mejor forma de medir el bien en este mundo? Vistas las enormes y obvias disparidades que hay entre el sistema educativo y los retos modernos que debe afrontar, ¿por qué somos incapaces de innovarlo o cambiarlo?

¿Está realmente justificada la proporción entre el número de clases de matemáticas frente a otras materias como la ética; frente a la enseñanza del buen uso de los medios de comunicación de masas; frente a otras materias como la ética; frente a la educación cívica y al conocimiento de las amenazas internas para la sociedad; frente al desarrollo de capacidades para formar parte de la sociedad civil?

¿Depende realmente tanto de las integrales y las ecuaciones la construcción de nuestro futuro? ¿Por qué se enseña la historia como si se tratara sólo de un estudio seguro del pasado, sin ponerlo en relación con el mundo de hoy y con un futuro cada vez más inseguro?

No queremos abordar estas preguntas para poder así apartarlas, ridiculizarlas o desacreditarlas. Y da igual lo que ocurra en Congo, en Myanmar (antigua Birmania) en la colonia o en el barrio de al lado. Lo cierto es que nuestros estudiantes, nuestros  hijos —que son el futuro que importa— aprenden más sobre los sacrificios, la dignidad, la responsabilidad y los ideales con la nueva película de Star Wars, como lo manifiesta Martha Craven Nussbaum, que con nosotros o en la escuela.

La apatía nos invade, no porque no tengamos grandes sueños de futuro, sino porque hemos velado la imagen de nuestro pasado compartido y común, hasta el más cercano. Esta apatía es tan profunda que, en la actualidad, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, a la hora de evaluar el curso de los acontecimientos en tantos lugares, lejos y cerca de nosotros, nos resulta muy difícil distinguir entre lo que sigue constituyendo la paz y lo que ya se ha convertido en guerra.

La memoria y la responsabilidad ya no coinciden. Así es como nuestra patria, nuestra civilización se ve privada ahora, por su propio deseo, de su experiencia pasada y presente. ¿Vamos a dejar que la injusticia, las masacres, los desaparecidos, la corrupción,  la violencia forme parte de la historia? ¿O tal vez deberíamos pasar el tema al departamento de matemáticas?

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