Salvador y el color del oro

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Salvador es un niño muy pequeño, atrapa las palabras de la boca de la gente para luego escribirlas sobre la tierra seca. Las palabras más dulces y más hondas salen de Benedicta, su madre, quien le enseña que también son las más cortas: pena, canto, agua, mar… Salvador es un niño adulto, un escritor con muchos años que trae al presente su infancia con todos sus personajes, gracias al ceremonial de la escritura. Con cada golpe tipográfico aparece uno de sus hermanos, las largas trenzas de su madre, el sombrero de su padre desaparecido, el temor al abandono y sobre todo, la esperanza. Víctor Castillo, actor y director de escena, estrenó el pasado jueves en el Teatro Experimental de Jalisco la obra Salvador. El niño, la montaña y el mango de la canadiense Suzanne Lebeau, una de las dramaturgas más reconocidas en el teatro para jóvenes audiencias, obra que estará presentándose los jueves y viernes de febrero y marzo.

El niño
En este momento la cartelera de teatro en Guadalajara tiene una gran oferta. Destacan las producciones dirigidas a niños y jóvenes, en las que la intención de los creadores es la de poner a juicio la realidad social. Temas como la violencia y la pederastia concentran la atención de no pocos teatreros. Sin embargo, hay también oportunidades para conectarse con y desde la infancia a partir de otro punto: el de la evocación de la esperanza, aquella que parece perdida en la inocencia del pasado que todos fuimos. El niño y el adulto, como lados diferenciados de nuestra personalidad pueden tocarse en esta puesta dirigida por Víctor Biau, quien presentó como monólogo una obra escrita para más de cinco personajes. El reto es grande no sólo por el ejercicio de síntesis de caracteres, sino, sobre todo, por el trabajo actoral de Castillo, quien tiene que entrar y salir de la niñez de Salvador y de todos quienes le acompañamos en la sala. Justo este último desafío es el que tendrán que trabajar más actor y director, puesto que si bien Castillo logra colocarnos en el universo de la niñez, aún no lo sostiene durante toda la puesta. A lo largo de la obra, Castillo consigue momentos luminosos, en los que su voz y la forma en la que mira el universo de Salvador, hacen aparecer al niño y conmover.

 La montaña
¿Qué significa ser rico?, ¿cómo se disipan las nubes que entristecen el corazón de la gente?, ¿a dónde se fue papá?, son algunas de las preguntas que ocupan a Salvador, que pasa sus días escribiendo con lápices de colores o con pequeños surcos sobre la tierra allá en su pueblo de la montaña. Esta es una obra sobre el amor familiar, la vocación y la dedicación. Un escritor barbado y nostálgico relata su infancia, y cómo su precoz inclinación a la lectura y la escritura hace que su vida se torne distinta. Gracias a la escritura Salvador se convierte en un hombre salvado. Una familia de tantas, sobreviviente a las fracturas, a los desprendimientos violentos, a los conflictos y la pobreza, consigue la felicidad en la montaña, en el paisaje de blancas sábanas al sol, del encantamiento que posee lo simple. Una historia que a todos dice, puesto que nos coloca, gracias a los recuerdos, frente a las esperanzas primeras, que siempre son las únicas del hombre: la seguridad, la felicidad que da el abrazo de la familia como quiera que esté compuesta.

El mango
Salvador niño mira expectante el tronco flaco y triste de un mango joven recién sembrado en la montaña, trata de imaginarse cómo será la fruta que un día brotará de ahí; Benedicta sólo le ha dicho que tiene el color del oro que aún no ha sido lavado. Salvador es una obra que, curiosamente, recuerda la literatura de la chicana Sandra Cisneros, específicamente su novela The House on Mango Street, que posee la misma limpieza narrativa de Lebeau. Ambas escritoras regresan la línea del tiempo para dar voz a personajes infantiles sin artificio. Hay en estas historias la honesta evocación de un mundo ahora perdido, pero que explica con ilusión el sentido de la felicidad.

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