La novela hace destino

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    La novela nace y muere con la modernidad. Es su expresión más lograda. De la polifonía en los héroes de Dostoievski (estudiado por el teórico literario Bajtín) hasta el devenir de la conciencia en James Joyce, “ningún arte se concentra hasta tal punto en el individuo, en su carácter único e inimitable” como la novela, escribe Milan Kundera.
    El género lo inaugura Balzac en el siglo XVIII con su proyecto inacabado de La comedia humana (que iba a tener 137 novelas), y lo continúa Flaubert, perfeccionando su estilo. Cervantes ya había trazado la ruta 300 años antes. Su Quijote es para algunos el primer héroe existencialista: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo” dice el viejo hidalgo en uno de sus lúcidos desvaríos. Sin embargo, es hasta Madame Bovary que la complejidad del personaje deja su farsa y se transforma en un drama. Después del romanticismo lo popular toma importancia y el sentimiento es el primer gesto de la individualidad. “En la novela tenemos la reconciliación de lo absoluto y lo relativo” (Aldous Huxley) y es en este punto que las historias de Dostoyevski logran su cometido. Sus personajes hablan consigo mismos y con el otro en un diálogo constante. La tragedia se acepta porque es el reflejo de una conciencia convulsa.
    “El fondo del hombre es la angustia”, dice un personaje de La condición humana, de Malraux. Y es esta angustia la constante en el siglo XX. James Joyce rescribe el mito de la Odisea y convierte a Leopoldo Bloom en un flí¢neur que recorre una Dublín decadente. Para Salvador Elizondo el escritor irlandés incluso clausura el género con su críptica Finnegans Wak. Pero fue el autor de La metamorfosis y El proceso quien abrió otras posibilidades, como lo señala Kundera: “Una vez traspasada por Kafka, la frontera de lo inverosímil quedó sin policías ni aduanas, abierta para siempre. Fue un gran momento en la historia de la novela”.
    De ahí a Thomas Mann, Faulkner, Broch, Musil, Hemingway y Rulfo, entre otros. Probablemente la novela termine con la posmodernidad (por lo menos la de gran aliento), pero más que el fin se trata de aceptar que esta época creativa no regresará. “Cada época tiene una expresión, y una sola” escribió Jorge Luis Borges.
    Cuando la angustia sede a la enajenación, otro género será el espejo.

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