La ley de la calle

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Es difícil salir de una pandilla cuando uno va a mantenerse en el mismo barrio; el sitio donde están los vendedores de drogas… Y se tiene que caminar en una línea muy fina para sobrevivir.
Hay múltiples factores que influyen para que los jóvenes se integren a las pandillas; algunos jóvenes argumentan que sus padres son “malos”, que los “maltratan”, o que “están frustrados”, o simplemente afirman que casi todos los padres creen que con golpes encontrarán mejores resultados en la conducta de sus hijos; pero lo único que consiguen es que el hijo huya de la casa. Entonces, el problema se traslada a la calle y luego regresa al hogar; es en las calles donde los muchachos fuman marihuana, e inician el contacto con el alcohol y algunas drogas, así como los malos comportamientos.
Cuando un joven no sabe cómo cambiar las cosas en su entorno, no siente poder, no tiene sentido de pertenencia, y su último refugio posible lo encuentra en las pandillas.
Según el maestro Anthony Ceja, Coordinador para el Programa de Intervención de Riesgo de Pandillas (GRIP, por sus siglas en inglés), hay muchas necesidades que la pandilla “llena”; sin embargo, los adultos —como sociedad responsable—, tienen que crear otras formas y opciones que les brinde a los jóvenes una mayor seguridad, “hay que darles poder, sentido de pertenencia y protección (incluso, en ocasiones, hasta de sus propios padres). Son niños que evidentemente requieren apoyo, y la rebeldía en contra de los padres y la propia sociedad es su manera de pedirlo”.
De acuerdo a estadísticas, Estados Unidos tiene un grave problema en el tema de pandillas, que va creciendo cada vez más. Según informes proporcionados por las corporaciones policíacas, hay más de un millón de jóvenes que pertenecen a ellas, y aunque sólo se contabilizan 600 mil pandilleros documentados, se cree que por cada uno hay otro más.
Se les reconoce en las escuelas cuando pelean mucho, rayan sus cuadernos… La mayoría escapa de su casa, del enojo, y de los abusos. Huyen para olvidar los problemas que le provocan tanto dolor. “Buscan respeto, pero están en el camino equivocado”. Los que están en mayor peligro son aquellos que tienen hermanos mayores en prisión, o habitan en barrios que son más impactados por grupos de pandillas.
“Cuando trabajamos con ellos —explicó el investigador— aplicamos el amor y el respeto; ellos lo reciben y lo dan, es como el poder para cambiar la perspectiva”.
Ceja, quien también es Coordinador del Programa Subvencionado de Servicio Comunitario en la Oficina de Educación del Condado de San Diego, dio alternativas de solución, y sobre todo recalcó que se deben ofrecer a los jóvenes charlas que en verdad “peguen”. “Yo estiré mi mano a pedir ayuda de los pandilleros rehabilitados, porque ellos captan la atención de los jóvenes. Han estado ahí, lo han experimentado y los niños les ponen mucha atención”.
De acuerdo a cifras ofrecidas por el investigador, el 75 por ciento de los chicos que están en el programa mejoran su conducta. “No digo que han salido del problema —aclaró—, pero buscan superarse.
”Yo les digo a los padres, que tienen que cambiar el ambiente en casa: Haz una lista de reglas y una de consecuencias, y si tu hijo quiere vivir más con las reglas de la pandilla, déjalo. Es fuerte, pero la obligación de los padres es salvar a toda la familia. Hay que decirle a los muchachos con problemas de pandillerismo: Yo soy la mamá (papá), pero tú eres el modelo para tus hermanitos, y si vas a hacer en la casa cosas que no debes, entonces no puedes estar aquí”.

Educacion preventiva
En Estados Unidos es normal que los distritos seleccionen estudiantes problemáticos y se les canalice con una persona especializada para que los oriente.
Mónica Tinajero, por ejemplo, proporciona servicios de prevención de pandillas y violencia para estudiantes. Visita las clases de estos jóvenes, platica con ellos, observa y detecta sus necesidades: “La mayoría muestran vacíos en su vida; en casa, se sienten sin esperanzas, sin objetivos, se han desconectado de su educación y de la sociedad”.
Ella perteneció a una pandilla y conoce el funcionamiento. Les proporciona sesiones de apoyo individual y de grupo, desarrolla líderes en estudiantes que antes sólo eran vistos como problemáticos.
Su cercanía también es con los padres… “trabajan tanto que no les queda tiempo para acercarse a los hijos. Me dicen que trabajan para ellos, pero sus hijos no los conocen. Tal vez sería mejor trabajar menos y salvarlos de las pandillas”, concluyó el maestro Anthony Ceja.

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