La breve visita de los dioses

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    Tiempo-espacio sagrados se hallan en estrecha relación con los mitos, creencias, ceremonias y ritos de pueblos ancestrales. Son la continuidad o permanencia de un acontecimiento que nunca llega a morir. Se mantiene presente en la memoria colectiva porque es un estado esencial para la supervivencia del espíritu humano. Eso motiva a ser mejores, enciende la fe, trasciende lo histórico para adquirir sello de permanencia en el tiempo en que lo pasajero se hace permanente, porque expresa los valores perennes del espíritu.
    Cada 21 de marzo los sitios ceremoniales de México adquieren la condición de espacios sagrados. La intersubjetividad del hombre les concede ese poder, ese don, esa virtud. Porque no sólo es el hecho del paso del Sol por el punto equinoccial, según la explicación astronómica corriente, un hecho aislado propio de la mecánica celeste, según la mente escéptica y desligada de toda espiritualidad. Pero no. En ese momento se acercan dimensiones, se abren puertas, vías de comunicación que pueden aprovecharse para la curación definitiva y la iluminación espiritual.
    Paula y Danira lo saben. Por eso llevan cinco años seguidos visitando el centro ceremonial de los Guachimontones. Calculan que esta vez vinieron unos 250 compañeros de los más de mil que conforman su grupo de meditación trascendental. Visten de blanco. Impecables. Solícitas a las órdenes de su dirigente, participan de una auténtica religare. Van por puro gusto.
    Ellas, juntos con sus compañeros, suben a un templete desde el cual puede observarse todo el horizonte. El aire limpio y caliente juega con sus faldas. Es justo el mediodía. El Sol alumbra sus rostros, algunos ya enrojecidos. Y desde ahí elevan los brazos hacia el frente y efectúan sus peticiones. Con sus palmas hacen el gesto de recibir la luz de las cuatro direcciones y la envían con suave movimiento hacia sus seres queridos.
    “Vinimos a agradecer a Dios, a esa energía divina que genera los cuatro elementos: al Sol que nos da el calor, la energía; al aire que respiramos; al agua que tomamos, y por los frutos que nos da la Tierra”, explica la dirigente.
    La experiencia de Paula y Danira es parecida a la batalla que libra Alicia. Sentada junto con un par de compañeros, enfrente de la majestuosa pirámide circular que da fama al sitio y que congrega cada año a decenas de miles de visitantes, explica que “lloré la primera vez que vine aquí hace cuatro años. Es increíble el lugar. Está precioso. Algo me llama, un no sé qué. Si algún deseo me gustaría es ser de raza pura”.
    Ella, como muchas de las 40 mil personas que fueron a Guachimontones durante el pasado fin de semana, no ha perdido el sentido seductor que proporciona la búsqueda de los símbolos, esa capacidad humana que hace que la vida no nos parezca indiferente, aburrida, sin sentido. No cae ni se rinde tampoco a la apatía en la que ha caído el mundo posmoderno, como lo señalan pensadores como Alain Finkielkraut o Gilles Lipovetsky. El aroma del copal, los sonidos de caracol que resuenan de manera continua, el ¡tum tum! de los tambores que ya tocan a lo lejos “me recuerdan mis orígenes, mis raíces”, reitera Alicia.
    El sitio permanece casi virgen. No hay anuncios de refrescos, cervezas, ni golosinas. Venden agua a 10 pesos, más un servicio para el turista. Tampoco cobran por entrar: solo piden registrar su nombre y datos generales.
    La gente sube hasta el sitio en camiones, servicio que prestan a los visitantes que llegan por cientos a Teuchitlán. Pero muchos prefieren subir a pie. “La caminata es parte del ritual”, dice una pareja vestida de blanco y cinta roja en la cabeza. Algunos acamparon desde la noche anterior, metros abajo del sitio ceremonial. A un lado del campamento se ofrecen temazcales a 100 pesos por persona. En otro sitio están los puestos de comida típica, pulque, tejuino, aguamiel, frutas, artesanías, música; en el museo interpretativo ofrecen conferencias, talleres y en la noche hasta conciertos de rock.
    “Los montones de árboles de guajes esconden otra pirámide, pero moverlos implicaría destruir la pirámide ahí enterrada”, explica uno de los lugareños a un grupo de visitantes. Una especie de patio ancho y largo sirve de escenario para los danzantes. Los visitantes se arremolinan para apreciar pasos y giros. Vuelan con sus plumas. Lucen trajes de colores y lentejuelas. Algunos traen sus caras pintadas.
    Sus pasos, que imitan animales, figuras geométricas y el movimiento propio del cosmos, invocan a los antepasados, y sin hablar muestran la esperanza por un mundo más generoso, fraternal y armonioso. “Danzamos para la tierra, por la vida misma. Así oramos y damos gracias a Dios”, señala un miembro del grupo de danzantes de Etzatlán. “Esto es lo nuestro”, dice un joven a su pareja. Los danzantes terminan casi exhaustos. Beben y beben agua después de haber llenado de energía sus cuerpos y de haberla esparcido en las piedras del sitio y al mismo público, que al no saber qué hacer para honrar su esfuerzo, aplauden. La colectividad parece anestesiada. El tiempo antiguo se funde y muestra en el presente. Se establece una comunión entre todos por las energías latentes. Hay en ese momento un instante en que la intersubjetividad profunda de lo simbólico se asoma. El lugar y el Sol en lo alto han propiciado el encuentro de quienes por un motivo u otro van por el seductor camino de la verdad, la belleza y esa eterna búsqueda de lo sagrado.

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