Gordo como mariachero

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Hacen fila. Se ordenan en línea. Corresponde a una niña sentarse junto al obeso mariachi en el andador de Tlaquepaque. La niña sonríe y la madre toma la foto. La sonrisa se abre, pero enseguida la mirada de la pequeña se queda fija en el rostro del gordo músico. Enseguida toca con sus pequeñas manos la guitarra. Pretende que rasque las cuerdas, sin embargo del duro metal no sale música, porque se trata de una escultura de Rodo Padilla.

Rodo, como es conocido por el medio artístico, nació en la villa alfarera y se ha especializado en creaciones que nos recuerdan las escenas mexicanas, porque sus personajes son cercanos a las escenas del cine y, también, a la vida campirana. No obstante, Rodo Padilla también ha realizado personajes que otrora fueran muy visibles en las calles de nuestros pueblos y en los barrios de nuestras grandes ciudades: mariacheros, vendedores callejeros, pajareras, charros… todo lo que implica, de algún modo, la iconografía que reconocemos como lo “mexicano”.

Escenas de familias en bicicleta de múltiples asientos, revolucionarios, comedores de la fruta mexicanísima como la sandía, donde los colores son una parte del encanto, pero también Rodo logra formas simpáticas con metales. Sus esculturas ya son icónicas y se caracterizan por ser muy amables y decorativas. Y eso hemos olvidado: la escultura tiene también ese papel característico: es decoración y viste, es claro, espacios públicos. Porque Padilla mantiene sus obras en espacios públicos que la gente, con enorme alegría toca y allí mismo se toma fotografías para llevarse un recuerdo a sus casas.

La niña vuelve a intentar sacarle música a las cuerdas del mariachi, pero ni una sola nota surge de la guitarrita —que comparada con el cuerpo de su “ejecutante”, es pequeña—, ya que Rodo crea la mayoría de sus personajes con un peso mayúsculo, como si se tratara de una familia única. En esto nos recuerda al colombiano Botero, en cuyas obras solamente existen seres obesos; también nos lleva la obra de Padilla a la del regiomontano Abel Quezada, quien inventó al Charro Matías.

Rodo Padilla mantiene la influencia de estos artistas. Pero también es un autor original. Su trabajo es distinto, no obstante hay reflejos claros de Quezada y Botero. Sus esculturas han sido apreciadas con enorme fervor en varios puntos del mundo como Tokio y Nagoya; en Buenos Aires, Argentina; Francia e Italia.

Rodo Padilla es esencialmente ceramista, pero también es experto escultor en metal. Sus figuras resultan una aproximación a la alegría, pero en su galería hoy está un obrero con una pala que hace que pensemos que, además de decorativo, el trabajo escultórico del artista mantiene una conciencia social.
Pero ¿acaso no son de orden social las esculturas que están afuera de su galería? En veinte minutos he visto al menos a quince personas sentarse en la banca donde el gordo mariachero toca eternamente su guitarra sin sacar una sola nota. La niña en este instante se empeña en escuchar la canción que toca, pero el duro metal no suena, no al menos una canción vernácula como debería. ¿O es que esa parte nos corresponde imaginarla?

Suena el viento en la calle, ese sí tañe. Y toca los mofletes del mariachi que parece sonreír y cantar y se le repega a la gringuita que en este momento se sienta y muestra sus piernas muerta de risa, porque le cae en gracia estar allí, junto al gordo que compara con su novio que le toma la foto…

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