Elpidia Carrillo

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La historia de Elpidia Carrillo (Parácuaro, Michoacán, 1961) es singular, al igual que su carrera como actriz y realizadora cinematográfica en México y Estados Unidos. En su faceta artística, el vigésimo noveno Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), la reconoció como una figura latinoamericana importante rindiéndole un homenaje a su trayectoria.

¿Qué representa para ti este homenaje y que te lo entreguen en México?
Es algo casi imposible de describir, porque no me han dado premios en México fuera de un reconocimiento que recibí el año pasado de un periódico de Michoacán. Creo que casi no hay entrevistas sobre mí, en parte también por responsabilidad mía, porque he tenido —quizás falsa o acertadamente— la idea de que la información en México no es muy verídica. He sentido que lo que leo sobre México no es lo que veo cuando estoy acá, y no quería formar parte de información inventada o arreglada.

¿Nadie es profeta en su tierra?
No lo quise decir, por eso estuve aquí dándole vueltas, pero sí. Finalmente así me he sentido yo. Tampoco es que me convirtiera en actriz y realizadora para poder ganar un premio, sino para cultivarme y entender mi propia cultura. De hecho las dos primeras películas que hice tuvieron mucho que ver con la cultura de mi pueblo: en una de ellas yo era La Malinche y en otra la Virgen de Guadalupe. A esa corta edad me enteré de aspectos de nuestra historia a través del cine, de una forma más apropiada que en la escuela. Aprendí ahí a quererme como soy: morena, purépecha y michoacana. También me di cuenta que mi cultura era más apreciada en otros lados. Así que el cine me sirvió para aprender de la historia y, en segundo lugar, para comer, porque yo tenía hambre, ¡mucha! Pero en ningún momento se me ocurrió pensar en premios y no porque no los aprecie, sino porque la aceptación del pueblo es aún más importante. Éste que recibo, sin embargo, me da mucho gusto, me hace sentir honrada.

¿Cuáles podrías decir que son las diferencias —sociales, culturales e industriales— entre las cinematografías mexicana y estadounidense?
Duele cuando te sales de tu país como tanta gente lo hace. Pero yo debo reconocer que entré a los Estados Unidos de manera privilegiada, porque me llevó Universal Studios. Como artista, como mujer y como niña, la primera vez que me sentí segura, protegida, fue cuando entré a Estados Unidos. Me sorprendí cuando en términos legales se percataron de que yo era menor de edad y me asignaron una babysitter y una maestra: tenía sólo 12 años ¡claro, te malacostumbran! Aquí en México sentía que si yo no salía de mi pueblo, me violarían y me matarían, como fue muerta mi familia, asesinada por riñas absurdas. En el aspecto laboral, cuando llegué a trabajar en el cine mexicano fue difícil, porque había un machismo muy fuerte, no tan sólo por parte de los hombres sino también de las mujeres. Cuando hice mi primera película aquí, la gente ya famosa le preguntaba al director: “¿Ella por qué?”, dado que yo a los 13 años estaba representando al personaje de La Malinche y creían que no tenía la personalidad para hacer cine. Desde entonces y hasta ahora he aprendido que el ser artista no se aprende en escuela —aunque ayuda— sino que se aprende conociéndote y respetándote a ti mismo.

¿Cuál es tu tipo de personaje preferido?
A mí siempre me ha gustado representar a la gente vulnerable, a la gente de la clase trabajadora. No porque yo venga de ese lado, ni porque representar estos papeles implique más drama y tragedia, algo que como actor te permita lucirte; sino porque precisamente para eso cuento historias, para poder dedicar mi talento a la gente que lo necesita. Algunos de mis personajes que más me han gustado han sido el de Nueve Vidas o el de la película de Frontera que, por cierto, aquí fue muy criticada, y allá en Estados Unidos la comunidad chicana la paró por considerar que el cine americano nos estaba representando mal. Y es que creo que cierto sector de la sociedad latina en los Estados Unidos no quiere hablar de algunos temas que resultan incómodos —como la prostitución, el narcotráfico o el estatus de ilegales de muchos mexicanos residentes allá, y la corrupción de las mismas autoridades de inmigración en ambos lados de la frontera—, aun cuando hablar de ellos ayudaría a que nos entendieran culturalmente. Son realidades que están ahí y que también nos representan, no sólo el médico o el ingeniero. Tenemos que hablar de nosotros mismos: es una obligación. Los negros en Estados Unidos lo han hecho de una forma fantástica, hablan de violencia doméstica, de abuso sexual, de pedofilia, de la esclavitud… y todavía no terminan de hablar de ello. Considero que muchas veces nosotros estamos escondiendo los problemas que tenemos.

¿Qué opinas del contexto social y político que atraviesa Michoacán actualmente y, al mismo tiempo, de la información que llega a otros países sobre esa situación?
Que es falso. Y no niego que están pasando cosas gravísimas, a un nivel exagerado. Pero no es culpa exclusivamente de un grupo, ¿de cuándo acá el PRI y el PAN están exentos de todo lo que está pasando en México? Las autodefensas, por ejemplo, ¿qué son? ¿Por qué el pueblo se tiene que levantar en armas? Para eso hay un gobierno. Por otro lado, el problema no es sólo mexicano, sino de Estados Unidos, pues a pesar de que ese país me ha dado tanto, hay que señalar que el problema viene de allá: ¿Cuántas personas en México conocen el programa Fast and Furious? Mucha gente en el DF no lo sabe, pero vas a mi rancho, a Parácuaro, y ahí la gente lo sabe, porque ahí les aventaron todas las armas en un acuerdo firmado por ambos gobiernos. Si le das un arma a gente que está muriéndose de hambre, la va a usar. Así que no estás buscando a los potenciales criminales sino que les estás diciendo: sigue, yo te ayudo. Y nosotros lo permitimos.

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