El ritmo de la euforia

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La relación entre la música y el futbol no es tan extraña o lejana como aparenta. De distintas maneras, el vínculo entre esta expresión artística y el deporte más popular del planeta tiene una cercanía que, principalmente, funciona como un efecto catalizador de emociones. Así, la industria de la música, con la producción de álbumes dedicados casi siempre al país anfitrión, los componentes tradicionales (estrechamente ligados a los juegos internacionales, en donde los himnos desempeñan un papel determinante para encender los ánimos de un partido), y el mismo sonido que generan los individuos, los tambores y las matracas en los grandes estadios, podrían considerarse como el soundtrack del juego.

Como ejemplo de la importancia que tienen la música y el futbol en conjunto (básicamente por las ganancias económicas), la industria del disco diseñó para el Mundial de México 86 una efectiva estrategia. La selección de la entonces Alemania Federal, que obtuvo una participación destacada pese a la derrota final contra Argentina, interpretó una canción de corte pegajoso dedicada a México que se tituló “México mi amor”. Con este tema, el equipo alemán consiguió tocar el lado más sensible de la afición mexicana, además de quitarse el estigma de grupo frío. Aquel equipo en el que participaron Lothar Matthaeus, Harald Shumacher, Rudi Voeller y el impresionante capitán Karl-Heinz Rummenigge, conectó un hit que se convirtió en uno de los distintivos de aquella competencia futbolística.

Pero la relación entre la música y el futbol va más allá todavía. Giovanni Trapattoni, célebre técnico italiano, dijo en alguna ocasión: “Quien escucha a Mozart, juega mejor al futbol, porque aprende mucho sobre tensión, ritmo y compás. Además, se adquiere la lógica necesaria para leer los partidos”. Con esta declaración, Trapattoni sintetiza elegantemente, y de manera oportuna, la razón, la acción y el movimiento, que tienen como mejor expresión un partido.

También, la música y el futbol han sido objeto de análisis e investigación. Según la página oficial de la FIFA, un proyecto denominado Soundsoccer sirvió como trabajo científico. El estudio consistía en qué medida podría ayudar la música a mejorar la compenetración de los futbolistas. Para ello, se dividieron dos equipos: a través de auriculares inalámbricos, los miembros de uno de ellos escuchaban una canción con un leve retardo, mientras que los jugadores del otro conjunto la escuchaban al mismo tiempo. El resultado fue que los segundos mostraron mayor coordinación.

Argentina, un país de profunda tradición futbolera y con el mismo orden de hondura dentro del rock, tiene en Diego Armando Maradona, una de las figuras más recurrentes en canciones hechas por distintas agrupaciones y solistas. Andrés Calamaro, Charly García y Los Cafres, son algunos de los músicos que han dedicado sus letras a este ex futbolista. 

En el terreno de las evocaciones a futbolistas en el rock, la agrupación escocesa Mogwai posee un trabajo consagrado al deportista Zinedine Zidane. El álbum titulado Zidane: A 21st Century Portrait, es un buen ejemplo del galanteo que se produce entre el rock y el futbol. Sin embargo, más allá de una placa dedicada a un icono del balompié, esta producción es, como dice Juan Villoro en el libro Balón dividido, una manera de entender nuestra época, sólo que en este caso es a través de la experimentación musical, y no desde el punto de vista del entretenimiento.

Para el Mundial de Brasil, que está a escasos días de comenzar, puede suponerse una intensa actividad por parte de las escuelas de samba. En Brasil, la samba (género musical de raíces africanas) forma una parte importante para entender el espíritu festivo que acompaña a esta justa deportiva que, en esta ocasión, tiene un contexto complicado, especialmente por el desencanto económico, social y político de la población en aquel país. Las protestas aumentan, y esto seguramente tendrá una repercusión en las actividades que tengan programadas en torno al mundial. La samba, a través de su ritmo acelerado, lleno de cadencia y sensualidad, permitirá comprender mejor el lenguaje común que existe entre la música y el balompié.

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