El beneficio de la cultura

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    La FIL es sin duda un paraíso para lectores y las editoriales, para el voyeur de la literatura y, no sólo para niños que en lugar de estar encerrados en un aula pueden pasearse el día gritando libremente y abarrotando los pasillos costeados por libros que ni pelan. Sin embargo, es  también el lugar adecuado para otros individuos —que podríamos definir como “ratas”, desafortunadamente no de biblioteca— que aprovechan el tumulto para perpetrar robos. Y no me refiero al hurto de libros, que ya muy pocos nostálgicos del objeto (pero sobre todo de la sensación de una justa “apropiación y redistribución”  de la cultura) realizan.
    Sino más bien del robo de bolsos, efectos personales y carteras que bandas organizadas —los carteristas— logran efectuar a pesar de la numerosa vigilancia desplegada en la Expo, y aún más este año: lástima que los detectores de metales no revelen también la intención de delinquir los anillos y las pulseras de las mujeres enjoyadas que los hicieron “pitar” —como taxista libidinosos— a lo largo de una semana.
    Varias personas me dijeron haber sido víctimas de esos ladrones (cuando se lo comenté a un amigo escritor me dijo en broma: “ah, las editoriales independientes ya encontraron un nuevo negocio para subsistir”) que propinaron pagos con las tarjetas robadas en tiendas departamentales, farmacias y Oxxos de los alrededores de la Expo, como si fueran volantes publicitarios de table-dance, que tapizaron en esos días las calles de la ciudad. A la luz de esto habría que repensar la seguridad de estos eventos, que además de beneficiar la literatura, inflan los bolsos de delincuentes y hampones. Y luego dicen que la cultura no trae beneficios.

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