Caminar un festival

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Caminar por Guadalajara con Iván Trujillo se convierte en un viaje ideal para conocer a fondo el Festival Internacional de Cine. Desde que asumió su dirección hace dos ediciones, su principal objetivo ha sido acercarlo a la ciudad, para que la gente pudiera apropiárselo y sentirlo más suyo. La estrategia ha consistido en abrir más sedes en lugares clave, donde se ofrezcan programas variados, pero con una cierta continuidad espacial y temporal, y crear un circuito en que la pasión por el “séptimo arte” coincida con el placer de recorrer las calles caminando. Lo que en una metrópolis tan extensa y dispersa como la “Perla tapatía”, no es tarea fácil, aunque tampoco imposible.
Por eso estamos afuera del Teatro Diana. Es sábado 2 de febrero, a las 12:00 horas. El calor parece a punto de derretir gadgets, dulces, diademas con orejas de Mickey Mouse y Minnie, y a los mismos vendedores que los pregonan a la entrada del teatro.
Me reuní aquí con Trujillo y un equipo de televisión para empezar un recorrido por las sedes del 28 Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) y comprobar que moverse de unas a otras caminando es factible. Pero no contábamos con que en el teatro hubiera un espectáculo ofrecido por Disney y con que la explanada de enfrente estuviera llena de chiquillos ululantes y de gritos de vendedores callejeros.
No nos queda más que esperar a que se disperse la turbamulta. Terminado el bullicio, Trujillo comenta: “El teatro Diana es un espacio que se ha convertido en la sede del glamour del festival; desde hace ya varias ediciones empezó a alojar las galas a beneficencia de instituciones altruistas”.
Del primero al 8 de marzo, días en que tendrá verificativo el festival, habrá aquí siete galas con estrenos de películas, tanto mexicanas como internacionales. “Creo que va a ser un banquete interesante. Habrá, además, alfombra roja, pues la mayoría de las películas serán acompañadas por los directores o por el talento que aparece en las mismas”.
A un costado del foro principal se encuentra el Teatro Estudio Diana, que, dice Trujillo, “es sede de una actividad que empezó apenas la edición anterior: el Premio Maguey, una muestra de películas sobre diversidad sexual, que hacía falta, ya que es una sección recurrente en otros festivales importantes y que tuvo éxito el año pasado”.
Habla del Maguey, y arrancamos hacia la que será sede principal: el Laboratorio de Arte y Variedades (Larva). Caminamos por la avenida 16 de septiembre, en dirección del centro. Iván abunda sobre el proyecto de abrir el festival a la gente: “Por eso cambiamos la sede principal de un hotel, que da la idea de ser un espacio más privado, a la Expo, que es un lugar donde ya se realizan otros eventos importantes abiertos al público, como la FIL”.
En este sentido, se pretende que el FICG sea “caminable”, como los festivales internacionales de Cannes, Venecia o San Sebastián. El reto es lograrlo en una urbe de enormes dimensiones y que en general es bastante hostil con el peatón. “Todas esas son ciudades pequeñas, pero tenemos que inspirarnos en otras como Berlín y Toronto, que son más grandes, pero que igual han logrado una excelente comunicación entre las diferentes sedes de sus festivales”.
El problema de la Berlinale, agrega, es que la realizan en invierno, por lo que el frío es una complicación. También en Guadalajara ahora es invierno, pero la temperatura rebasa los 30 grados. El sol vertical del mediodía no concede una lengua de sombra, y nosotros, embutidos en nuestros sacos, nos estamos bañando en sudor. Y se supone que todavía no ha empezado el calor.
A medida que nos acercamos al centro, la banqueta va llenándose de gente que se mueve rápida en ambas direcciones. Caminar en Guadalajara es una suerte de deporte extremo: con los sentidos alertas, hay que saber moverse entre cráteres que se abren de improviso en el pavimento, bajarse de la banqueta –cuidando que no te atropelle un coche–, para sortear grupos de paseantes que se paran sin preocuparse si obstruyen o no la circulación, y además esquivar las perennes obras de remodelación y algún que otro excremento de perro. A pesar de todo, logramos avanzar de manera fluida y platicar tranquilamente “fuera de micrófonos”. Será porque Iván ya está acostumbrado al calor: nació en Tabasco y se fue a vivir a la Ciudad de México todavía niño, y los dos años anteriores a su llegada al festival estuvo como agregado cultural de México en Cuba.
“¿Conociste a Fidel?”, le pregunto. “No. Era el periodo en que cayó enfermo y empezó a retirarse de la vida pública”, contesta. Mientras hablamos de las cualidades de la capital cubana –que considera es en la actualidad la ciudad más segura de América Latina–, de biografías del Che Guevara (él de la de Jorge Edwards y yo la de Jon Lee Anderson), un muchacho le entrega unas tarjetas, en las que está retratada una chica con una diminutas prendas sexys: es la publicidad de un table; Iván las mira de reojo y las tira en el primer bote de basura –sí, en el centro hay botes de basura, además de una variada oferta de tugurios.
Pasamos en frente de la Secretaría de Seguridad Pública, donde unos uniformados con rifles de alto calibre resguardan dos enormes vehículos blindados al estilo Mad Max. Faltan pocas cuadras para la plaza Tapatía, y las torres de la catedral ya se divisan a lo lejos. Avanzamos entre la curiosidad de los transeúntes que, algunos cohibidos y otros cautivados, se paran o aceleran para abrir el paso a las cámaras, entorpeciendo aún más la circulación. Luego doblamos a la izquierda por avenida Vallarta y alcanzamos sin tropiezos el Larva. Tiempo total: 15 minutos.
“Este sitio me parece genial”, dice Trujillo, “porque este espacio en otros tiempos fue el cine Variedades y ahora se ha convertido en un espacio cultural integrado con el centro de la ciudad”. Es el cine que regresa a un cine, gracias al Premio Maguey. “Habrá varias actividades y proyecciones, y en el futuro, como ya funciona como centro cultural, exposiciones, un café agradable y un espacio para platicas, queremos que esté vinculado todos los años con el festival”.
Reanudamos nuestro recorrido por avenida Vallarta, en dirección a uno de los centros neurálgicos del festival: el Cineforo de la Universidad de Guadalajara y el Museo de las Artes (Musa). De repente a Iván le surge una pregunta (quizá ya la estaba rumiando desde que vimos los vehículos blindados de la SSP): ¿Estará seguro caminar por aquí? Buena pregunta. Esta zona, hasta Chapultepec, últimamente se ha convertido en un paraíso para rateros y asaltantes. “Creo que andar por aquí, tomando algunas precauciones, es bastante tranquilo, pero no le recomendaría a nadie salir del Diana después de una gala, a las 11 de la noche, y caminar por 16 de septiembre”, le digo.
Luego le hablo de robos que han sufrido varios conocidos, sobre todo cerca del edificio de la UdeG y la zona rosa de Guadalajara. Él cuenta de cuando, en un semáforo de la Ciudad de México, un sujeto lo apuntó con una pistola y le quitó el dinero. En la capital, Trujillo ha estado 20 años al frente de la Filmoteca de la UNAM, de 1989 a 2008, periodo en que la institución recibió el Ariel por su labor de difusión y preservación del cine mexicano, que entrega la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Trujillo ya había recibido en 1988 una de esas estatuillas, por el documental Mariposas Monarca… adivinanzas para siempre.
Llegamos frente al Musa; tiempo: 10 minutos. “Estas son dos cuadras ligadas al festival: el Museo de las Artes, el Cineforo, enclavado en el edificio administrativo de la Universidad de Guadalajara, y la rambla Cataluña”, dice Iván. “El Cineforo cumple 25 años, y es una sala emblemática, la más grande que tenemos durante el festival, con casi 450 espectadores, donde vamos a pasar las películas en competencia, con la presencia de directores y actores”.
“La Rambla, este corredor peatonal con esculturas de Colunga, en las noches se convertirá en un cine al aire libre, con proyecciones de películas de homenajes y con la posibilidad de escuchar también música en vivo”.
Con relación al Musa, en el paraninfo Enrique Díaz de León reconocerán a la escuela de Cine de la UNAM, el CUEC, por sus 50 años, y también será adaptado como sala de cine silente, para la proyección de una película y un corto, ambos de 100 años de antigüedad, con acompañamiento musical en vivo. Mientras que la sala Lola Álvarez Bravo, albergará la competencia documental.
Faltaría una buena caminata para alcanzar el Cinépolis del Centro Magno, otra sede importante del FICG, donde proyectarán todas las películas en competencia, las del Premio Mezcal, de los países nórdicos –invitados de honor–, de Son de cine –sección de documentales sobre música–, una selección de cortos y cintas de los homenajeados (Jan Troell, Ernesto Gómez Cruz y Ángela Molina), pero ya son las tres de la tarde y el hambre impele.
Para seguir en el clima tapatío que caracterizó nuestra excursión, vamos a un famoso puesto de tortas ahogadas por la zona: según el director, la oferta gastronómica variada y de calidad de la ciudad, es una de las ventajas que el FICG tiene con respecto a otros festivales de México. En la pequeña tele del restaurante, Iván, comiendo su torta de carnitas y buche, se queda absorto observando las imágenes en blanco y negro de las aventuras de un charro. Me gustaría preguntarle qué película es, pero no quiero exhibir mi ignorancia del cine mexicano frente a uno de sus fervientes promotores. Mejor como en silencio, y disfruto por fin de un poco de sombra y del incómodo asiento.
“Caminar el festival” no es tarea fácil, pero, como vimos, tampoco imposible.

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