El riesgo viaja en dos ruedas
El incremento de motos en el AMG ha comportado también un aumento de percances que involucran a estos vehículos. Aunque muchas de las causas de los percances son compartidas con otros medios de transportes, las consecuencias y las secuelas pueden ser mucho más graves para los motociclistas
Las motocicletas se han convertido en una presencia cada vez más habitual en las calles del Área Metropolitana de Guadalajara. Para algunos representa una alternativa frente al tráfico vehicular y las deficiencias del transporte público; para otros, una herramienta indispensable para trabajar y llevar ingresos a casa. Sin embargo, entre los desplazamientos cotidianos, las entregas contrarreloj y las maniobras imprudentes, crece también la preocupación por los accidentes y sus consecuencias, en muchos casos, fatales.
En cinco años Jalisco casi duplicó el número de motos registradas al pasar de 587 mil 887 unidades en 2020 a un millón 80 mil 332 en 2025, de acuerdo con datos del Instituto de información estadística y geografía (Inegi), lo que ubica a la entidad en el segundo lugar del país, sólo por debajo del Estado de México.
Por otra parte, todos los días los espacios informativos dan cuenta de accidentes que involucran a este medio de transporte. Fracturas complejas, pérdida de movilidad, largos periodos de rehabilitación o la amputación de una extremidad son algunas consecuencias que atiende el personal médico. Detrás de cada accidente puede haber meses de hospitalización, intervenciones quirúrgicas, rehabilitación y una vida que difícilmente vuelve a ser la misma. Las secuelas no siempre terminan cuando el paciente abandona el hospital; en ocasiones, persisten en forma de dolor, pérdida de movilidad o dificultades para retomar el trabajo.
Reportes del AMG, correspondientes a 2025, registraron mil 268 siniestros de tránsito con víctimas y mil 534 personas lesionadas; de las 199 personas fallecidas en esos hechos, 88 viajaban en motocicleta, lo que equivale a cerca de 44 por ciento del total.
En el Hospital Civil de Guadalajara Fray Antonio Alcalde, el médico Aldo Argüelles y Alegría, adscrito a la Unidad de reemplazo articular, es testigo, de manera cotidiana, de las consecuencias de estos percances. Desde su experiencia, los accidentes en motocicleta se han convertido en una de las principales causas de ingreso al servicio de Ortopedia.
“Años atrás, los accidentes relacionados con el consumo de alcohol eran frecuentes durante los fines de semana; los cuales, después de la implementación de medidas como el alcoholímetro, comenzaron a disminuir; pero ahora los accidentes en motocicleta han llegado a superar a prácticamente todo y todos los días ingresamos a pacientes con lesiones producidas por las motocicletas”, dijo el médico.
Explicó que el grupo de edad más común en estas atenciones son los menores de 20 años: calcula que alrededor de cinco o más pacientes ingresan a diario por este tipo de lesiones. Pero aclara que la cifra corresponde a los casos que recibe el hospital y que los accidentes más graves, en los que las víctimas fallecen antes de llegar a la unidad médica, no forman parte de esa experiencia clínica.

Los pacientes que atiende con mayor frecuencia presentan lesiones en las extremidades inferiores, desde la pelvis hasta los pies, en especial alrededor de las rodillas y los tobillos. “Al ser una lesión de alto impacto, prácticamente no hay nada que absorba el golpe más que las extremidades de los pacientes. Y son lesiones complejas porque no solamente es la fractura, son lesiones asociadas con tejidos blandos, piel, músculos, ligamentos. Por eso, son lesiones catastróficas”, subraya.
En los casos más graves, los pacientes pueden perder tejido muscular o piel, desarrollar infecciones e incluso enfrentar la pérdida de una extremidad. La recuperación también se vuelve más complicada cuando existe daño en los vasos sanguíneos, pues la interrupción del flujo de sangre puede comprometer los tejidos.
“Los tiempos de recuperación son muy largos, y para que un paciente se reintegre a las actividades, aunque la lesión sea pequeña, por lo menos va a tardar entre ocho y doce semanas, que es el tiempo en el que sana una fractura o una lesión grave, más la rehabilitación que pueda llevar. Los más complejos son los pacientes que tienen fracturas multifragmentarias o que tienen lesiones asociadas con tejidos blandos, la piel, el músculo, que pueden tener seis meses, un año o no reincorporarse a su vida anterior al accidente”.
Aunque todavía no cuenta con una base de datos que permita establecer un porcentaje definitivo, el especialista considera que menos de la mitad de los pacientes que recibe podría reincorporarse a sus actividades habituales sin dificultades. “La mayoría tiene alguna secuela articular o en sus extremidades, porque los pacientes que llegan aquí son derivados de un puesto de socorro, de la Cruz Verde o de la Cruz Roja”, alerta.
Agrega que el uso de equipo de protección como casco, coderas, rodilleras, sí ayuda a disminuir el impacto de las lesiones.
El riesgo también se construye desde la mente

Los accidentes de tránsito no responden a una sola causa ni distinguen entre el tipo de vehículo que se conduce. El exceso de velocidad, las distracciones, el incumplimiento de las señales, las maniobras imprudentes y las decisiones tomadas bajo estrés pueden poner en peligro tanto a quienes viajan en automóvil como a motociclistas, ciclistas y peatones.
En México, durante 2024 se registraron 374 mil 949 accidentes de tránsito terrestre en zonas urbanas y suburbanas, de acuerdo con cifras del Inegi. El dato dimensiona un problema que requiere atender tanto las condiciones de las vialidades y la convivencia entre los distintos usuarios, como los comportamientos que influyen en la conducción.
Detrás de algunas de estas conductas también intervienen factores psicológicos, como la impulsividad, la presión social, la búsqueda de reconocimiento y una percepción distorsionada del peligro, explicó Isabel Rodríguez, jefa del Laboratorio de psicología del Centro Universitario de los Altos (CUAltos).
Señaló que algunas personas desarrollan una confianza excesiva en sus habilidades de conducción, en especial cuando han realizado maniobras arriesgadas sin sufrir consecuencias. Esta experiencia puede llevarlas a minimizar el peligro y a pensar que un accidente difícilmente les ocurrirá.
“Tenemos muy marcado en muchos aspectos de nuestra cultura el pensamiento mágico de que, aunque sepamos una probable consecuencia, pensamos ‘a mí no me va a pasar’. Hay un sesgo de optimismo, una sobreconfianza, un exceso de esperanza o de fe, y en este aspecto de optimismo hay también una ilusión de invulnerabilidad”.
Desde esta perspectiva, conocer las reglas de tránsito no siempre es suficiente para modificar una conducta. Una persona puede saber que exceder los límites de velocidad, ignorar la luz de un semáforo, circular entre vehículos sin las debidas precauciones o utilizar el teléfono mientras conduce representa un peligro y, aun así, lo hace porque considera que tiene la experiencia necesaria para evitar un accidente.
Estas situaciones no son exclusivas de un tipo de transporte. Mientras algunos motociclistas pueden exponerse al circular sin casco o realizar maniobras riesgosas, quienes conducen automóviles también pueden contribuir a generar condiciones peligrosas al distraerse, no respetar la distancia de seguridad, cambiar de carril sin precaución o no anticipar la presencia de usuarios más vulnerables en la vía pública.
La especialista también advirtió que en algunas personas, la velocidad y las maniobras extremas se convierten en experiencias placenteras que las llevan a buscar sensaciones cada vez más intensas. A esto se suma la necesidad de pertenecer a un grupo, en particular entre adolescentes y jóvenes. Cuando una conducta peligrosa se convierte en una forma de demostrar habilidad o ganar aceptación, el riesgo individual puede quedar en segundo plano.
“Por el sentido de pertenencia, la gente es capaz de hacer muchas cosas. En los adolescentes, por ejemplo, es muy común que, por pertenecer a un grupo, a una pandilla o club, realicen rituales muy extremos y autodestructivos”, advierte.

Rodríguez subraya la importancia de evitar generalizaciones sobre quienes utilizan motocicletas, puesto que para muchas personas este medio de transporte es una herramienta de trabajo o una alternativa única para trasladarse ante las dificultades de movilidad y las limitaciones del transporte público.
En cuanto a las características que pueden hacer que algunas personas sean más propensas a asumir riesgos, señala la impulsividad, que no se limita a la conducción, sino que puede manifestarse en distintos ámbitos de la vida cotidiana y en la forma de responder ante situaciones conflictivas.
Destaca que a los factores relacionados con la percepción del peligro se suma el estado emocional. El enojo, la frustración, el estrés y la presión cotidiana pueden afectar la atención, la capacidad para evaluar situaciones y la toma de decisiones, lo que incrementa la posibilidad de reaccionar impulsivamente.
La especialista invita a considerar el estado emocional como parte de la preparación antes de emprender un trayecto, sobre todo cuando se trata de viajes largos o desplazamientos en condiciones demandantes. “Al salir de vacaciones, no nada más revises tu vehículo, en este caso puede ser el automóvil o la motocicleta; revisa tu estado emocional. Cuántos incidentes de tránsito se dan porque las personas están ese día, o desde hace varios días, enojados, frustrados, presionados. Todos esos también son factores para que se produzca no sólo un accidente, sino que tenga una conducción de forma imprudente, impulsiva, riesgosa”.
La especialista comparte que las consecuencias de los accidentes, además, no terminan necesariamente cuando las lesiones físicas reciben atención médica. Quienes viven un siniestro grave pueden experimentar miedo, ansiedad, tristeza, enojo y alteraciones del sueño; en algunos casos, estos síntomas pueden formar parte de un trastorno de estrés postraumático y generar temor a volver a conducir, subirse a una motocicleta o incluso salir a la calle.
Ambos especialistas coinciden en que la prevención debe ocupar un lugar central para reducir las consecuencias de los accidentes. El uso del casco y del equipo de protección es fundamental, pero debe acompañarse de una conducción responsable, respeto a los límites de velocidad y cumplimiento de las normas de tránsito, acciones que contribuyen a disminuir los riesgos, independientemente del medio de transporte.
Consideran que las campañas informativas son necesarias, pero deben complementarse con medidas que propicien cambios reales de comportamiento. Entre ellas plantean la aplicación efectiva de sanciones, los procesos de reeducación vial y estrategias que ayuden a los conductores a reconocer los riesgos y a asumir la responsabilidad de sus decisiones.
Concluyeron que la educación vial debe promover una percepción realista del peligro y recordar que las decisiones al conducir no afectan únicamente a quien toma el manubrio o el volante, sino también a quienes comparten la vía pública.


