viernes, julio 10, 2026
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A cien años de la Cristiada en Jalisco

De rebeliones aisladas y poco ordenadas, surgidas en 1926 ante la política anticlerical del presidente Plutarco Elías Calles, el movimiento cristero se organizó y levantó en armas en diferentes zonas del Bajío y el Occidente del país, iniciando una lucha fratricida que dejaría heridas profundas en la sociedad mexicana de las que apenas hace unas décadas empezó a hablarse

Especial

Un día de 1926, un grupo de señoras defendía la parroquia de Jesús en el Centro de Guadalajara. Ya se había declarado la huelga eclesial en todos los templos de la ciudad y la región en respuesta a la promulgación de la Ley Calles y a las medidas anticlericales implementadas a raíz de esto por el gobernador José Guadalupe Zuno, con la expropiación de fincas y cerrando el Seminario. Y no había sacerdotes.

Las mujeres vieron a un gendarme que no se quitó el sombrero al pasar frente al templo. Le gritaron que debía hacerlo. El policía les mentó la madre. Las señoras se enojaron, lo enfrentaron y detuvieron. Él se enoja, a su vez, reacciona, pero ellas son muchas y no puede con todas. Lo tumban con la ayuda de un grupo de jóvenes que traen una piedra grande; se la dejan caer en la cabeza. Lo matan.

Esta historia se la contó Heriberto Navarrete, antiguo profesor del Instituto de Ciencias de Guadalajara, al académico de la Universidad de Guadalajara Robert Curley, para quien la anécdota está llena de simbolismo acerca de la rebelión cristera que se suscitó entre 1926 y 1929, sobre todo en el Bajío y el Occidente mexicano.

“Por un lado, las mujeres no eran guerrilleras, ni militares; eran señoras de barrio. Seguramente, ninguna se levantó y pensó, ‘Hoy voy a matar a un policía’. Todo esto responde la pregunta ¿de dónde salió este coraje, compromiso, entrega y disposición?”.

Para el coordinador del doctorado en Ciencias sociales del CUCSH, si bien la iglesia, la jerarquía y las autoridades eclesiásticas llaman a la huelga clerical, fue el limbo religioso el que generó las revueltas. Pues sin sacerdotes, ni misas, los fieles administraron y defendieron los templos desde agosto de 1926 cuando estallaron actos de violencia esporádicos, aunque sin mayor organización.

La Cristiada estalló hace 100 años, sin anunciarse, pero el movimiento aprovechó la experiencia de militancia de la generación anterior, involucrada en movimientos católicos sociales previos a la caída de Porfirio Díaz. 

En ese entonces, los católicos sociales discutían una reforma agraria para evitar conflictos, e incluso fundar un partido político. También lucharon por el derecho de huelga y un salario mínimo, propuestas que quedaron plasmadas en la Constitución de 1917.

Para Curley, historiador especializado en la Revolución mexicana y la Guerra cristera, el movimiento popular dejó una herida muy profunda en muchos jaliscienses.

“Estamos a tal distancia, a un siglo, que ya se habla con más tranquilidad, pero recuerdo que cuando empecé a estudiar en los archivos católicos como estudiante doctoral, hace 35 años, no había. Apenas si las familias platicaban de esto, pero una generación antes de eso, el tema no se tocaba”, dijo Curley.s 

Archivo Revista Proceso

Anticlericalismo, huelgas religiosas y Ley Calles

Curley, doctor por la Universidad de Chicago, explicó que las convicciones religiosas y la lucha por la tierra no fueron ajenas a los grupos revolucionarios.

“Los movimientos agraristas y la identidad católica no son un binomio excluyente. Es verdad que en estados como Jalisco existió un fuerte choque, donde el agrarismo –alineado con el Estado posrevolucionario– se opuso frontalmente a las organizaciones católicas”.

Sin embargo, en otras regiones la frontera agrarista-religiosa no fue tan radical, como los zapatistas, que iban a combate con la imagen de la Virgen de Guadalupe en sus sombreros. Es decir, el zapatismo no se consolidó como un movimiento político-religioso y, lejos de adoptar el anticlericalismo militante del gobierno, permitió que la fe popular conviviera con la lucha por la tierra.

Esa conciliación agrarista-religiosa del sur nunca arraigó en el Bajío y el Occidente, pero aterrizó con los caudillos del Norte, que llegaron con la facción revolucionaria que protagonizó los episodios de anticlericalismo en la región.

“En Jalisco, los católicos estaban organizados, pero en julio de 1914 llegan Álvaro Obregón, Manuel M. Diéguez y el ejército constitucionalista de Occidente. Venían desde Sonora, bajaron por Sinaloa y Nayarit hasta Jalisco. Son quienes imponen una política anticlerical”.

Estas medidas de 1914 incluyeron la expulsión de sacerdotes, prohibiciones civiles sobre el culto público y las procesiones, y la confiscación de bienes eclesiásticos. Uno de éstos es el antiguo Colegio jesuita, donde fundaron la Preparatoria de Jalisco.

Años antes de la rebelión cristera, Guadalajara vivió otro episodio de anticlericalismo que se convirtió en una huelga clerical: se cerraron los templos y, por lo tanto, la gente ya no podía casarse, ni bautizarse, ni podía recibir la bendición de un sacerdote antes de morir.

“Este tipo de carencias en una sociedad de arraigo religioso son muy fuertes. No hay que subestimar la importancia de ese tipo de carencias en la vida de las personas, la mayoría de la cual vive vidas precarias”, dijo Curley. Además de que, en el fondo, el gobierno estatal buscaba apagar un movimiento de oposición política.

Misas celebradas por los cristeros en la región de los Altos, Jalisco,
Un sacerdote dirige el sermón a los fieles ante un altar improvisado en el campo en Colima - Archivo Histórico de la UNAM, IISUE

Limbo espiritual y estallido en los barrios

En 1926 se publica el decreto sobre los Delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa, o Ley Calles, propuesta por el presidente Plutarco Elías Calles. La medida exigía el registro de los sacerdotes, limitaba el número de religiosos en el país y penaba el uso de atuendos religiosos en la vía pública.

“La disposición generó nuevamente una huelga clerical porque, si bien desde la Ciudad de México el presidente Calles decretaba y legislaba limitaciones a la iglesia y a la religión en general, resulta que la religión era católica abrumadoramente”.

El cierre de espacios de culto generó una movilización, pero de quienes menos se lo esperaban.

Lo religioso atraviesa lo político

Las rebeliones empiezan desde finales de 1926 e inicios de 1927, pero sin mucha organización. “Lo que está sucediendo, en otra escala, es que los grupos militantes organizados desde hace mucho tiempo, ya perdieron la paciencia. Y surge otra cuestión, ¿qué está pasando para que la gente esté dispuesta a hacer eso?”.

El historiador argumenta que lo religioso y lo político pueden convivir en el entendido de que, como seres humanos, podemos habitar identidades distintas y no dimensiones separadas. “Porque la gente no es tonta, no toma las armas en contra de un ejército formal porque quiera morir. Es una convicción religiosa atravesada por una convicción política”.

Y, en algunos casos, esto llegó a tintes de heroísmo, como en el caso de Anacleto González Flores, quien llamó en su obra, El plebiscito de los mártires, a los militantes católicos a “martirizarse”.

Jefes cristeros (atribuido) - Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM)

La rebelión se extiende y termina

Mientras Anacleto González moría tras el suplicio impuesto por los militares en el Cuartel Colorado, la mayoría de sus seguidores se fueron a la guerra.

“Ellos prefirieron la muerte, que consideraron seguramente más aceptable, ‘Me muero con las botas puestas’ y peleando por lo que creían más justo. Es decir, la frase clave en la obra de Anacleto González se materializó en una rebelión que va a durar tres años. Y que se extenderá a lo largo de Los Altos de Jalisco hacia el Bajío guanajuatense y al este, en Michoacán y Colima, entre otros”. 

La Cristiada, que en apariencia empieza de manera espontánea, rápidamente se organiza y, a finales de 1927, ya cuenta con un ejército libertador, líderes militares y armas.

“En las primeras revueltas, los hombres del pueblo atacaron al ejército con piedras y sus herramientas del campo. A medida que se armaban, tenían éxitos militares y, a lo largo de los años 1928 y 1929, la rebelión se fortaleció mucho”.

Y justo en junio de 1929 se acabó, no porque el ejército venciera a la rebelión religiosa. Roberto Curley considera que, por el contrario, la confrontación queda en un empate. 

“Se termina porque la autoridad eclesiástica y el Estado mexicano se ponen de acuerdo, porque consideraron que la disputa no era buena para ninguno de los dos bandos. Entonces, se abren los templos, se incentiva a los revoltosos a que retornen a sus casas y abandonen la rebelión. Y, aunque no todos lo harán, muchos sí”. Pues hubo nuevos brotes de violencia, aunque pequeños, en zonas del sur de Zacatecas.

Cristeros en los Altos de Jalisco, 1927-1928 ca. Fotografía de Heriberto Navarrete

Vida religiosa después de la Cristiada

“Habría que reconocer que en la década de 1930 la identidad religiosa de la zona ya no es una identidad de rebelión, en gran medida, porque el Estado mexicano logra su propósito revolucionario: la vida religiosa se vive en particular, en los templos, y no a partir de la política”.

Sin embargo, todavía existía una pugna en cuestiones de educación, precisó el historiador: porque se planteaba una educación socialista, una cuestión que enfrentó a Iglesia y Estado.

Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas se buscó acuerdos para encontrar líneas de entendimiento y estar en paz. “La iglesia y las autoridades eclesiásticas se dan cuenta y buscan lo mismo. El momento clave fue la unión del Estado y la Iglesia en la expropiación petrolera de 1938. La iglesia católica llama a sus fieles a apoyar al Estado para pagar el petróleo de los mexicanos”.

Saldo y heridas a 100 años

Robert Curley explicó que para el historiador francés Jean Meyer, experto en la Cristiada, hace 60 años fue difícil conseguir testimonios ante lo que denominó “una veda” alrededor del tema. 

“Creo que, a grandes rasgos, una o dos generaciones de mexicanos involucrados en la rebelión decidieron que había un consenso, ‘De eso no vamos a hablar, fue una desgracia y vamos dejándola atrás’”. 

Con el tiempo, la distancia y la insistencia, los historiadores consiguen el testimonio de algunos ancianos. “Encuentran alguna fuente o logran hablar con algún renuente y empieza una discusión; por un lado, familiar y, por otro, se empieza a registrar en la historiografía. Es un proceso paulatino”.

Entre los puntos que se han documentado están las llamadas “concentraciones” del ejército en Los Altos de Jalisco.

“En 1928, el ejército pasaba, por ejemplo, por la zona de Arandas, Tepatitlán y decía ‘Vamos a regresar en unos días o la semana entrante’. Y si alguna persona no estaba en la parte urbana, se le consideraba un beligerante. Por eso vaciaban las rancherías y los pueblos”. 

El mandato militar los concentró en la plaza de Tepatitlán, pero ese pequeño espacio no soportó esa densidad; pues era esto, o permanecer en los pueblos donde el ejército disparaba primero y preguntaba después.

“En las zonas urbanas donde se concentran las personas, mucha gente se moría de diarreas por los efectos secundarios de estar ausentes de sus casas. Esto fue muy fuerte. Habría que pensar cómo esta experiencia los marcó como jóvenes y, después, como ancianos”.

Aunque las investigaciones históricas de la Cristiada han explicado las causas y consecuencias del conflicto, los efectos y secuelas siguen vivas. Sobre la cantidad de víctimas en esta guerra no hay un consenso: se estima entre las 80 mil y hasta las 250 mil personas, entre civiles, sacerdotes, militares y profesores.

“La cifra, definitivamente, está en construcción todavía”, concluyó Curley.

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