viernes, junio 5, 2026
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Foto: Abraham Aréchiga

Hasta pronto, José Luis

La primera vez que vi a José Luis Ulloa fue allá por el año de 2008. Él ya era director de La gaceta, y yo, que todavía trabajaba en Radio UdeG en Colotlán, acababa de publicar mi primer reportaje en el (entonces impreso) periódico universitario. El motivo del encuentro no fue de los más alegres: un académico de la universidad que yo citaba en la nota se había quejado por lo que se decía de él, y solicitó vernos a mí y al director. Recuerdo todavía con una sonrisa, a posteriori, la cara de tensión, callada reprobación y susto evidente de José Luis cuando llegué a su oficina, pero también la tranquilidad que intentó transmitirme en el trance.

Sin que ambos lo supiéramos, allí empezó una relación laboral que nos mantuvo muy cercanos por los siguientes 16 años, y que fue marcada por una serie de complicidades, conflictos, tensiones, risas, por mucha entrega y compañerismo, pero, sobre todo, por una sincera amistad.

De alguna manera, todo esto era lo que había vislumbrado, latente y concentrado, en esa primera ocasión en que nos conocimos en persona.

No sabría, si no, cómo resumir en pocas palabras tantos años de convivencia casi diaria; un tiempo que sacó lo mejor y lo peor de ambos, pero que logramos matizar para llegar a un equilibrio en que el respeto, el cariño y el apoyo mutuo siempre han prevalecido. En que, aunque no nos viéramos mucho fuera de la oficina, sabíamos que el uno podía contar siempre con el otro. Si esta no es amistad, no sabría cómo definirla de otra forma.

En este pequeño homenaje, van a hablar de él, de su trabajo y persona otros compañeros y compañeras con quienes trabajó y convivió muy de cerca. A mí no me queda más que recordar al amigo, al compañero, pero sobre todo, en calidad de nuevo coordinador de La gaceta, continuar con el legado de pasión, conocimientos y entrega que nos dejó en tantos años de estar al mando de este medio.

Una anécdota para concluir, de las que él solía citar a menudo: le gustaba recordar con orgullo que, cuando se encontraba al promotor y fundador de lo que hace más de 50 años empezaría a ser el medio oficial de la UdeG, el maestro José Manuel Jurado Parres, éste le decía, hablando de La gaceta: “Allí les encargo a mi niña”.

Te puedo asegurar, José Luis, que esta niña queda en buenas manos, y que tu recuerdo siempre vivirá en sus páginas.

Alberto Spiller

Presentación del libro conmemorativo por los 50 años de La gaceta, en la FIL 2024. Foto: Iván Lara González

Es difícil escribir cuando se tiene un nudo en la garganta… A José Luis Ulloa no se le puede recordar en silencio. Su memoria tiene el sonido constante de teclados, teléfonos, páginas que se cierran a tiempo, conversaciones, estrés y espacios para la risa

Nos conocimos en noviembre del 2000, cuando llegué a trabajar a La gaceta de la Universidad de Guadalajara. Con el tiempo entendí que no solo trabajaba ahí, vivía ahí, era un comprometido con el trabajo.

Durante más de dos décadas como jefe de información y coordinador de este medio, su vida transcurría entre las oficinas del piso 6 del Edificio de Rectoría de la UdeG y las aulas del CUCSH como maestro del Departamento de Comunicación y Sociedad. Los días de descanso eran apenas una pausa breve entre responsabilidades.

José Luis era, sin duda, un trabajador 24/7. De los que se llevan los pendientes a casa, los revisan y regresan al día siguiente con la misma intensidad. Bastaba ver su expresión cuando algo no cuadraba para saber que la exigencia, primero consigo mismo, era parte de su esencia. Pero ese estrés no era gratuito, era el reflejo de alguien comprometido, que cuidaba su trabajo como se cuidan las cosas importantes.

Entre esa exigencia diaria y las mil responsabilidades, había momentos que aligeraban todo. Compartíamos el gusto por la música de Benny Ibarra, y cada vez que se informaba una fecha de concierto, nos avisábamos mutuamente. Era un ritual sencillo, que nos sacaba por un momento de la rutina.

Fuera del trabajo, José Luis encontraba otras formas de estar. Disfrutaba los libros, el cine, los museos, los arreglos a su casa. Los fines de semana en Villa Corona con su tía eran una especie de refugio, un espacio donde el ritmo cambiaba y el tiempo parecía ir más lento. Y si había oportunidad, cualquier pretexto era bueno para viajar a la Ciudad de México, recorrer sus calles, visitar exposiciones o simplemente cambiar de escenario.

En todos estos años, por supuesto, hubo desacuerdos y enojos, trabajar tan de cerca inevitablemente trae discusiones, pero si algo permanece en la memoria no son esas diferencias, sino las pláticas amenas que siempre encontraban su lugar, conversaciones sobre la vida cotidiana, los viajes y hasta de la parte fitness cuando se preparaba para participar en la Carrera Leones Negros. También estaban los planes a futuro, esas ideas que iban tomando forma entre una jornada y otra.

José Luis, al igual que todos, no era perfecto, era reservado, pero era auténtico, intenso, comprometido, a veces complicado, pero siempre presente. Dejó huella en cada edición, en cada clase, en cada conversación y en cada proyecto con el que se comprometía.

Y en ese recuerdo personal, inevitablemente se suma la voz de quienes compartieron con él la trinchera diaria y el espacio personal. Miriam Mairena, diseñadora de La gaceta, lo recuerda desde la cercanía de más de dos décadas.

“Compartí como 25 años con él, primero siendo jefe de información y después como coordinador de Gaceta. En su trabajo siempre fue muy entregado, comprometido. Todo lo quería hacer bien, a la perfección”.

Comparte que esa exigencia se reflejaba en cada proceso. No soltaba nada. “Se metía a todo, desde que le entregaban la nota los reporteros, las leía, las corregía, se metía a diagramar, ahí era cuando teníamos broncas, de ‘oye, tú no eres diseñador’, pero también nos hizo muchos paros”, recuerda entre las lágrimas que provoca revivir esos momentos.

Pero es en lo personal donde su recuerdo se vuelve más nítido. “Es de las pocas personas que conozco que son buenas, buenas, buenas. Él siempre te estaba ayudando, siempre estaba al pendiente. Nunca se le pasó un cumpleaños de mi hija, siempre le llevaba su regalito”.

En los momentos difíciles, dice, José Luis no se apartaba y aunque muchos podían no entenderlo del todo, quienes sí lo conocían sabían bien quién era.

“Cuando yo pasé una época muy fea y me iba muy mal económicamente, él me ayudaba. Lo que necesitaba, ahí estaba. Siempre te escuchaba. Mucha gente lo criticaba, pero no lo conocían. Yo siempre lo defendí. Tenía un corazón enorme. Siempre estuvo al pendiente de su mamá, de sus hermanos, de su sobrino, de su tía. Era muy generoso”.

Recordó su bondad pero también su carácter correcto, educado, incapaz de responder con una grosería, incluso cuando lo trataban mal. Prefería callar, seguir trabajando y demostrar quién era a través de lo que hacía.

En el caso de Margarita Alegría, jefa de la Unidad de atención a medios, la convivencia con José Luis comenzó incluso antes de coincidir en la UdeG, cuando él laboraba en Promomedios, hace cerca de 30 años.

“Yo le mandaba información de la Universidad y siempre me decía: ‘me mandas mucha, me saturas el fax, te acabas mi papel’”, dice, al recordar aquellos tiempos en que José Luis ya buscaba difundir la vida universitaria en la radio.

Con el paso de los años, el destino los volvió a reunir en la Coordinación General de Comunicación Social.

“Entró aquí y seguimos siendo amigos y ahora pienso cómo pasaron tantos años y cómo no nos dimos tiempo de convivir afuera. Él era más introvertido, serio, pero el cariño estaba. Nos queríamos mucho, con pocas palabras, con muchas miradas”.

La vida laboral los volvió vecinos de oficina: ella preguntaba en voz alta y él le contestaba. También recuerda momentos importantes en su vida, como cuando decidió irse a estudiar un posgrado.

“Cuando se fue a Puebla a hacer su maestría estaba feliz, le preocupaba regresar y que el trabajo fuera diferente, pero se fue con mucho gusto. Era una experiencia que siempre comentaba”.

En lo profesional, su definición sobre él es clara, fue tan comprometido que quería hacer todo bien, a tiempo, mejor, más rápido y eso lo ponía muy nervioso.

“En los encuentros de periodismo, en las gacetas especiales, siempre estaba muy preocupado porque todo saliera bien. Nadie le decía que salía mal, pero él quería hacerlo perfecto. Eso hablaba de su profesionalismo, de su compromiso por la Gaceta, el amor a su trabajo, el saber trabajar en equipo, aceptar nuevas condiciones, esa resiliencia de decir ahora lo hacemos diferente, pero lo seguimos haciendo bien”, compartió.

En su trayectoria laboral, también compartió encomiendas con Guadalupe Cárdenas, jefa de la Red de Comunicación Universitaria, por más de dos décadas de trabajo institucional.

“Yo conocí a José Luis en 2002, cuando él trabajaba apoyando a la dirección de La gaceta. Conforme pasaron los años, y cuando él asumió la organización del Encuentro Internacional de Periodistas, me sumé a su equipo de trabajo dentro de esta actividad que se desarrolla en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara”.

Sobre su legado, destaca el tiempo al frente de la Gaceta y todos los proyectos que impulsó dentro de este medio de comunicación.

“Fue sumamente perfeccionista, muy profesional. No le gustaba que nada tuviera error, era muy puntual en lo que decía, en lo que escribía y en la organización con todo su equipo. El gran conocimiento que tenía en materia de periodismo universitario es uno de sus mayores legados, no solo aquí en la Universidad de Guadalajara, sino a nivel nacional, a través de su Red de gacetas”.

Hoy, su ausencia pesa, llena de tristeza a quienes compartimos con él por muchos años el mismo espacio, pero también deja la certeza de que hay personas que no se van del todo porque siguen habitando en lo que construyeron y en quienes coincidieron con ellas. Se quedan en la memoria cotidiana, en los recuerdos compartidos.

Hasta pronto, José Luis.

Foto: Abraham Aréchiga
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