Ante el creciente interés global por fuentes alternativas de alimentación, el libro Los insectos comestibles en el mundo, publicación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, surge como una propuesta divulgativa que busca acercar este tema a todo público, explicó su coordinadora, Ligia E. Díaz, quien destacó que uno de los principales motivos fue llenar un vacío en la literatura accesible sobre el tema.
“Nosotros vimos que faltaba un libro de este tipo a nivel de divulgación. No había nada que hablara de los insectos comestibles a nivel mundial con un vocabulario sencillo. Queríamos mostrar que no es una moda, sino una práctica ancestral profundamente arraigada en muchas regiones del mundo, incluido México”.
La publicación, que cuenta con ilustraciones de Silvia Pérez-Cuadrado, bióloga de la Universidad Complutense de Madrid, reúne el trabajo de 35 autores de países como Argentina, Brasil, Colombia, Francia, España, México y Holanda, quienes aportan desde sus propias áreas de conocimiento.
“Quisimos estructurar un libro que tuviera un soporte científico sólido, pero a la vez un lenguaje divulgativo para que la sociedad pueda conocer este mundo que, en algunos entornos, todavía es desconocido”, relató Díaz.
Uno de los principales retos fue coordinar perspectivas diversas en un solo volumen y la riqueza del libro radica justamente en esa diversidad, ya que incluye desde estudios sobre evolución humana hasta capítulos sobre tecnología alimentaria, además de casos específicos como la hormiga culona en Colombia o las tradiciones culinarias en Brasil y México.
“Buscamos que la gente los vea más cercanos, saber qué hacer con ellos cuando lleguen a la cocina. Por ello, el libro cierra con un recetario elaborado por chefs participantes, complementando el análisis científico con aplicaciones prácticas”.
Compartió que la percepción de su consumo varía significativamente entre regiones y en países como México, porque donde existe una tradición hay mayor apertura. Pero en Europa, especialmente en España, no forman parte de la cultura gastronómica, por lo que en estos contextos su incorporación implica no sólo cambios culturales, sino también procesos regulatorios, al ser considerados nuevos alimentos.
“No es fácil cambiar una costumbre que no está arraigada; hay que empezar desde pequeños y verlos con más normalidad. No se trata de convencer a nadie de comer insectos, sino de abrir la mente, cuestionar prejuicios y entender que es una posibilidad alimentaria con profundas raíces culturales. Es una fuente más, no se trata de sustituir, sino de conocer”.