sábado, mayo 9, 2026
sábado 9, mayo, 2026

Más allá de un crónica de campo

Hay aprendizajes que no caben en un aula y se tienen que caminar, observar y sentir. Lo vivimos nuestros compañeros  y compañeras en una excursión desde el Valle de Tehuacán hasta el Cofre de Perote

Hay un momento, casi imperceptible, en el que una práctica de campo deja de ser una actividad académica y se convierte en una experiencia que te cambia. No ocurre en un punto exacto del mapa, ni en una hora específica del itinerario; sucede entre el cansancio del traslado, el asombro compartido y la sensación de estar, por fin, entendiendo algo que en el aula sólo se intuía.

Durante nueve días, el aprendizaje no tuvo paredes. El viaje comenzó con mochilas, libretas, guías, prensas botánicas y conversaciones que mezclaban emoción con incertidumbre. Horas de carretera donde el paisaje iba cambiando lentamente, como si México decidiera mostrarse en capas: primero lo seco, lo aparentemente vacío; después lo denso, lo húmedo, lo desbordante.

Nuestra primera parada fue el Valle de Tehuacán–Zapotitlán, donde el desierto nos recibió con silencio. Pero no era un silencio vacío, sino uno que exigía atención. Ahí, entre cactáceas y formas improbables de vida, la guía Pablo Carrillo Reyes no sólo explicaba especies, enseñaba a mirar. A detenerse. A entender que cada estructura vegetal es una respuesta precisa a un entorno extremo.

A su lado, Maurino Reyes Castillo, conocedor del territorio, hablaba desde otra dimensión del conocimiento: la que no está escrita, la que se hereda. Entre ambos, ciencia y experiencia se entrelazaron, y los estudiantes nos encontrábamos en medio, tratando de absorberlo todo.

Y entonces entendí que una práctica de campo no es sólo observar: es aprender a interpretar.

Los días siguientes rompieron cualquier expectativa de estabilidad. A unas nueve horas de distancia en la reserva ejidal Benito Juárez, el cuerpo aún cargaba el polvo del desierto, pero el paisaje cambió radicalmente. El verde lo cubría todo. El agua aparecía en cada rincón. Helechos, orquídeas, cascadas.

El señor Crispín García no hablaba en términos técnicos, pero cada palabra tenía peso: hablaba del monte como quien habla de un familiar. “El monte da, y lo único que exige es que se cuide; y si el monte no se cuida, se pierde, y si se pierde, perdemos todo”.

Ahí, el aprendizaje tomó otra forma: entender que la conservación también es una práctica cotidiana, no nada más un concepto académico.

La experiencia continuó en la Laguna de Sontecomapan, parte de la reserva de Los Tuxtlas, donde el grupo ya no era el mismo. El cansancio se había transformado en complicidad. Las bromas en el autobús, los silencios compartidos frente al paisaje, las preguntas que surgían sin miedo a equivocarse.

Frente al manglar –rojo, negro, blanco y amarillo–, José Elías Chagala Hernández, guía y habitante de la comunidad, explicaba la conexión entre sistemas. Pero más allá de sus palabras, era el entorno el que enseñaba: raíces que emergen, agua que cambia de salinidad, vida que depende de equilibrios delicados.

Y en ese punto, algo se volvía claro: aprender ecología no es memorizar relaciones, es presenciarlas.

Continuamos viajando durante cinco horas más para trasladarnos al Santuario Bosque de Niebla en la reserva del INECOL; éste nos envolvió por completo. La humedad suspendida en el aire, las epífitas colgando, la sensación de estar dentro de un sistema vivo y respirando.

El biólogo Orlik Gómez García habló desde la investigación, desde los datos, desde la urgencia; pero lo más impactante fue la fragilidad del lugar. Ahí, el aprendizaje dolía un poco: entender que lo que se estudia también puede desaparecer por la mancha urbana y la inconsciencia del ser humano.

Para el siguiente día, el regreso al matorral xerófilo en Cantona ya no se sentía igual. Donde antes se veía “poco”, ahora se veía detalle. Líquenes, briofitas, agaves: formas de vida que exigen una mirada más lenta.

Más tarde, en la Laguna de Alchichica, los estromatolitos aparecieron como un recordatorio profundo: la vida ha cambiado, se ha transformado, pero también ha permanecido.

Y por un momento, el tiempo dejó de sentirse lineal.

El último día, el ascenso al Cofre de Perote fue, en muchos sentidos, un cierre simbólico. El cambio de vegetación conforme aumentaba la altitud no sólo fue visible, sino comprensible. Desde los oyameles, pasando por bosque de pino, hasta llegar a una cima donde la vida se vuelve más austera.

Era como ver, en un solo recorrido, múltiples formas de responder al mundo.

Pero más allá de los ecosistemas, hubo algo constante en que coincidimos entre compañeros durante los nueve días: la convivencia.

“Compartir alimentos, cansancio, risas, dudas”. “Aprender del profesor, sí, pero también del guía, del locatario, del investigador y del compañero”. “Escuchar distintas voces que no siempre hablan el mismo lenguaje, pero que coinciden en algo esencial: el territorio importa”; fueron algunos testimonios de mis compañeros al preguntarles qué habían aprendido de la experiencia.

Estas prácticas no tienen únicamente el objetivo de enseñar biodiversidad, buscan formar una manera de estar en el mundo. Una mirada crítica, pero también sensible. Una que entienda que el conocimiento no es únicamente acumulativo, sino relacional.

Porque al final, lo que queda no son sólo los nombres de las especies o los tipos de vegetación; lo que queda es la experiencia de haber habitado, aunque sea por unos días, los lugares que estudiamos.

Y entender que conocer también es una forma de cuidar.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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