martes, marzo 31, 2026
martes 31, marzo, 2026

Seis meses para mirarte distinto

A veces, las decisiones grandes se toman por motivos pequeños, como los que llevaron a Amaya Luna a dejar su país para hacer un intercambio en México; ya aquí, se dio cuenta que también son las diferencias mínimas las que influyen en tu forma de habitar el espacio, y al  mismo tiempo te hacen añorar tu hogar

Llegar a un lugar no siempre se siente como llegar. A veces, se siente como bajarte de un avión después de casi dieciocho horas, mirar por la ventana y pensar que algo no encaja. No es el idioma, no es la gente. Es otra cosa más difícil de nombrar.

Amaya Luna Araneda Parraguez tiene 25 años y viene de Chile. Allá estudia una carrera técnica en Topografía –una carrera corta, de cinco semestres–, pero que aquí, en la Universidad de Guadalajara, es parte de una ingeniería.

La diferencia no es sólo académica. También es simbólica.

Porque Amaya no planeaba estar aquí.

Antes de la Topografía estudiaba Diseño. Su camino iba por otro lado, hasta que un correo interrumpió la línea que ya parecía definida: “¿Te gustaría ser considerada para un intercambio?”.

Primero fue una posibilidad. Luego, una confirmación. Y después, una decisión que no tenía nada de ligera: dejar lo que ya había construido por seis meses o quedarse en lo conocido.

Había opciones: España, Nueva Zelanda, Corea… y México.

España no le llamaba. Dice que sentía una distancia rara, algo como falta de calidez. México, en cambio, le daba curiosidad por razones más simples: la gente, la comida. A veces, las decisiones grandes se toman por motivos pequeños.

Y esta vez, dice, no se equivocó.

Guadalajara no es lo que imaginaba

No porque sea peor, sino porque es demasiado. Demasiado grande, demasiado junta, demasiado distinta. Las casas pegadas unas con otras, la ciudad extendiéndose como si no terminara. El ruido constante, los cables, los puestos, la gente. Viene de un lugar más pequeño, más abierto, donde el espacio se siente distinto.

El trayecto del aeropuerto a la ciudad le pareció precario. Fue su primera impresión, y no fue buena. Llegó a su Airbnb, cerró la puerta y lloró.

No era propiamente tristeza. Era vulnerabilidad. Era darse cuenta de que estaba sola en un lugar donde nada le pertenecía aún. Donde nadie la conocía. Donde, por un momento, no había red.

Durmió. Y luego salió.

Ese mismo día fue a San Pedro Tlaquepaque. Calles coloridas, música que se escapa de los restaurantes, elotes con limón y chile, vitrinas llenas de cerámica. La luz de la tarde que cae sobre las fachadas.

Ahí algo cambió. No todo, pero lo suficiente para quedarse. “Fue un contraste fuerte”, dice.

Como si la ciudad le hubiera mostrado dos caras en menos de 24 horas: la que incomoda y la que abraza.

El primer choque real no fue cultural. Fue el agua

No poder tomar agua de la llave le parecía absurdo. No sólo por beberla: por todo. Bañarse, lavarse los dientes, confiar en algo tan básico. Principalmente, la sensación. Recuerda tener sed y pensarlo demasiado. Abrir la llave, dudar, cerrar.

“Era raro no poder tomar agua directamente”.

Ese pequeño gesto cotidiano –tomar agua sin pensar– dejó de existir. Y con eso, cambió la forma en la que habitaba el espacio.

A veces, el desajuste no viene de lo complejo, sino de lo mínimo.

Su primer día en CUCEI fue largo

Auditorio, bienvenida, muchas caras que no volvieron a aparecer y otras que, poco a poco, empezaron a quedarse. Ahí hizo sus primeros amigos, aunque la palabra “amigos” todavía estaba en construcción.

El campus le pareció grande, incluso bonito. Pero no de inmediato. Como si necesitara tiempo para volverlo suyo.

Le pasó algo curioso: tardó semanas en explorarlo de verdad. Caminaba por las mismas rutas, evitaba perderse. Incluso, ubicar los puestos de comida fue un proceso.

Como si habitar un lugar no fuera automático, sino algo que se aprende con repetición.

Hay cosas que no se notan hasta que te cambian

Dice que aquí se siente más tímida. No porque en realidad lo sea más, sino porque el contraste lo evidencia. Cree que en Chile la gente es más introvertida, más medida, más contenida.

En México, en cambio, la amabilidad parece natural, casi espontánea. Está en los saludos, en las conversaciones breves, en la forma en la que la gente se acerca.

“No es que no exista allá, pero aquí es diferente”.

Y eso, aunque suene simple, reconfigura la forma en la que te relacionas.

Extraña todo. No hay una versión reducida de esa palabra. Extraña a sus animales, a su pareja, a su familia. Extraña lo cotidiano: los horarios, los silencios compartidos, la familiaridad de lo conocido.

Aquí está más sola. Vive con otras personas, pero cada quien tiene su vida, sus tiempos, sus propios círculos. Y hay días en los que lo que siente se queda guardado, como si no encontrara el espacio para salir.

“Sabía que iba a pasar”, dice.

Pero saberlo no lo hace más fácil.

La universidad es otro tipo de choque

Le sorprende lo accesible que es estudiar aquí, lo distinta que es la infraestructura comparada con Chile, la posibilidad de estar en un sistema público con tantas oportunidades.

Pero también nota desorganización, criterios poco claros, dinámicas que a veces incomodan.

Académicamente, lo más difícil ha sido adaptarse al lenguaje. A los conceptos. A la forma en la que se entienden cosas como los suelos, que no son los mismos, que se nombran distinto, que se estudian desde otro contexto.

Aprender, en ese sentido, también es traducir el mundo.

Hubo un momento que marcó todo

Un hombre las siguió. Les gritó que las iba a robar. Terminaron escondiéndose en un bar.

No lo cuenta como tragedia, pero sí como una grieta en la experiencia. Algo que no estaba en los planes, pero que se queda.

Aun así, insiste en algo: “Puede pasar en cualquier lugar”.

No romantiza, pero tampoco condena. Sólo lo integra.

El primer día dudó. Después no

No porque todo se haya vuelto fácil, sino porque decidió vivirlo con apertura. Aceptar que hay cosas buenas y malas, que hay días ligeros y otros más pesados.

“Lo aprendido aquí puede servirme en Chile”.

Y esa idea, simple pero firme, la sostiene.

En su rutina hay algo que la define

Se levanta temprano, hace ejercicio, va a clases, regresa. A veces se queda un rato más en la universidad, otras vuelve directo. Habla con su familia cuando puede, intenta sostener esos vínculos a distancia.

En su tiempo libre, sale. A veces sólo a caminar. A veces por comida. A veces por algo dulce.

Una vez estaba comiendo un helado de garrafa, viendo El Chavo del 8, y pensó:

“Esto es apoyo emocional”.

No era un gran momento. Pero fue suficiente.

Y a veces, eso basta.

Seis meses no cambian quien eres. Pero sí te obligan a mirarte distinto

Amaya no habla de transformaciones radicales. Habla de reafirmarse. De entender que puede sostenerse sola, que puede conectar incluso en lo ajeno, que puede encontrar pequeñas formas de pertenecer.

También habla de disciplina. De hacerse cargo de sí misma sin que nadie se lo pida. Y de algo más silencioso: el valor del hogar.

No como un lugar físico, sino como una sensación de pertenencia que ahora entiende mejor porque la extraña.

Irse también es una forma de regresar

No al mismo lugar, ni de la misma manera, pero sí con otra mirada. Ahora entiende mejor lo que significa estar lejos. Y también lo que significa elegir quedarse, en cualquier lugar.

Al final, lo resume así: “Apoyar y sentirse apoyada reconforta el alma”.

No es una frase perfecta. Pero es honesta. Y en una historia como esta, eso pesa más que cualquier conclusión.

Este contenido es resultado del Programa Corresponsal Gaceta UdeG que tiene como objetivo potenciar la cobertura de las actividades de la Red Universitaria, con la participación del alumnado de esta Casa de Estudio como principal promotor de La gaceta de la Universidad de Guadalajara.

MÁS NOTAS

Post Views: 132