lunes, marzo 23, 2026
lunes 23, marzo, 2026

reportaje

La estela tóxica del Río Santiago

Mediante la técnica denominada “Cometa”, investigadores de la UdeG lograron demostrar lo que se ha omitido por décadas: los contaminantes presentes en el curso de agua no solo tienen incidencia en las enfermedades que presentan las poblaciones aledañas, sino que están dañando su ADN, lo que implica que las patologías puedan heredarse y que las nuevas generaciones nazcan enfermas o con diversos síndromes genéticos

En localidades como Puente Grande y El Salto la enfermedad ya no es una estadística, sino un «pan de cada día» que marca no solo la vida de sus habitantes, sino también el destino de niñas y niños que nacen con patologías provocadas por el veneno de un río que, tras 40 años de promesas rotas, sigue arrastrando muerte en su caudal.

A través de la técnica molecular conocida como “Cometa”, los doctores Mónica Reynoso Silva y Carlos Álvarez Moya, del CUCBA, han logrado demostrar lo que décadas de políticas públicas han omitido: el arsénico, el plomo y los pesticidas industriales sí tienen incidencia en las enfermedades de los pobladores alrededor del Río Santiago y, además, los tóxicos en el agua, el ambiente y los alimentos están dañando el ADN de las personas.

La investigación revela que la exposición crónica a metales pesados no solo provoca cáncer y fallas renales en la población actual, sino que está alterando la herencia biológica de las futuras generaciones.

Lo que alguna vez fue un edén recreativo y motor productivo de Jalisco, hoy es descrito por los especialistas como un “Chernobyl”. Sus hallazgos son concluyentes: los contaminantes afectan las moléculas y el material genético de personas sanas provocando enfermedades diversas, ya conocidas, y otras que comienzan a ser visibles en la población.

I. De paraíso a Chernobyl

Como si se tratara de un sueño lejano, las y los pobladores que viven alrededor del Río Santiago recuerdan cuando ese curso de agua era un espacio recreativo, productivo y de reunión social. Un lugar con fauna acuática y embarcaciones, del que se nutrían sembradíos de maíz, huertos y cañaverales, al que llegaban turistas extranjeros y que incluso albergaba un club náutico.

Nicolás Muñoz vive en el poblado de Puente Grande desde que nació, hace 58 años, y tiene recuerdos claros de una niñez con aire puro y agua clara.

«El río era una gran fuente de vida, de riqueza, de pesca. Del río había muchas personas que sacaban productos como pez bagre, carpa, mojarra, charales; había cangrejos, fauna acuática y eso daba una gran vida al paisaje, un verdor esplendoroso», rememora en entrevista.

Sin embargo, en las últimas cuatro décadas ese paraíso quedó sólo en los recuerdos y algunas fotografías, y se transformó en un corredor industrial de desechos tóxicos. Lo que antes era un espejo de agua limpia, hoy lleva metales pesados, espumas químicas y aguas negras que han condicionado la salud de la población de lugares como Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Poncitlán y la Ribera de Chapala.

De ser antes un paraíso, ahora parece un Chernobyl”, sentencia el académico Álvarez Moya.

El club náutico que recuerdan los pobladores aún está en el camino a Puente Viejo, entre Puente Grande y Juanacatlán. Abandonado, al igual que decenas de casas de descanso y terrazas campestres, algunas con alberca. Los letreros de “Se vende” hablan del deterioro del lugar… porque, ¿quién querría venir a divertirse a un lugar con olores tan fuertes?, dicen los vecinos. 

“Olimpia” -quien pidió omitir su nombre para no ser señalada por la comunidad- es sobreviviente de cáncer de ovario. Su bisabuela, que vivió más de 100 años, también le contaba que al río llegaban personas a nadar, a tener un rato de esparcimiento y a comer la pesca local del día. “Nada que ver con cómo está ahorita”, dice. En su colonia, a medio kilómetro del río, la enfermedad que tuvo se presentó en otras vecinas.

«El cáncer es el pan de cada día aquí en Puente Grande. No solamente en familia, sino que vecinos también han enfermado. Un hermano enfermó de cáncer de hígado, por parte de mi familia paterna han sido cuatro personas con cáncer de mama. Yo soy sobreviviente, ahorita me encuentro en remisión. Cuando yo estuve en mi apogeo del cáncer, estaban tres vecinas también (con la enfermedad); varios vecinos con problemas de insuficiencia renal y con problemas gastrointestinales», contó.

 

La tragedia del río Santiago no es un accidente, sino la consecuencia de un modelo industrial que no ha sido regulado y menos vigilado de manera adecuada para proteger a la ciudadanía. A lo largo de su cauce se asienta uno de los corredores industriales más importantes de México, concentrando sectores como el automotriz, el químico, el farmacéutico, el alimentario y el textil.

Según datos de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), cerca de 400 industrias descargan sus residuos en la cuenca, muchas de ellas sin el tratamiento adecuado. Un estudio de la académica Cindy McCulligh contabilizó 675 empresas manufactureras, la mayoría en Jalisco, y refiere la presencia de mil 090 tipos de sustancias descargadas al río y sus afluentes.

Ante la lucha de las organizaciones civiles en la cuenca del río, diversas instancias nacionales e internacionales han puesto la lupa en el problema. En 2020, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) emitió la resolución 10/2020, otorgando medidas cautelares a favor de los pobladores de las zonas aledañas al río Santiago, al reconocer el daño grave e irreparable a su salud debido a la contaminación ambiental. El organismo internacional señaló que la presencia de metales pesados como arsénico, plomo y cadmio en la sangre de los habitantes superaba con creces los límites permitidos.

De entre esos daños graves a la salud, la insuficiencia renal es el otro gran problema de las comunidades. No es casualidad que en Jalisco haya una demanda de 664 personas por millón de habitantes que requieren diálisis por enfermedad de los riñones, cifra que supera la media mundial, según datos del Hospital Civil “Fray Antonio Alcalde”.

Don Eduardo Padilla ha visto cómo su vida se detuvo debido a problemas renales que atribuye al entorno en el que ha vivido desde su infancia.

«No sé por qué dicen que lo limpian (el río), pero sigue igual, huele bien feo. Yo creo que eso también lo afecta a uno, en las enfermedades que tenemos. La contaminación, cada día huele más feo. Cuando pasa uno por aquí (el puente) huele feo y hasta allá (en la colonia La Aurora) nos llega la pestilencia”, dijo.

La contaminación ha alterado el ritmo de vida de la comunidad. Muy temprano por la mañana y a partir de las 7 de la tarde, los residentes saben que deben encerrarse en casa sin abrir puertas ni ventanas. No se trata de la delincuencia, sino de la espuma contaminada y el olor fétido que se acentúa a esa hora y que llega hasta tres kilómetros a la redonda.

«Hacen la broma de que parece que está nevando, pero es consecuencia del movimiento de las aguas, emite una espuma que su consistencia es algo pegajosa, que se adhiere y se genera incluso como una brisa, que es la que respiramos normalmente. No sé exactamente hasta dónde, pero cuando están generando se va hasta casi a la salida del pueblo”, dice la señora Lilia Vizcarra Navarro, a cuyo hijo tuvo que donarle un riñón.

La investigación realizada por especialistas del CUCBA reveló que los daños más severos en la salud se concentran en pobladores que viven a menos de 500 metros de las aguas contaminadas.

Sus hallazgos echan abajo los argumentos de que la alta incidencia de enfermedades puede deberse a otros factores genéticos y no a la toxicidad del río.

Para confirmar que el agua era el agente causal, realizaron un experimento. Además de analizar la sangre de habitantes de las cinco poblaciones, tomaron muestras de agua del río y las pusieron en contacto con sangre de jóvenes totalmente sanos y sin antecedentes de enfermedades o adicciones.

El daño genético en la sangre sana se disparó de forma inmediata, igualando casi por completo el nivel de daño observado en los habitantes que llevan años expuestos, enfatizó Álvarez Moya.

Dijo que es la primera ocasión que una investigación tiene un dato tan concluyente, pues no se trata sólo de análisis clínicos de la salud de las personas, sino que los resultados van hasta lo más profundo: la reacción molecular a la contaminación.

“Es el agua contaminada. Es el agua llena de desechos que vierten las empresas ahí. Es el agua con depósitos municipales. Es la poca acción que se ha hecho para corregir la contaminación de esta zona y es, a veces, el poco cuidado de las personas, en tener más atención de cómo se están exponiendo, pero no tienen opciones, platicamos con algunos de ellos y dicen: ‘bueno, ¿y dónde me voy?”, señaló el académico.

II. Un cometa lleno de contaminación

En un pequeño portaobjetos de vidrio, la tragedia de miles de personas se vuelve visible bajo el microscopio. No hay necesidad de ver u oler el río para entender que está lleno de veneno; basta con observar las partículas de sangre de quienes viven cerca de él.

En uno de los laboratorios del Departamento de Biología Celular y Molecular, del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA), Mónica Reynoso Silva y Carlos Álvarez Moya tienen evidencia clara de lo que sucede en las partes más minúsculas de un cuerpo expuesto durante años a la contaminación por metales pesados y olores ofensivos. Una evidencia que hasta ahora había sido inexplorada desde la ciencia.

En sus microscopios descubrieron que el arsénico, el plomo, el mercurio, o pesticidas como el lindano, producen un daño directo en el ADN de las personas, que las deja expuestas a una amplia lista de enfermedades e incluso, a heredar ciertas condiciones a sus hijas e hijos, aunque no porten esos genes. 

En la investigación “Evaluación de daño genético en las aguas del río Santiago”, la cual tuvo una primera etapa de análisis en 2015 y se repitió el año pasado, el equipo encabezado por los universitarios tomó muestras de sangre de 100 personas en Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Poncitlán y la Ribera de Chapala.

Mediante un proceso específico extrajeron células y las analizaron mediante una técnica de biología molecular llamada “Cometa”. El resultado causó sorpresa al equipo, a pesar de que en el anterior estudio ya tenían indicios de la gravedad de los efectos de la contaminación.

Parte de lo que encontraron es que el ADN no aparece como un núcleo sólido y saludable, sino que es endeble y se desintegra. Reynoso Silva explicó que una sustancia tóxica como un metal pesado o un pesticida entra al cuerpo mediante sus vapores, al tener contacto con la piel o mediante la ingesta.

La interacción continua o permanente con dicha sustancia llega hasta las células y provoca rupturas físicas en las cadenas del material genético. Este cambio altera la expresión de las proteínas que el cuerpo necesita para funcionar, lo que deriva en un deterioro de la salud y, eventualmente, en enfermedades.

“Puede ser una mutación puntual o cambio de una base por otra en la expresión de esos genes. (Si esto sucede) conlleva riesgos para las proteínas y allí ya va a haber un decremento de esa persona en su salud”, detalló Reynoso Silva.

Para poder mostrar el daño genético encontrado, el equipo de investigación procesó las imágenes del microscopio en un software especializado que interpreta de manera gráfica los resultados.

En la pantalla es posible ver las células sanas como un círculo perfectamente redondo y con bordes bien delineados. En cambio, las células dañadas se expresan como un punto que arrastra una especie de cola tras de sí. Esto representa el material genético desintegrado, arrastrándose fuera de su centro, formando una estela larga y difusa. Un “cometa” lleno de partículas contaminadas.

Este “cometa” presagia además el deterioro de la salud de quienes son sometidos a la prueba. Enfermedad renal, problemas hepáticos, leucemias, cánceres de tipo respiratorio, reproductivo o de la piel, enfermedades respiratorias y de los ojos, diarreas, alergias, problemas cognitivos o de atención en niñas y niños son parte del catálogo de secuelas para las personas expuestas a los diversos tipos de tóxicos que lleva por dentro el río.    

“Los tóxicos inmediatos pueden provocarles irritaciones, diarreas. Los que son muy peligrosos son justamente los que estamos estudiando, son los daños crónicos, de exposiciones de mucho tiempo que provocan mutaciones. Estas no duelen, ni cuenta se dan. El problema es que de pronto se descontrola un genecito, se descontrola toda la maquinaria de la célula y de pronto aparece un tumor”, advirtió Álvarez Moya.

III. La herencia no deseada

“¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? Nosotros de alguna manera ya vivimos, pero ellos van a vivir toda su vida con enfermedades, porque sabemos que hay niños que ya nacen con problemas renales, que hay niños que ya nacen con cáncer”, expresa con desesperación Nicolás Muñoz, habitante de Puente Grande.

La generación que alcanzó a ver el Santiago en su esplendor se ha hecho a la idea de que el río esté permanentemente contaminado, pues ninguna autoridad ha implementado políticas públicas reales para sanear el afluente y para atender las enfermedades que causa, sino que el problema es heredado administración tras administración sin resultados positivos.

Incluso, la vigilancia en la descarga de desechos tóxicos no ha sido eficaz por parte del gobierno federal y ha menguado con los años. Las inspecciones y fiscalización de la Conagua a las empresas y usuarios que aprovechan el agua en Jalisco disminuyeron de 459 a 34 entre 2011 a 2020, mientras que entre 2020 y 2021 había sólo un inspector designado para vigilar todas las industrias de Jalisco, de acuerdo con un reportaje de la periodista Adriana Navarro.

En 2018, el gobierno estatal puso en marcha el plan “Revivamos el Río Santiago” con estrategias como la colocación de una planta de tratamiento para sanear hasta 75 por ciento del agua. De ese año a 2024, la administración estatal gastó cerca de siete mil 333 millones de pesos junto a otras dependencias en diversas estrategias de cuidado de la salud, patrimonio natural, infraestructura, entre otros, según un informe publicado en 2024.

Sin embargo, al hacer un comparativo de las sustancias encontradas en 2015, la investigación del CUCBA encontró que los niveles de contaminación por metales pesados no han disminuido en la cuenca del Río Santiago entre Chapala y Juanacatlán, a pesar de la planta de tratamiento que instaló el gobierno estatal.

Por el contrario, la calidad del agua ha empeorado y lo más preocupante es que encontraron más cantidades de mercurio y sustancias de las que no tenían registro.

“Encontramos algunos lindanos (pesticidas), encontramos nuevos conservadores, por ejemplo, algunos pesticidas que se habían usado en pequeñas cantidades al principio, pero que ahora parece que están más fuerte. Además de sustancias que no podemos evaluar por separado porque hay una gran cantidad de reacciones químicas”, explicó Álvarez Moya.

Esta nueva gama de sustancias tóxicas trae también la posibilidad de efectos a la salud que no se habían estudiado a profundidad y que la tecnología de la prueba de biología molecular permite identificar con más certeza.

Los especialistas detallaron que “Cometa” tiene la particularidad de detectar daños invisibles e identificar diversas reacciones químicas. A diferencia de estudios anteriores, permite ver mutaciones muy sencillas relacionadas con los cambios de una sola base en la secuencia del ADN que no se detectan en exámenes clínicos convencionales.

También permite observar cómo cada sustancia química del río reacciona de forma distinta con el ADN de cada persona, lo que explica la amplia variedad de enfermedades encontradas.

Es una nueva prueba que detecta diferentes tipos de daño. Antes nada más se podían ver algunos, ahora vemos que cada sustancia química reacciona diferente con el ADN. Entonces, dependiendo de los genes afectados es la enfermedad que se manifiesta. Esta prueba nos permite detectar los tipos de daños y, por lo tanto, nos dice que va a haber una más amplia variedad de enfermedades relacionadas”, expresó el académico.

Esta tecnología hizo posible que los investigadores identificaran que la población además tenga más tendencia a tener abortos espontáneos, en el caso de las mujeres, o que puedan tener hijas e hijos con sindrome de Down, síndrome de Turner o acondroplasia (talla pequeña).

“Están confluyendo los dos tipos de problemas, los efectos tóxicos inmediatos y los crónicos a largo plazo. Es muy probable que se incremente la tasa de enfermedades genéticas, es decir, de Down, de Turner, de deficiencias enzimáticas, deficiencias de lactosa, deficiencias digestivas, cualquier tipo de gen que tenga alguna función en la salud puede alterarse y generar problemas en la descendencia”, indicó Álvarez Moya.

En el caso del Síndrome de Down ya hay indicios de un aumento de casos en la población de Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Poncitlán y la Ribera de Chapala. La incidencia normal de este síndrome es de un caso entre 650 a 750 nacimientos, pero en estas zonas es posible que ya haya un caso entre 400 o 500 nacimientos.

Otra de las preocupaciones del equipo de investigación es que haya un aumento de personas nacidas con acondroplasia, ya que las sustancias tóxicas en el río pueden dañar uno de los genes del espermatozoide.

De esta manera, el destino de muchas niñas y niños de estas localidades podría estar escrito antes de nacer, al heredar una enfermedad de padres o madres que enfermaron por los cambios en la secuencia del ADN al estar expuestos a los contaminantes del río, explicaron los especialistas.

“Volviendo al ejemplo de la acondroplasia, es una enfermedad autosómica dominante, quiere decir que no se puede heredar si los padres no la tienen, pero hemos encontrado casos donde los padres no tienen, pero el hijo es acondroplásico. Es decir, hubo alguna mutación de novo que ya apareció y empiezan aparecer este tipo de enfermedades”, afirmó.

Para los habitantes del lugar, estas estadísticas no son solo números, sino nombres de vecinos, de amistades, de familiares enfermos o historias en primera persona. El testimonio de Nicolás Muñoz refuerza la afirmación de los especialistas, no como futuro sino como algo que está sucediendo ya en las familias.

«Conozco a muchas personas que han compartido el riñón con sus familiares, por ejemplo, con sus hijos, niños que han nacido ya con problemas de riñón y que se los han tenido que extirpar y ponerles un riñón de uno de sus familiares», aseguró.

Las enfermedades han alcanzado a funcionarios municipales o sus familiares, quienes han fallecido de leucemia o algún tipo de cáncer. Mientras tanto, la población está sumida entre incredulidad y hartazgo.

Tenemos 40 años tocando puertas. Entra un partido, sale otro partido, se lo achacan a la política. Cuando una persona quiere tomar las cosas en serio, luego le empiezan a poner obstáculos los otros partidos que están en contra y esto a quien más afecta es a nosotros, porque lo que queremos es una solución. No queremos banderas de ningún tipo, la gente está muy muy incrédula ya, no quieren participar porque sabemos que va a quedar en un carpetazo”, concluye la señora Lilia.

IV. La flor que da esperanza

En los poblados del Río Santiago, donde la contaminación ha dejado de ser una sospecha para convertirse en parte de la vida cotidiana, las estrategias de prevención pueden estar en la dieta de los pobladores.

Investigadores de la Universidad de Guadalajara desarrollan estudios para encontrar estrategias que combatan el daño genético provocado por pesticidas como el glifosato y metales pesados como el mercurio, utilizando elementos tan comunes como la jamaica, los cítricos y los frutos rojos.

La labor de los biólogos Fernando Manuel Guzmán Rubio y Alejandro Ixtlahuaca Robles, del CUCBA, comenzó ante la evidencia de las enfermedades de la población y la desconfianza de una comunidad agotada por décadas de promesas incumplidas.

A partir de ello se interesaron en buscar estrategias para prevenir o revertir los daños causados al cuerpo por los tóxicos en el agua, el ambiente y la comida.

Las investigaciones que desarrollan se centran en la genoprotección, es decir, la capacidad de ciertas sustancias para proteger o reparar el ADN dañado por agentes tóxicos.

 

El proyecto de Guzmán Rubio analiza extractos de Hibiscus sabdariffa, comúnmente conocida como flor de jamaica, en células humanas sometidas a herbicidas, de la que ha obtenido resultados preliminares alentadores que evidencian que el daño celular podría reducirse significativamente.

Por su parte, el biólogo Alejandro Ixtlahuaca Robles trabaja con glifosato y sus formulaciones comerciales para neutralizar su toxicidad mediante el uso de resveratrol, presente en frutos rojos y secos, y ácido ascórbico o vitamina C, sustancias accesibles para la población mediante alimentos o suplementos de bajo costo.

“El glifosato es un pesticida muy común, por la eficacia que tiene y también el costo. Entonces, dado que se está implementando en mucho tipo de cultivos, urge hacer más estudios para contabilizar ese tipo de daño. No nada más la importancia radica en contabilizar el daño, sino también en buscar estrategias que puedan neutralizarlo”, señaló.

Tanto la jamaica como los frutos rojos y secos tienen antioxidantes que ayudan a reparar el material genético y prevenir enfermedades a corto plazo. Pueden tomarse en crudo, en infusiones o licuadas y formar parte de la dieta cotidiana de las personas para un mayor efecto, explicaron.

Los resultados más concretos se esperan para finales de este año, con la intención de que las comunidades del Río Santiago y del Área Metropolitana de Guadalajara integren estos protectores naturales en su consumo diario.

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