“Villaurrutia tiene un metro sesenta centímetros de altura, pero marcha con largos pasos de setenta centímetros, longitud media de los pasos del Grupo sin grupo, aumentado por hoy con algunos personajes; pesa Kg. 53 más que las frac que vuelan, sin ser forma a la que el peso le impida moverse 36⁰ 5’ centígrados de temperatura y 96 pulsaciones por minuto, es decir, el máximo de intensidad dentro de lo normal… Es competente jugador de tenis. El amplio traje seglar moderno contrasta visiblemente con el rostro eclesiástico, lleno de cautela y deferencia, atento y discreto, tan malicioso como aparece en el fino y bien meditado retrato de Agustín Lazo, que ha sabido limitar los rasgos esenciales: la nariz sensual e inquisitiva, la boca maligna, el ojo fatal. Como casi siempre tenemos de qué hablar, y conocemos el valor de las pausas, ignoramos su edad y su ciudad nativa, pero no creemos que le reconozca mayor importancia a la precocidad que el color local”.

Así escribe Gilberto Owen en el texto “Retrato gráfico de Villaurrutia” utilizado para una selección que le hizo de sus poemas y que fue publicada en la revista Letras y Encajes de Medellín, Colombia, en octubre de 1928. Los poemas incluidos fueron: “Sueño”, “Soledad”, “Interior”, “Pueblo”, e “Incoloro”. El breve texto es un fragmento de otro titulado “La poesía, Villaurrutia y la crítica”, publicado en la revista Sagitario en febrero de 1927. (Incluido en Obras, Gilberto Owen, FCE, Página 221.)

Xavier Villaurrutia nació en la Ciudad de México el 27 de marzo de 1903. Desde la juventud inició su carrera por las letras. Algunos de sus primeros poemas se publicaron en las revistas tapatías Azul, 1919; Aurora, 1920; Variedades, 1920; Bandera de Provincias, 1929; de manera póstuma en Summa, 1953. En la Escuela Nacional Preparatoria hizo amistad con Jaime Torres Bodet y Salvador Novo. Ahí conoció al poeta Ramón López Velarde que se desempeñaba como profesor de literatura. Tiempo después, publica en Contemporáneos (1928-1931); revista que le dio nombre a la generación de escritores que en ella publicaron, entre los que se cuentan: Salvador Novo, Gilberto Owen, Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Bernardo Ortiz de Montellano, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y José Gorostiza.

Villaurrutia escribió poesía, teatro, ensayo y relato. De sus libros de poesía el más conocido es Nostalgia de la muerte. Luis Mario Schneider decía que este libro era perfecto incluso desde el título. De este poemario el fragmento más famoso es el juego de palabras incluido en “Nocturno en que nada se oye”: “Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro/ cae mi voz/ y mi voz que madura/ y mi voz quemadura/ y mi bosque madura/ como el hielo de vidrio/ como el grito de hielo/ aquí en el caracol de la oreja…”.

María Novaro en su película Danzón incluye, musicalizados por la Danzonera, unos versos del poema “Amor condusse noi ad una morte” de Villaurrutia: “Amar es una angustia, una pregunta,/ una suspensa y luminosa duda;/ es un querer saber todo lo tuyo/ y a la vez un temor de al fin saberlo”. En lo que respecta al cine, aparte de escribir crítica cinematográfica, Villaurrutia participó en los diálogos de la película Distinto amanecer de Julio Bracho y en la adaptación cinematográfica de Vámonos con Pancho Villa de Fernando de Fuentes.

De sus obras de teatro destaca La hiedra que ha sido criticada, junto a todas las demás, por ser más cercanas a la lectura que a la representación. Esta característica se derrama a todo su trabajo teatral. Octavio Paz en su libro Xavier Villaurrutia en persona y en obra, opinó al respecto: “Sus obras están bien construidas, son inteligentes y algunas contienen pasajes admirables pero carecen de un elemento esencial: la teatralidad”. Impartió clase en esta actividad, entre sus alumnos estuvo Ignacio López Tarso: “…empecé aprendiendo a estar en un escenario con mi primer maestro de teatro: Xavier Villaurrutia”.

A Xavier le debemos la revalorización de Sor Juana. Fue de los primeros poetas del siglo XX que se interesaron por leerla. Así también remarcó la importancia de Ramón López Velarde.

Murió legalmente de un paro cardiaco el 25 de diciembre de 1950. El poeta Elías Nandino, su amigo personal, sostenía que había sido un suicidio. Así se recuerda ese suceso: «Todos iban a acompañar a Carlos Pellicer a Veracruz a montar un Nacimiento monumental. A última hora Xavier canceló el viaje aduciendo cierto cansancio. En la noche de Navidad, después de cenar con unos amigos, llegó a su casa. Le pidió un té a su hermana Teresa y se fue a acostar. Por la mañana lo encontraron muerto. Fue sepultado inmediatamente. Sus amigos Los Contemporáneos, supieron de su deceso al regresar de Veracruz. Murió en la soledad de su habitación. El poema III de su Décima Muerte, dice: “Si tienes manos, que sean/ de un tacto sutil y blando,/ apenas sensible cuando/ anestesiado me crean;/ y que tus ojos me vean/ sin mirarme, de tal suerte/ que nada me desconcierte/ ni tu vista ni tu roce,/ para no sentir un goce/ ni un dolor contigo, Muerte”.

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