Monstruos, magia y humor negro llenan la obra de esta autora que escribe, ilustra y anima en stop motion en una aventura que empezó hace décadas de una manera no planeada, e incluso necesaria, y sigue atrayendo nuevo público infantil y juvenil
La Feria Internacional del Libro (FIL) tiene rincones que solo descubren quienes están dispuestos a mirar más allá de las portadas. Yo conocí este universo gracias a mi hermana, que me habló de la editorial Morenike y de ese estand que, cada año, parece un pequeño portal a mundos donde conviven la literatura infantil, los relatos de horror, el misterio y un toque delicioso de humor negro. Es ese tipo de espacio al que regresas porque siempre pasa algo distinto: una exhibición nueva, un personaje que cobra vida, o una sorpresa que te sumerge en la imaginación de Lucía Bayardo.
Este año el estand tenía un brillo especial. Se sentía la celebración desde el primer vistazo: la saga Jabari estaba cumpliendo 25 años y con él, el origen de este universo literario. El homenaje de esta edición fue la Galería de Monstruos, figuras ordenadas una a una en una mesa redonda protegidas por una vitrina.
A lo largo de la mañana y la tarde, el estand atrajo a una cantidad impresionante de visitantes –la mayoría jóvenes– que se detenían a observar las ilustraciones, a leer fragmentos de los relatos, a admirar la galería y a saludar a la simpática Rata Ricarda que te recibe al entrar al lugar.
“Venimos año con año. De hecho, creo que con este libro ya solo le faltaría uno más para completar la colección”, le dijo la mamá de una niña con la autora, mientras su hija esperaba con ansias y emoción a que Lucía Bayardo firmara su ejemplar.
Tras unos minutos de observar la Galería de Monstruos y su más reciente ejemplar, La Jaula, me acerqué a Lucía Bayardo, quien —a pesar del cansancio que ella misma confesó con una risa suave— me recibió con la misma calidez con la que recibe a los niños que asombrados recorren el estand.
Cuando le pregunté cómo nació su editorial, su historia tomó un tono casi de aventura:
“Al principio me editaba Almadía —me contó— y un día el Museo de la Filatelia, en Oaxaca, me ofreció comprarme 350 ejemplares, pero ese mismo año el museo cumplía 10 años, por lo que mi editor tenía la agenda llena. No podía esperarme”.
Frente a esa disyuntiva, Lucía hizo lo que harían los personajes de sus historias: tomó el riesgo. “Decidí invertir mi propio dinero. Un amigo se unió como socio y así nació la editorial. No fue planeado: fue necesario”.
El origen de Jabari, su trilogía icónica, tiene un proceso igual de sorprendente.
Lucía lo escribió en el año 2000, pero, como ella lo describe, “era mi primera novela seria y no quería apresurar nada”. Durante quince años la releyó cada seis meses, la corrigió, le cambió capítulos y finales enteros. En ese tránsito incluso aprendió a dibujar, porque nadie entendía del todo las criaturas y atmósferas que quería transmitir con cada una de sus obras.
Quince años después, publicó Jabari. Un año más tarde creó un juego de cartas basado en ese universo —Yortuk— y después escribió el segundo y tercer libro “en un solo año, con ilustraciones y todo”. Así nació la saga completa que ahora cumple 25 años desde que empezó a escribirse.
El estand que yo vi ese día —con monstruos en vitrinas y niños pidiendo firmas— es solo una parte de lo que Bayardo construye año con año.
“Siempre hacemos una exhibición”, explicó. “Un año fue la cueva iluminada; otro, la Rata Ricarda como títere; el año pasado, los personajes de La vieja y el cuervo… Y este año son los monstruos, por el aniversario de Jabari”.
La obra —La vieja y el cuervo— también conecta con su faceta en el stop motion, donde su carrera ha alcanzado un vuelo inesperado: “Hice una animación y ya lleva 86 festivales ganados. Cuatro en México y los demás internacionales”.
Le pregunté cuál de todas sus facetas disfruta más: escribir, ilustrar o animar.
“Todas”, respondió sin dudar. “Y sigo haciendo las tres. Cada año publico dos libros para mis lectores”, agregó.
Y esos lectores, dice, crecieron con ella. Empezó escribiendo para preescolar —Alimañas, Aninipot, ¡Sí puedes, Charlie!—, y conforme esos pequeños crecieron, sus historias también lo hicieron. Hoy tiene obras infantiles, juveniles y vienen más sorpresas para el público adulto el siguiente año, todas con ese sello suyo que combina horror, misterio y humor negro.
Antes de despedirnos, dejó una invitación simple, pero honesta: “Vengan al estand, si les gusta el estilo. A la gente le ha gustado mucho, y yo sigo aquí para ellos”.


