jueves, febrero 19, 2026
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Bernardita Bravo: la ternura feroz de contar lo que incomoda

En su visita a la Preparatoria 11 dentro del Programa Ecos de la FIL, la autora chilena dijo que el arte no resuelve, pero sí muestra, y nos obliga a detenernos 

Foto: Paola Borbón

La mañana del lunes en Prepa 11 se volvió más cálida cuando la escritora chilena Bernardita Bravo, fiel creyente y activista del fomento a la lectura y la gestión cultural, anunció su llegada. Acompañada por el entrevistador y docente Víctor Villarreal, convirtió la sala en un pequeño refugio donde la literatura se sentía cercana, respirable.

Ahí compartió algo que tocó mucho al público: cómo nació su vínculo con las letras desde muy pequeña. Contó que creció en un hogar donde el arte estaba vivo gracias a su mamá, que era artista, y que ese ambiente —ese núcleo familiar atento, sensible, lleno de estímulos creativos— le dio permiso de imaginar sin límites.

Desde ahí, dijo, la escritura se volvió un espacio natural, casi inevitable.

Aun así, estudiar Literatura en Chile no fue un camino sencillo. Entre risas, reconoció que es una carrera muchas veces subestimada, poco comprendida, pero que aun así la eligió con convicción. Y que justo por eso valora tanto estos encuentros: la escucha de los jóvenes, sus preguntas, sus miradas nuevas. “Me hace sentir que esto vale la pena”, dijo, mientras nosotros no parábamos de sentir tanta calidez genuina.

Habló también de sus obras, de cómo lo cotidiano se convierte en un lente para asomarse a lo incómodo: la violencia, el deseo, la culpa, las maternidades complejas y los cuerpos que no encajan. Todo dicho con una mezcla de fuerza y ternura que dejó a la audiencia suspendida.

Foto: Paola Borbón

Un momento aparte: mi conversación con Bernardita Bravo

Al finalizar la charla, tuve la fortuna de encontrar un espacio más íntimo con ella. Un pequeño huequito lejos del ruido, donde pude entrevistarla y profundizar en lo que hay detrás de su escritura. Y ahí, Bernardita se abrió todavía más.

Cuando le pregunté qué había marcado su estilo narrativo, casi no dudó. Su voz se iluminó al mencionar a Clarice Lispector, la autora que le abrió “un mundo filosófico, poético y anecdótico” que jamás había visto en la universidad. A partir de la obra de la escritora braslieña —expresó— fue encontrando más autoras que le enseñaron caminos nuevos, como Ana María del Río y Pía Barros.

Recordó también lecturas tempranas, como Diario de Greg, que aunque ligero, atrapaba con una fuerza inexplicable: “Uno no puede parar de leer y ni sabe por qué”, comentó entre risas.

Sobre su obra, confesó que Estampida sigue siendo su punto de partida. No la siente ajena ni superada: “Ahí están las semillas de No reinas y Voraz”, dijo. Para ella, ese libro todavía contiene la brújula de lo que ha escrito después.

Cuando hablamos de No reinas —una novela que aborda violencia y culpa desde un lugar sumamente delicado— relató que escribirla fue sorprendentemente placentero. Lo desafiante estuvo en la investigación previa, donde los casos reales la tocaron emocionalmente. En la escritura, en cambio, intentó mantener una distancia justa para no enjuiciar a su protagonista, permitiendo que el lector descubriera la complejidad por sí mismo.

Le pregunté cómo logra equilibrar la crudeza emocional con su prosa poética sin que una le robe fuerza a la otra. Me dijo que lo suyo nace intuitivo, pero luego viene el trabajo duro: corregir, limpiar, soltar frases que sobran. “Hay que no enamorarse tanto del texto”, confesó, “para poder trabajarlo bien”.

Cerramos con un tema que la atraviesa: la maternidad. Bernardita cree que, incluso hoy, sigue romantizada en la literatura. Aunque existen más voces que narran maternidades solas, vulneradas o incómodas, aún falta integrar plenamente esas experiencias a la narrativa contemporánea. “El arte no resuelve”, me dijo, “pero sí muestra. Incomoda. Nos obliga a detenernos”.

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