
Ignacio González quedó ciego tras las explosiones del 22 de abril en Guadalajara. Las imágenes de la tragedia fueron las últimas que quedaron impresas en sus retinas. Por esto, cuando habla parece fijar la mirada en un punto que no está en ningún lugar a su alrededor, sino más bien dentro de él. En 1992 tenía 30 años. Perdió su trabajo en el IMSS y también tuvo que cerrar su taller de carpintería. A raíz de las explosiones perdió no solo la vista, sino también a amigos, vecinos y a su madre, quien falleció después de unos meses por las secuelas. Aunque sobrevivió, perdió, en suma, toda su vida. Desde entonces emprendió junto a otros sobrevivientes una lucha interminable para que respeten sus derechos y poder por fin enterrar el fantasma de las explosiones y las injusticias que aún esperan ser resarcidas.
Todo el día anterior, desde la mañana, nuestro barrio estaba contaminado. Yo vivía con mi madre en la esquina de Río Bravo con Bartolomé de las Casas, a una cuadra de Gante. Aun así se destruyó la mitad de nuestra casa, y el piso y la banqueta se hundieron por completo. Un cochinero. Nos salimos del barrio con unos amigos que venían de Tamaulipas, porque estaba feo. Ellos vivían en la parte donde las explosiones se llevaron todo, donde hubo de todo: muerte, sangre.
Regresamos en la tarde, porque yo tenía guardia a las ocho. Trabajaba en el IMSS, en el turno nocturno. No se podía respirar. Teníamos todos dolor de cabeza. Ya estábamos penetrados de la sensación de que algo iba a pasar. “Tranquilos, no pasa nada”, me dijo un policía, parado a un lado de una alcantarilla abierta de la que salía un vaho pestilente. ¿Y este olor?, le pregunté yo. “No se preocupen, ahora se controla. No pasa nada”. No pasa nada… Esto jamás se lo voy a perdonar, porque viendo cómo estaba la situación, cómo olía a gas, porqué no dijeron sálganse, ¿por qué? ¿En qué cabeza cabe no dar una orden así?
Las explosiones se llevaron mi casa y también a mi mamá. A raíz del drama se murió, quedó traumada, no pude levantarla jamás de la silla, hasta que la enterré en el panteón. Yo estuve hasta 15 minutos antes de las explosiones en la esquina, vi a mis amigos y dijimos “Vámonos del barrio, porque aquí está sucio”. Me fui a mi casa y mi madre se salió a barrer la calle. Eran las 10 de la mañana. Le dije: “Ya vámonos de aquí”. Al poco rato llega la señora mi amiga, para decirme que ya estaban listos. En eso truena todo. Meto a mi madre, todos llorando, entre el cochinero de piedras y vidrios rotos. La señora gritaba: “Mis hijos, mis hijos”, pensando en sus niños que estaban justo en el epicentro de las explosiones.
Mi madre estaba toda sangrada, se le había roto el tabique y la sangre seguía brotando. La otra continuaba llore y grite, desesperada. Entonces agarré mi bicicleta y me fui a buscar a sus hijos. Llegué a un punto donde la calle estaba hundida. Intenté cruzar. Aventé la bici del otro lado, brinqué, pero me caí en medio de todo el cochinero, del piso destruido. Me golpeé la cabeza y me desmayé. No sé cuánto tiempo quedaría yo allí. Cuando volví en mí, a mi alrededor había un cadáver tirado, mugre, escombros….
Total, que pude llegar donde estaba el siniestro.Todos estaban sacando de las casas a la gente que había quedado enterrada. Me tocó sacar a los hijos de la señora y a su mamá, que tenía las piernas quebradas. Todo el día fue buscar y llorar. Allí estaba una grúa sacando material; a un cierto punto tuvimos que pararla, porque levantó el aspa y goteaba sangre. El tipo no quería parar. Tuvimos que bajarlo a fuerzas. Estábamos bien enojadísimos, desesperados, viendo cómo escurría la sangre. Esta es la primera parte de mi tragedia. Luego vino la otra, con las secuelas que impulsaron el desastre de mi vista.
En plena flor… ¿de qué?, me pregunto. A raíz del golpe iniciaron los achaques a la cabeza. Después los problemas de presión. Empecé a ver manchas. Si miraba el sol por varios minutos, me quedaba viendo todo negro. A los tres meses, ya no pude ver nada. Quedé ciego.


