Yuri Herrera

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En el ciclo “Diez novelas clave para entender el México contemporáneo”, del Museo de Arte de Zapopan, Yuri Herrera aterrizó a finales de julio con dos: Los trabajos del reino (2004), sobre un trovador de narcocorridos en la corte de un capo, y Señales que precederán al fin del mundo (2009), el viaje ambivalente de una muchacha hacia el Norte y el inframundo a través de nueve capítulos labrados con un preciosismo inusitado y fluido.

Afuera
Después de Texas y California, me estoy mudando a Nueva Orleans. Vivir fuera de México no fue un proyecto: fue saliendo así. He tratado de regresar a trabajar, pero sólo he encontrado proyectos como freelance y clases de asignatura, que es exactamente lo mismo que hago afuera, pero me pagan mucho más. Quisiera instalarme otra vez aquí. Todavía no sé cómo resolver eso. De todas maneras, siempre vuelvo.

Crítica
Como decía en la conferencia, Los trabajos del reino gozó de cuatro años de un amable silencio por parte de la crítica antes de que se publicara en España. Por eso la maestría en Escritura creativa me ayudó en términos de someter mis textos a una crítica profesional permanentemente, lo cual hace que tomes muy en serio el oficio. Yo he tratado de tomármelo en serio desde mucho antes, claro, pero entonces tenía un prejuicio: que si uno estudiaba literatura estaba alejándose de la hechura de la misma. Ahora sé que no es así, que si uno quiere escribir va a escribir, aunque la opinión despiadada de los colegas, además de educativa, puede ser devastadora. Sobre todo si crees que la crítica dice cómo debe ser la literatura. No es eso; en realidad la crítica debe ser un diálogo con los lectores y no con los escritores, creo yo.

Investigación
Sobre todo en Señales… tiene mucha importancia la investigación. Claro que no es la misma que se hace en la academia, pues tienen objetos, objetivos y protocolos distintos. La literatura se puede servir de aquella disciplina y herramientas, pero sin sus obligaciones: sólo que tenga utilidad para hacer un texto que vale por sí mismo y no aspira a una verdad. En este caso ya tenía la idea básica antes de empezar el doctorado, pero ahí aproveché el acceso a ciertas bibliotecas y un curso de literatura colonial con José Rabasa: yo estaba en estado de pánico y quería hacer como trabajo final algo muy esquemático, pero él me dijo que no, que hiciera algo que realmente me interesara. “Estás en Berkeley. Aquí se pueden hacer cosas diferentes”. Así que hice una investigación muy seria, ambiciosa e intelectual —y por lo tanto ininteligible— sobre las referencias en códices al descenso al Mictlán, el lugar después de la vida según los mexicas. Pero para que surgiera la novela faltaba algo esencial: someter la investigación a la historia.

Medieval
En Los trabajos… eché mano de un arquetipo existente en nuestro imaginario, para ponerlo en diálogo con su referente en la realidad. Y también para cuestionarlo, porque generalmente no nos damos cuenta cuando usamos la palabra “rey” como un elogio, de que éstos supuestamente son mejores que las demás personas por nacimiento y merecen el poder sin mayor cuestión. Pero fue hasta después, en el doctorado, cuando empecé a leer filosofía y literatura medieval. Me fascinó. Es el laboratorio donde nace la modernidad. Ahí surgen conceptos y categorías que nos parece que siempre han existido, y podemos ver que se pudieron haber convertido en algo muy distinto. Esto puede ser una lección para nuestra época: que somos capaces de ordenar nuestro porvenir, de imaginar nuevas formas de hablar, de gobernarnos, de convivir.

Poder
Esa tentación de manipular el arte y a los artistas en beneficio del poder sigue existiendo aun cuando ya no está concentrado en una sola institución. Me interesa esta tensión entre las distintas formas de autoridad y la resistencia o colaboración que prestan los artistas ante ello. Porque sucede hoy también. Los narcos no están inventando nada nuevo: recurrir a los talentos de otros para dar relevancia o fabular los talentos o virtudes, o las razones por las que piensan que ellos deben detentar el poder. Para convencerse a sí mismos y a los demás de que estaban predestinados para ello.