Viaje a la panza de la tierra

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Las puertas al mundo subterráneo de la ciudad de México están abiertas a la luz del día. Son como fauces del asfalto, inquietas por devorar a los paseantes de la urbe.
El metro capitalino forma parte de las raíces de la metrópoli, donde una multitud de personas con rasgos indígenas, criollos y europeos, ingresan para formar parte de las 11 líneas y convertirse en una gran masa en movimiento perpetuo.
Ahí se mezclan extranjeros con mexicanos, jóvenes con viejos, policías y funcionarios, trabajadores con desempleados, chiflados con cuerdos, padres e hijos, magistrados e iletrados, homosexuales con heterosexuales, narcos con carteristas, mariguanos, tonchos y cocainómanos, todos en una permanente muchedumbre que convive por pasillos y asientos hasta llegar a su destino.
En los rostros se deslumbra enojo, hartazgo, fastidio, cansancio y alguna que otra vez una mueca de alegría. En las horas pico hay que aprovechar los escasos instantes que abren sus puertas los vagones para dejarnos tragar por la muchedumbre y entrar a empujones a un minúsculo espacio, con los deseos de obtener poco aire comprimido.
Los más bruscos meten mano al pantalón o blusa de las mujeres, uno que otro roba dinero o pertenencias, las bolsas negras que ofrecen los comercios del centro, las mochilas o hasta los chilpayates de las madres. De ahí que las paredes que custodian ese túnel cuelguen letreros de “Se busca Carlos de ocho años, tez morena, ojos cafés, perdido el 10 de enero”. “Se busca Karina de cinco años, tez morena clara, desaparecida el 3 de octubre de 2007”. Y “Acoso cero. Exijo respeto”.
Los vagones exclusivos para mujeres operan en las primeras horas de la mañana y al final del día. Pero los hombres no respetan la indicación e ingresen a los mismos para hacer de las suyas, pues saben que nadie levantará una denuncia, por falta de tiempo, pudor y hasta miedo, por lo que la cifra negra es alta.
La saturación y el hacinamiento provocan este desorden. ¿Qué mandato puede haber en ese infestado mundo de tinieblas? Lo saben los amantes al olor del resistol. Ellos toman un vagón para esperar la señal de su líder y asaltan a su presa cual chacales. A veces la policía se encuentra en las estaciones, pero en otras no estarán ahí para apoyar al perseguido.
Esa ciudad subterránea cuenta con sus propios códigos y recreaciones. Coinciden más de cuatro millones 500 mil personas al día, que recorren 176 mil kilómetros de la red. Es un lugar común para los vendedores de discos compactos piratas. Esos hombres-sonido que cargan una bocina gigante en sus espaldas e invaden con ritmos guapachosos o rockeros el vagón. “10 pesos le cuesta toda la colección de Alejandro Fernández, Los Beatles, salsa de los mejores tiempos y rock en español”. Uno que otro pasajero canta en bajito. Pocos compran y los demás solo escuchan.
El metro también es un encuentro para muchos jóvenes gay. Han construido un circuito de ligue en las estaciones Hidalgo y Balderas o en las cercanas a los bares y discotecas de ambiente, como Insurgentes y Sevilla. Esta presencia cada vez más visible ha generado conflictos con la vigilancia del metro, que han llegado a agresiones y acabado en las oficinas de quejas de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.
Esta ciudad oculta reúne “fondas” en donde reposan los lonches de tamal, quesadillas de huitlacoche, de hongos, chorizo, mixotes, refrescos, aguas frescas, hasta frutas y flores. Para entretenerse mientras se cambia de línea o va en busca de la salida, están los negocios de ropa, tenis, zapatos, farmacias y hierberías. Todo para abastecer a la metrópoli bajo tierra.
Los pasillos y andenes de la ciudad cuentan con murales, otros con poemas, fotografías de personas de otros continentes, exposiciones de arte kitsh, muestras de las constelaciones y de animales, tal vez para no olvidarse dentro de ese laberinto de asfalto, que existe la naturaleza.
Casi todos van deprisa. Algunos observan las imágenes. Otros buscan la salida. Unos se quedan encerrados para seguir navegando por las kilométricas venas del tren, hasta encontrar algunos de los 175 destinos.
Para meterse en ese ajetreo sólo se requieren dos pesos, con los que se puede estar ahí de las cinco de la mañana hasta las 12 de la noche.
La evolución de esta ciudad subterránea tiene 36 años. Inició con un ingreso de 248 mil personas y ahora son más de 4 millones por día las que penetran en ese inframundo de la mexicanidad cosmopolita.