Una discusión ociosa

233

Julio Ramón Ribeyro habla del ocio en “La molicie”, uno de sus más característicos cuentos, donde lo describe como un monstruo invisible de largos brazos que envuelve a los hombres en los muelles sillones, las comidas fuertes y las melodías lánguidas. La narración refleja la ardua y vana lucha que emprenden el personaje principal y su compañero para no sucumbir a la pereza: “No corría un aliento de aire y el tiempo detenido husmeaba sórdidamente entre las cosas. En estos días, mi compañero y yo, comprendimos la vanidad de todos nuestros esfuerzos. De nada nos valían ya los libros, ni las pinturas, ni los silogismos, porque ellos a su vez estaban contaminados. Comprendimos que la molicie era como una enfermedad cósmica que atacaba hasta a los seres inorgánicos, que se infiltraba hasta en las entidades abstractas, dándoles una blanda apariencia de cosas vivas e inútiles”.

Desde la conceptualización de la Skholè en la antigua Grecia, que se entendía como un tiempo libre dedicado a  la contemplación y la instrucción, el ocio ha sido objeto de reflexiones a lo largo de los siglos, aumiendo diferentes acepciones, como la elevación de las clases sociales dedicadas al arte o a la ciencia en la Edad Media, pasando por el Renacimiento y el puritanismo inglés. Pero es con la Revolución industrial y la paulatina afirmación del capitalismo —con su ética del trabajo y el encasillamiento de las horas dedicadas al tiempo libre—, que se fue desarrollando un amplio debate sobre el ocio, con pensadores como Bertrand Russel y Paul Lafargue que escribieron elogios a la pereza.

Como muestra de que el debate y esta tradición de pensamiento sigue aún viva, en el Museo de Arte de Zapopan se reunirán en una mesa de diálogo dos ensayistas mexicanos, Vivian Abenshushan y Luigi Amara, acompañados de los académicos Bernardo García González, miembro del Instituto de Formación Filosófica Intercongregacional de México, y José Miguel Tomasena, para discutir acerca de la acepción actual del ocio, a partir de la definición que lo contrapone a la productividad.

Vivian Abenshushan, ensayista y narradora de la Ciudad de México, es autora de Escritos para desocupados (Sur+, 2013), un libro contestatario en su forma y contenido que se balancea entre la narración y el ensayo bajo el mensaje de un esténcil que reza: “Mate a su jefe: renuncie”.

A través del libro Abenshushan reflexiona sobre la explotación laboral citando a varios teóricos, y del desarrollo de su escritura como oficio subyugado por el neoliberalismo que la equipara a un oficinista.

Dice que no existe nada mejor para el ser humano que no hacer nada o hacerlo cuando nazca de un impulso humano y creativo sin presiones mercantiles o, en el caso de la escritura, editoriales.

Abenshushan dice: “¿Contra qué luchamos los ociosos? Contra la privatización del tiempo. ¿Qué sería lo contario del trabajo? La pasión por una actividad elegida libremente y no por razones exclusivamente alimentarias o asociadas al prestigio social. Una actividad desinteresada, electrizante y absorta, donde no existiera la conciencia del tiempo como sucede a menudo en el juego”.

Luigi Amara, también de la Ciudad de México y director de la editorial Tumbona, en uno de los ensayos publicados en El peatón Inmóvil (Arlequín, 2013), llamado “El desprestigio del ocio”, apunta: “Afanados como estamos, en ganarnos ‘el pan con el sudor de la frente’, casi hemos olvidado que el propósito de nuestras actividades puede apartarse algunas veces del interés económico; y a pesar de que profesemos lo contario, con tal de garantizar que estamos abultando nuestros bolsillos o contribuyendo al éxito de algún negocio turbio, muy poco hacemos para el refinamiento desinteresado del gusto y mucho menos para el libre cultivo de la curiosidad”.