Un español medio cufifo

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Hoy por lo menos Natalia ha utilizado 15 chilenismos en lo que va del día, de los cuales cinco son derivados de modismos provenientes de Perú, Argentina, México, Brasil, Bolivia y Estados Unidos. Ella es operadora de caja del sitio de taxis del aeropuerto de Santiago, el mismo al que ha llegado Diego solicitando su servicio. Él ha viajado a Chile desde Manzanillo, Colima, a estudiar por un semestre ingeniería en mercadotecnia, en la Universidad Autónoma de Chile. No tiene claras las razones que lo trajeron a un país que en primera vista contrasta en temperaturas con su ciudad natal y en una segunda vuelta no contaba con mayores referencias del país más allá de la agrupación de rock Los Bunkers: “Llegué porque era la única forma de salir a otro lugar que no conocía y ni tenía idea de lo que se trataba”.
La primera vez que Diego cruzó el umbral de la puerta de vuelos internacionales del aeropuerto de Santiago, se enfrentó a problemas: no entendía nada de lo que le decían. “Es feo, pues uno está en lugar que no conoce, en donde hablan supuestamente el mismo idioma que tú y al final te das cuenta que no les entiendes nada”.
Diego es bajo, con un metro setenta y con una delgadez infantil, lo que hace que fácilmente lo confundan con un peruano inmigrante. Sin embargo, al momento de hablar, todos reconocen que es mexicano: “Sí, es curioso, todos creen que te basas en decir ‘chale’ u ‘órale’ y comienzan a arremedarte”. Natalia sabe bien que Diego es mexicano. Basta con que recuerde algún capítulo del Chavo del Ocho o mejor aún, de la telenovela mexicana que están pasando por televisión.
De México hay muchas referencias. En cambio de Chile hacia México son escasas. Según datos entregados por el Departamento de Extranjería e Inmigración del gobierno de Chile, se tiene registrado que a partir de 1970 a 2002, la cifra de inmigrantes residentes se ha triplicado. Hace cuatro décadas la población originaria de otros países con residencia en Chile era de cerca de 90 mil 441 personas y en la actualidad, según el último censo de población realizado en 2002, la cifra es de 325 mil habitantes extranjeros, lo que representa más del dos por ciento del número total de habitantes del país andino.
Diego no está contado oficialmente en las cifras. Su estado de residente temporal no cuenta estadísticamente. A pesar de ello, su carga cultural ajena al territorio hace una marca ilegible cada vez que camina e interactúa. Chile es un país de mezclas. Aquí el español –o castellano en su más estricta definición– es el resultado de diferentes tipos de mestizaje: moderno y de antaño.
Para Héctor Velis-Meza, periodista y profesor de la Facultad de Comunicaciones en la Universidad Central en Santiago de Chile, una gran amalgama de culturas y una diversa geografía hacen que Chile sea un país con un tipo de giro idiomático diferente al resto de América Latina: “El caso del lenguaje del chileno es especial. Es un lenguaje que recién se compagina con la globalización y que poco a poco se ha ido nutriendo de otros países. Durante muchos años se mantuvo cerrado por ser el confín del mundo. En pocas palabras, Chile es un país en donde su geografía no le privilegia el desarrollo externo”.
Velis-Meza argumenta que el aislamiento provocó que el lenguaje del chileno se volviera en definitiva “propio y singular”: “Hablamos de un país que no se relacionó mucho con el mundo hasta los años 80, por la apertura del crédito, lo cual hizo que la gente comenzará a viajar hacia otras partes del mundo y adoptara palabras como ‘bacán’, que no es chilena, sino argentina”.
Grace es salvadoreña. Lleva dos años viviendo en Santiago. A pesar de que su fisionomía no es parecida a la de las chilenas (1.90 de estatura, morena, delgada, ojos grandes y negros), su adaptación verbal la hace una más: “La primera vez que llegué a Chile noté algo que hizo casi imperceptible entender lo que hablaban: se comen palabras, sílabas y le añaden a todo ‘ico’”.
Grace no es la única. Darío es mexicano y vivió un año en Santiago. Él, como muchos otros extranjeros, encontró al español de los chilenos con la “cadencia suficiente para no entenderles”: “Lo que me agrada es que sus palabras se entienden en todo el territorio. No hay tanto regionalismo como en México o en otras partes”.
José Raúl González Parra, en su libro Manual de proverbios, frases, dichos y refranes de uso común en Chile, enfatiza que las diferentes expresiones utilizadas popularmente entre los chilenos no distinguen clases sociales, a diferencia de otros países en Latinoamérica. “El vocabulario [chilenismos] es utilizado por las más altas autoridades del país”.
Leandra lo sabe bien. Ella es chilena y usa dos tipos de español cuando se comunica con su amiga mexicana. El primero dice: “Sí poh’, a las finales no cachamos ni una weá de lo explicaron en la pega”, cuya traducción sería: “Sí, al terminar no entendí nada de lo que explicaron en el trabajo”.
Diego ha solicitado por lo menos tres veces que le repitan lo que le han dicho. A veces cuando camina por la calle con una amiga, no entiende lo que le gritan a su compañera. Él levanta los brazos y sigue su camino. “Es ya normal no entender lo que dicen”.

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