Un arte que también fue femenino

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En la historia del muralismo mexicano, normalmente vinculado a Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros e, incluso, Rufino Tamayo, lograron figurar dos representantes femeninas, aunque de ellas poco se refiera en el recuento del patrimonio artístico del siglo pasado: la hidalguense Aurora Reyes y la coahuilense Elena Huerta.

Tras décadas de olvido, ha sido en años recientes que —mediante el recuento de familiares, aprendices e historiadores—, se ha emprendido el rescate de la memoria de estas artistas. En 2008 al cumplirse cien años del nacimiento de Elena Huerta, el Centro Cultural Vito Alessio en Saltillo le rindió un homenaje a quien plasmara en 1973 en la presidencia municipal 400 Años de la historia de Saltillo, en tiempos en que las mujeres apenas lograban ser ayudantes de maestros. No obstante, su incursión tardía al muralismo, ha propiciado que el lugar como primera muralista mexicana le sea adjudicado a su contemporánea Aurora Reyes, que realizó sus primeros trabajos al mismo tiempo que los autores reconocidos del muralismo, aunque fue objeto de un olvido contundente… uno de esos olvidos políticos.

Nieta del general Bernardo Reyes y sobrina del escritor Alfonso Reyes, Aurora fue un personaje utópico revolucionario. Poeta, militante del Partido Comunista de México, defensora de los derechos obreros e importante activista a favor de la consecución del derecho al voto de las mujeres, tuvo frente a sí una oportunidad política única que no tardó en aprovechar —a su manera— para terminar de asumir una postura crítica hacia las altas esferas gubernamentales. Cuando Luis Echeverría Álvarez asumió la presidencia y la buscó para proponerle ser la primera mujer directora de Bellas Artes, ésta declinó la invitación por provenir de alguien a quien consideraba un asesino.

Desde entonces y hasta hace poco más de un año, Aurora no figuraba entre las grandes del movimiento muralista mexicano, aun cuando compartía con sus representantes una visión nacionalista de defensa del obrero y el campesino, así como una técnica depurada de la profundidad de campo y un estilo expresionista. Como docente y sindicalista adoptó una perspectiva crítica, gracias a la cual su obra más que presentarse como un panfleto de la modernidad, puntualizaba los tristes capítulos de la historia que nos habían colocado donde estábamos. De ello da cuenta el mural de 1936, Atentado a los maestros rurales, una reprobación a las acciones de la guerra cristera contra los profesores laicos, o Presencia del maestro en la historia de México (1962) así como sus posteriores imágenes sobre las desigualdades sociales producto de una historia de conquista, opresión y violencia en El primer encuentro (1978). Más allá de las similitudes con sus colegas, Aurora incluyó en su pintura un elemento distintivo al retratar reiterativamente a mujeres guerreras, bien fuera con armas o con libros.

Para Elena Huerta, en cambio, la indiferencia hacia su talento sobrevino antes que su obra. Aunque desde muy joven realizó estudios de pintura en la Academia de Arte de Saltillo y fue alumna del pintor Rubén Herrera para más tarde trasladarse a la capital a estudiar en la Academia de San Carlos, las oportunidades de convertirse en figura durante los años treinta, no sólo en la pintura de caballete, sino en el muralismo, eran escasas. Por ello, se dedicó a la docencia en el Departamento de Bellas Artes  y mientras presenciaba cómo algunos de sus colegas eran comisionados por el mismo departamento para realizar murales en diferentes escuelas —una empresa que parecía destinada a los varones—, ese ofrecimiento nunca la alcanzó.

Elena también militó en el Partido Comunista Mexicano y fungió como profesora de dibujo y teatro. Fue hasta su regreso de un viaje a la entonces URSS y a partir de búsquedas solitarias, independientes a los apoyos institucionales, que en 1952 pintó el famoso mural en el Instituto de Ciencias y Artes de Saltillo —sin título— que fue objeto de inconformidades por parte del director de la escuela, ya que no estaba de acuerdo con las ideas comunistas de su autora. Por ello, más tarde trabajó sin goce de sueldo por el INBA, en los murales de la Escuela Superior de Agricultura Antonio Narro, La escuela en el campo (1953), trabajo reconocido que le permitió más tarde desarrollar la más prolija de sus obras, cuando tenía sesenta y cinco años, en la presidencia municipal: una detallada observación de clases sociales pero también de relaciones políticas que consolidaron importantes etapas de la vida nacional.