Tres meses y una odisea

La aventura y la belleza de una experiencia de intercambio en el extranjero, pueden convertirse de repente en una pesadilla. Varados por la contingencia del Covid-19 en Guadalajara, donde realizaron sus estudios en la UdeG, tres estudiantes argentinos esperan poder regresar a su país

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Cada semestre miles de estudiantes llegan de intercambio a la UdeG. Este año, sin embargo, por la pandemia mundial del nuevo coronavirus, muchos quisieran regresar a su país, como tres estudiantes de Argentina quienes, sin embargo, aún no han podido por las políticas de seguridad de su gobierno. Foto: Abraham Aréchiga

Mateo Servent*

Para nosotros la aventura comenzó cuando nos despertamos después de una incómoda noche de vuelo en el aeropuerto de Lima. A punto de embarcar a Ciudad de México, empezamos a notar el cambio, nos sentíamos diferentes, las palabras y las cosas ya no nos eran familiares.

Los tres, Emi, Mar y yo, salimos de Argentina el pasado 8 de enero y llegamos a Guadalajara dos días después para estudiar en la Universidad de la ciudad; nos encontramos con comidas diferentes, música desconocida para nuestros oídos y muchos colores, en definitiva, con la gran cultura mexicana.

Realmente nos sorprendió que, a pesar de que somos diferentes, las personas que conocíamos nos trataban con suma gentileza. Aquellos singulares gestos seguramente fue lo que nos empezó a enamorar de México.

A los pocos días empezamos las clases, Mar en Antropología, Emi en Cine y yo en Ciencia Política. Fuimos conociendo asombrosas personas de todo el mundo. Sin exagerar, diría que en ese instante una bella extrañeza se hizo parte de, como le gusta decir a un querido profesor, nuestro modo de existencia.

Así, a principios de marzo nuestra vida en Guadalajara se había convertido en una inestable pero agradable rutina, y esa contingencia global del Covid-19 que hoy nos tiene completamente a la deriva, no era más que un rumor lejano y desestimado.

Durante aquellos días nos permitimos pensar qué extrañaríamos de México cuando nos fuéramos. La lista nunca terminaba, pero siempre incluía: los queridos tianguis y sus variedades infinitas, las quesadillas con picante en algún puesto callejero y el afecto construido con las personas que fueron apareciendo en esta aventura. Nos gusta creer que por esas eternas discusiones pudimos disfrutar un poquito más los últimos días antes de empezar la cuarentena lejos de casa.

Hoy, hace más de tres semanas que permanecemos en aislamiento voluntario y, después de una larga reflexión, decidimos volver a nuestros hogares. Sin embargo, hasta ahora eso se nos fue negado, ya que las fronteras de Argentina están cerradas por el gobierno y éste nada nos responde. Mientras tanto aquí la tristeza y la incomodidad nos atraviesan. Incomodidad que se nutre de las propios hechos, pues desde aquí se propone un vuelo de regreso especial, y allá, donde nos sentiríamos como en casa, no sólo no nos esperan sino que nos niegan el simple derecho a regresar.

Ya no sabemos qué pensar. En comunicaciones con nuestros seres queridos, ellos no paran de preguntarnos si estamos bien, y nosotros no sabemos cómo responder. Por eso, lejos de acá y lejos de allá, con más esperanza que terror, seguimos. Porque sabemos que no somos los únicos en esta situación, porque sabemos que muchas personas están sufriendo aún más, y porque si queremos que algo sea diferente en este mundo, después de que todo esto pase, no debemos dejar de movernos.

 

*Estudiante de la Universidad Nacional de Córdoba. Cursa semestre de intercambio en las licenciaturas de Estudios Políticos y de Gobierno, y Sociología, en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades