Traducir sin traicionar

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A casi 200 años de haber obtenido su independencia, México depende de las novedades que ofrecen las editoriales españolas. Hay un gran problema: la industria editorial se desplazó totalmente a España. Entonces es casi imposible que una editorial mexicana compre derechos de libros nuevos, afirmó el escritor y traductor Juan Villoro, quien impartió la conferencia Te doy mi palabra, en el Paraninfo Enrique Díaz de León, dentro de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar.
El panorama citado tiene su origen en la pobreza de México. Este es un país que no invierte en sus editoriales. “Por el subdesarrollo nuestras editoriales están mal”.
Señaló que en casi toda Latinoamérica es parecida la situación. Sin embargo, aclaró que “ha habido un repunte en Argentina. Los argentinos son muy cosmopolitas, han tenido una tradición como traducciones y tienen un desarrollo de pequeñas editoriales independientes superior al de México”.
Dijo que México es un país que depende mucho del Estado. “Entonces, aquí las alternativas suelen ser, si no se cuenta con respaldo comercial para publicar un libro, buscar subsidio oficial. Esto ha sido bueno, pero también ha puesto un freno, ya que al buscar algunos la subvención del Estado, si no la obtienen, no hacen nada. Tampoco buscan por su cuenta. Entonces hay menos aventuras personales de las que hay en Argentina.
“A finales de los años sesenta casi todas las traducciones comenzaron a hacerse en España. Eran los últimos años del gobierno de Francisco Franco. México perdió el predominio que había tenido durante su régimen (1939-1975). Esto obligaba a que el traductor literario peruano, argentino o mexicano se conformara con obras del dominio público o tuviera que buscar suerte en Europa.
”La traducción en México más bien prospera en libros cuyos derechos ya son de dominio público o, bien, en traductores como yo, que somos aficionados, que lo hacemos por amor al arte y de vez en cuando”.
Aclaró que hay buenos traductores mexicanos. Incluso escritores como Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Sergio Pitol y muchos otros han practicado la traducción de manera formidable. Sergio Pitol casi ha traducido cien libros. Entonces es notable, pero no estamos en el mejor campo para ejercer este trabajo”.
Señaló que la traducción es necesaria, porque de otra manera mucha gente no entendería lo que hacen escritores que no son hispanohablantes. Por desgracia el trabajo de la traducción no suele ser apreciado, porque casi siempre sólo se nota cuando falla. La gente no suele reparar en que un libro está bien traducido, además, es un trabajo mal pagado, a excepción de intérpretes de lenguas poco conocidas, como el árabe al español, que sí son bien pagados, porque no abundan.

Teléfono descompuesto
En la traducción de una lengua a otra siempre queda un remanente de algo no dicho. Sin embargo, hay casos en los que la traducción hace preferible leer un texto en otro idioma que en su original. Es el caso de los clásicos. Sería una tontería modernizar el inglés de Shakespeare. En cambio cada generación mexicana puede tener un nuevo Shakespeare. Los clásicos pueden renovarse en otras lenguas, lo que es muy interesante.
Dijo que hay casos en que una obra se traduce, por ejemplo, del francés al inglés y de este idioma al español, “lo que es como jugar al teléfono descompuesto, donde una persona dice una cosa, otra persona oye y al final del juego la frase arrojada nada tiene que ver con la dicha al principio”.
Mientras más traducciones indirectas hay de una obra, menos cerca estamos del original. Aunque hay casos en que no queda otro remedio. Por ejemplo, un texto hebreo, árabe o coreano, pues a veces hay que traducirlo de otra lengua, porque no siempre se tienen traductores en las originales.
Explicó que no todos los que hablan otro idioma son buenos traductores. Lo más importante para desempeñar este trabajo es dominar el idioma de llegada, es decir, el español, porque si no se domina ese idioma, no se va a leer bien la traducción.
A los lectores interesados en comprar obras literarias escritas originalmente en otro idioma y trasladadas al español, Juan Villoro les aconsejó conocer las editoriales. “Por ejemplo la editorial El Acantilado tiene buenas traducciones; Anagrama es irregular, tiene muy buenas y muy malas. En ese caso hay que buscar a buenos traductores y para ello hay que estar familiarizado con sus trabajos”.
En México no está arraigado el hábito por comprar buenas traducciones. “Esa es una cuestión erudita. Pocas personas se fijan en eso. No hay un mercado exigente para las obras literarias traducidas. Para eso tendríamos que tener una sociedad increíblemente culta”.
Juan Villoro obtuvo el premio Cuauhtémoc de traducción en 1988 y el premio Xavier Villaurrutia en 1999. Entre sus obras como escritor se encuentra el libro de crónicas Tiempo transcurrido (1986); las novelas El disparo de argón (1991) y Materia dispuesta (1997).