¿Tiene sentido hacer una tesis?

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¿Para qué hacer una tesis si hay otras formas menos estresantes de obtener el grado? Hoy se afirma, atendiendo los diversos criterios de las instancias evaluadoras de las universidades, que una escuela que tiene una alta eficiencia terminal (un porcentaje alto de graduados), es una buena escuela y se admite este principio como un juicio para estar bien calificados.
Esta idea cuantitativa de medir los resultados en la educación superior condujo a que se considerara a los egresados que optan por esta opción de graduación, como unos verdaderos nerds estancados en el pasado. A la par inventaron abundantes estrategias para obtener grados y evitar el desgastante esfuerzo que implica la investigación.
Hoy casi todas las licenciaturas del país admiten como regla para alcanzar un grado, la obtención de un alto promedio en los estudios, la elaboración de material didáctico, una práctica profesional exitosa o la asistencia a un curso de graduación (este último explotado por las escuelas privadas a través del pago de grandes sumas de dinero, las cuales no se quieren quedar a la zaga en el cumplimiento de los “criterios de calidad”).
Hemos de reconocer que muchos de los trabajos presentados como tesis, en otros tiempos elaborados, o que hoy se procesan, no son otra cosa que un mamotreto de hojas empastadas carentes de una tesis, es decir, no demuestran nada.
Recuerdo con respeto a un colega que, en los exámenes de grado, iniciaba con la siguiente pregunta: ¿Cuál es la tesis? Si no había una respuesta, entonces había una razón suficiente para negar el grado.
Más allá de las montañas de papel, una tesis podemos definirla como una proposición que es justificada o demostrada. Una proposición se entiende, en este sentido, como una oración que afirma o niega algo, y dicha afirmación o negación se respalda en métodos confiables de razonamiento o experimentación. A partir de este criterio podemos admitir que en todas las profesiones cabe la posibilidad de plantear una tesis. Obviamente, tendríamos que agregar que en el caso de la obtención de un grado, por medio de una tesis, cabría esperar que la proposición demostrada aporte algo nuevo al campo de conocimiento sobre el que es planteada y haya originalidad en los recursos de demostración utilizados.
En este sentido presentar una tesis implica el cumplimiento de una de las metas irrenunciables de la educación: generar conocimientos. Aunado a esta meta máxima, el ejercicio de elaboración de tesis estimula la capacidad lectora en diversos niveles, ayuda a perfeccionar los recursos de comunicación oral o escrita, y estimula el orden en nuestra manera de pensar, al soportar nuestras afirmaciones en metodologías científicas y argumentaciones sólidas.
En más de una ocasión se ha rechazado la creencia de que un egresado de licenciatura sea capaz de plantear una tesis y, de ser así, no podría exigirse este criterio para obtener el grado en este nivel de estudios. Esta posición fue formulada por Umberto Eco en su libro Cómo se hace una tesis, quien sostenía que, con mucha frecuencia, al ser la tesis un requisito para obtener un grado, se simulaba con abultados escritos, sin aportaciones reales al área de investigación.
Eco afirmaba que sólo se pueden realizar propuestas sólidas cuando se han realizado estudios de doctorado, esto es, cuando los estudiantes han adquirido un saber suficiente sobre lo dicho en el campo de conocimiento sobre el que se especializa un doctor.
Sobre la afirmación de Eco cabría plantear por lo menos dos ideas contrarias: cuando se ha calificado a una práctica reconocida socialmente como viciada o con dejos de corrupción, entonces lo recomendable no es abandonar la práctica, sino generar un plan de acción en contra de los actos que conducen a su descrédito. En segundo lugar, hemos de admitir que el saber en un área determinada nunca es suficiente; tanto en las ciencias de la naturaleza como en las ciencias del hombre, es frecuente darnos cuenta de nuestra docta ignorancia: entre más sabemos, nos enteramos que menos sabemos. Por lo anterior, nunca es tarde para aventurarnos a plantear proposiciones susceptibles de ser demostradas. Habrá grados de certeza, pero nunca grados de ignorancia, ya que ésta es siempre infinita, y si el reconocimiento de nuestra ignorancia es el motor que incita a la búsqueda, entonces también la ignorancia es el motor que incita al investigador a la aventura de proponer una tesis.
Ante la amenaza de la simulación resulta deseable un sano equilibro entre los fines de la educación y las políticas educativas. Si hoy reconocemos que investigación y enseñanza no pueden ir separados, entonces el fin de la investigación (que es precisamente proponer tesis) no puede desligarse de las metas de la educación superior. Emprender un retorno a la obtención de grados, teniendo como requisito la elaboración de tesis, no es un retroceso en el valor de las universidades, antes bien, un criterio que permite constatar que las universidades son capaces de formar ciudadanos propositivos en las profesiones en que fueron instruidos.

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