Terminó el ritual. Sigue el circo

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Nunca había estado tan de acuerdo con Felipe Calderón, presidente de la república, cuando en su mensaje, con motivo del tercer informe de gobierno, dijo que el país “ha tocado fondo”, que “el futuro nos alcanzó”. Fue entonces que agradecí la sensatez del presidente, pues reconocer que vivimos uno de los peores momentos de la historia, es lo que muchos esperábamos en este ritual que se montaba para enaltecer la figura del hombre más poderoso del país.
Durante más de medio siglo (hasta 1988), fuimos testigos de un ritual en el que la clase política, los dueños del dinero y algunos despistados que esperaban el favor del presidente, acudían y desfilaban, primero, por los pasillos del Congreso y, luego, por los de Palacio Nacional para saludar al personaje que simbolizaba el pacto de las altas esferas que controlan la nación. El besamanos.
Así, hasta que en 1988, Porfirio Muñoz Ledo, inmortalizó la primera interpelación al presidente. Fue el comienzo del fin. El mismo Porfirio fue quien, en respuesta a otro informe, terminó con la solemnidad del “Señor presidente”, para inaugurar “ciudadano presidente”. Todo esto, que aparentemente es sólo forma, tiene una fuerte carga de simbolismo, pues detrás se evidencia el camino democratizador que vivimos desde el proceso de 1988, que obligó a las posteriores reformas políticas que paulatinamente han debilitado la figura presidencial.
Sin embargo, los esfuerzos no son suficientes y todavía existen evidencia marcadas de que el informe sigue siendo un acto de simulación, en el que se pretende ocultar la deplorable situación del país, que en la metáfora del presidente “tocamos fondo”, y que en otras es “estamos al borde del abismo”. En cualquiera de los casos existe el reconocimiento de que la situación es insostenible; aunque la primera supone que no podemos llegar más abajo y, en la otra, que podemos caer en una situación devastadora, irreversible.
En apariencia, fue sorprendente la entrega del Informe del Ejecutivo. Pero se explica si observamos que el presidente envío un emisario, no por restarse protagonismo, si no por una actitud cobarde, para no dar la cara a los representantes de los mexicanos. El de hoy, es uno de los presidentes más débiles en la historia reciente. No sólo por el problema de legitimidad que le cuestiona Andrés Manuel López Obrador y millones de mexicanos que denunciaron el fraude. Si no, y sobre todo, por los otros millones que ahora le reprochan sus malos resultados de la administración. Hay quienes señalan incluso que el procedimiento fue ilegal, pues según la norma, debe ser el presidente quien entregue el Informe.
Por el contrario, su campaña publicitaria y su mensaje del día después, al que no acudieron ni el número de invitados que él esperaba, fue un intento por reconstruir el ritual de los tiempos del Priato, con un nuevo formato. A pesar de que en su mensaje reconoce que vivimos una situación difícil, también fue un discurso cargado de optimismo e irrealidad. Las palabras de crítica no fueron acompañadas de un diagnóstico real del “Estado que guarda la adminstración pública y la nación”.
En el mismo tono de reconocimiento a la situación crítica del país, hizo el llamado a un acuerdo nacional que permita enfrentar la crisis y propuso un decálogo de reformas para el crecimiento nacional, a saber: 1. Frenar el crecimiento de la pobreza, 2. Alcanzar la cobertura universal de salud, 3. Lograr una educación de calidad, 4. Reforma hacendaria, 5. Reforma energética, 6. Reforma de telecomunicaciones, 7. Reforma laboral, 8. Reforma regulatoria de fondo, 9. Lucha contra el crimen y 10. Reforma política de fondo. Las mismas buenas intenciones, las que se repiten también en cada informe.
Además de que su decálogo no dice nada nuevo, el presidente del empleo habló de su administración mostrando una realidad que no se corresponde con lo que viven la mayoría de los mexicanos. En el tema de la economía, que incluye el empleo, no mencionó que tenemos una tasa de desempleo de más de 6 por ciento; no mencionó tampoco que tenemos la peor caída del PIB de los últimos años, con una previsión de 7 por ciento, según los analistas, peor que en la crisis de 1995; contrario a lo ocurrido con Ernesto Zedillo y Vicente Fox, que a mitad del sexenio habían tenido un crecimiento del PIB, con un 6.8 por ciento y 1.4 por ciento, respectivamente. Algunos argumentarán que esto es consecuencia de la crisis mundial; pero economías como las de Brasil, Chile o Venezuela, tendrán una caída prevista en menos del 2 por ciento. Para documentar el optimismo, tenemos en este momento el peor déficit de su historia moderna.
Derivado de este manejo irresponsable de la administración, en el país pasamos de 14,428’436,000 mexicanos en pobreza extrema al final del sexenio foxista a 19,459’204,000 en julio de este año. Esto es, un crecimiento de casi el 50 por ciento de la pobreza extrema en el periodo de Calderón y no se ve la manera en que esta tendencia se pueda detener. De esto tampoco escuchamos en el mensaje del presidente.
En materia de seguridad, el panorama no es más halagador y si en cambio el optimismo oficial, pues sigue presumiendo este tema como uno de sus grandes logros. Calderón no habló de que a pesar de aumentar 15 por ciento el presupuesto en seguridad, los índices delictivos no se detiene y, por el contrario, los números son cada vez más escandalosos, al grado de tener, por ejemplo, un aumento de 165 por ciento en ejecuciones durante el calderonismo. Todos estos datos, de acuerdo con distintas fuentes oficiales que el diario Milenio publicó en días recientes.
Otra muestra de que las cosas no están cambiando para bien, fue la actitud del presidente de la Cámara, el jalisciense Francisco Ramírez Acuña, quien en una muestra de intolerancia y prepotencia, muy al viejo estilo del presidencialismo, le negó la palabra a un diputado de oposición, violando también las reglas parlamentarias. Esto es, terminó el ritual, pero no el circo.
Pero al final, coincido con Calderón: “Las cosas no pueden seguir igual”. De lo contrario, el futuro será, como dijo el rector de la UNAM, el estallido social.

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