Spiderman y sus torres gemelas

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Dos noticias inauguraron el presente siglo. La primera, de suyo grave, conmovió al mundo (y fue trasmitida, parcialmente en vivo, por la CNN); la otra corresponde a las tragedias de orden fantástico e irreal. Ambas son un estremecimiento –o lo fueron en todo caso.
La mañana del 11 de septiembre de 2001 me levanté tarde. Como reportero de un (ahora extinto) diario debía ir a cubrir un evento, ya no recuerdo si de Miss Jalisco o sobre las Fiestas de Octubre; el caso es que iba a estar el gobernador del estado en turno y había que llegar a tiempo. Tomé un taxi. El chofer escuchaba las noticias: sintonizaba una estación donde se comentaba el primer hecho universal de la historia del nuevo milenio.
A cientos de kilómetros. A miles de kilómetros. A millones kilómetros de distancia, ¿la Señora Imaginación impera? La televisión banaliza toda realidad y no permite ningún entendimiento humano. No ayuda a comprender: distorsiona la esencia y todo lo transforma en espectáculo. “La búsqueda de lo sensacional es, pues –ha dicho Joan Ferrés–, una necesidad comunicativa de primer orden. Lo ha sido siempre”.
Agrega Ferrés, en Educar en una cultura del espectáculo, lo siguiente: “… en el lenguaje escrito las emociones provienen casi exclusivamente de los significados, no de los significantes. Hay que comprender para poder emocionarse. Hay que acceder primero a las significaciones”. Y confirma lo que quizás millones, ese 11 de septiembre por la mañana, sufrimos: “En el lenguaje audiovisual, en cambio, no hay peaje. Hay emociones primarias que son previas, que no necesitan el paso por el intelecto. Son emociones derivadas directamente del intelecto”.
En todo caso, la tragedia en Nueva York puso al mundo entero en una psicosis sin precedentes. En televisores de pantallas gigantes, colocados en los aparadores del Sanborns de 16 de septiembre y Juárez, vimos, el fotógrafo que me acompañaba y yo, repetidas veces, las imágenes de la destrucción. Una y otra vez –en la pantalla– el choque del segundo avión y la caída de las Torres Gemelas, casi sin variantes. La única diferente fue aquella escena en la que una figura humana caía de una altura casi tan elevada como una de la cual Spiderman se había columpiado en una toma luego censurada en la película que, a la postre, fue la segunda tragedia que para los mortales abría la nueva era, el nuevo siglo; la magnitud contundente de lo que tal vez sería –es ya– el milenio que corre en nuestros cuerpos.
Bin Laden, Al Qaeda, George W. Bush, serían los nombres que nuestros labios pronunciarían hasta el cansancio, después del 11-S neoyorquino. En nuestras pesadillas –estoy seguro– se mantuvieron las imágenes refrendadas una noche tras otra. ¿Cómo se debió haber vivido todo aquello? En todo caso, lo que nos conmovió no fue lo que se debió haber visto al fondo y no en las pantallas de la televisión: la muerte de cientos de personas, sino lo espectacular del hecho. Fuimos impresionados a través de escenas impecables, tomadas desde tiros que resultan todavía hoy perfectos: ¿más efectivas que las secuencias del Spiderman en las Torres Gemelas –que ahora es posible verlas en YouTube?
A diez años del terrible acontecimiento en Nueva York, sigue la misma pregunta sin respuesta: ¿Qué debí sentir al mirar las imágenes de la caída de las Torres Gemelas?
Recuerdo con fidelidad lo percibido: no hay diferencia con lo sentido –motivado por otras razones– cuatro años antes, y capturado en un libro aún inédito: “… a veces, cuando cruzo el pasillo del edificio en que trabajo, he imaginado que en algún claro momento del día, cuando todos los que aquí laboran salen a sus casas, pueda caer y provocarse una de las peores tragedias de la historia de Eutropia. ¿Y qué tal si fuera de noche: cuando el silencio es un muro que describe mejor al mundo? Todo sería en verdad una maravilla. La gente tendría ahora sí un tema interesante de qué hablar. Tendrían algo nada superfluo qué contarle a sus futuros nietos. Tendrían la esperanza de vivir muchos años para poder darles su versión de los hechos a las generaciones de hombres que no miraron la caída de la Torre Inclinada. Dejarían de vivir tan tontamente —como han vivido…”.