Reniega y verás la luz

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THE DEVIL''S ADVOCATE, Al Pacino, 1997, (c) Warner Brothers/courtesy Everett Collection

La maldad es su principal encanto; el odio, su corona; las bajas pasiones, su ejército y este mundo, su reino. Ser enemigo de Dios y el tentador de los hombres no ha sido impedimento para muchos literatos y creadores que en el Diablo han encontrado una veta rica que explorar.
Lucifer (del latín lux, luz en español) es un señor terrible capaz de infringir los más grandes sufrimientos a los mortales, pero también de él se pueden obtener favores y dones: todo es cuestión de saber pedir, jugar la treta adecuada al maligno o dar el alma a cambio, previa firma de un pacto con sangre. El Demonio como otorgador de dones, es una de las múltiples facetas explotadas en torno a este personaje imaginario, al cual no han podido sepultar los avances científicos y tecnológicos, ni la voz airada de los escépticos, ni la razón.
El también llamado Satanás es para muchos cristianos un ángel caído que se rebeló contra Dios. La soberbia fue su mayor pecado. Su osadía le costó la gloria. Él preside el infierno, la morada a la que llegan las almas de los hombres que osan dar la espalda al creador.

Satanás burlado
En la temprana Edad Media muchos hombres estaban convencidos que podían engañar al Diablo y de él obtener riquezas. El individuo común podía superar en inteligencia al príncipe de las tinieblas y con ello obtener grandes beneficios. Todo era cuestión de tener una pizca de audacia y otra de ingenio.
Herder y Jakob Grimm publicaron en 1812 su colección de cuentos populares titulada Fabulas infantiles y familiares. Luego escribieron dos volúmenes sobre cuentos históricos alemanes o sagen. Estos autores se sumaron al esfuerzo de revivir la cultura tradicional alemana y recopilaron relatos orales de campesinos y gente común.
La tumba y El campesino y el diablo, son dos relatos con características medievales. En la primera historia, el Diablo, para librarse de la presencia de un soldado y un campesino, les promete oro, todo el que quepa en una bota. El soldado corta la suela y coloca la bota sobre una zanja profunda, para que el demonio deposite varios costales de este metal. Logran engañarlo. En el segundo, un astuto labriego logra hacerse rico timando a Satanás.
Robert Muchembled, autor de Historia del diablo, siglos XII al XIX, afirma que a principios de la Edad Media, más allá de las concepciones teológicas, las masas populares recién convertidas al cristianismo, se resistían a abandonar sus antiguas creencias.
El paganismo no murió. Al contrario, se fundió con el cristianismo para dar características peculiares al Diablo. Muchembled asegura que para la gente no estaba bien definido el concepto diablo. Un santo podía ocasionar daños y un demonio, acudir en auxilio de los hombres. Incluso, en el imaginario popular había ángeles neutros, cuya postura no era ni a favor ni contra de Dios o del Diablo.
En el otro extremo están las representaciones de los monjes. Las esculturas románicas de los siglos XI y XII lo muestran como el comedor de hombres, la bestia del Apocalipsis, un ser aterrador. El objetivo, para el mismo autor, era inspirar miedo y así fortalecer los dogmas y debilitar las creencias populares.
El Diablo crece en importancia a partir del siglo XIII. Para principios del siglo XIV, según Ikram Antaki, autora de En el banquete de Platón, el Diablo se convierte en la explicación universal de todo lo que molesta u obsesiona a la sociedad. Sin embargo, no fue posible desterrar la creencia de que podían obtenerse beneficios del Demonio.
Furor demoníaco
Al demonio se le atribuyó la capacidad de dar poderes a los magos y brujas, para transformarse en animales, provocar sequías, impotencia y esterilidad. Por lo menos es lo que dice El martillo de los brujos (malleus maleficarum), escrito en 1486 por dos monjes dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. En los siguientes dos siglos se convirtió en el manual indispensable para jueces, magistrados, sacerdotes, católicos y protestantes en la lucha contra la brujería en Europa.
Los aspirantes a brujos, según la creencia, podían iniciarse mediante un pacto demoníaco en ceremonia solemne o de manera privada.
“Cuando las brujas se reúnen en cónclave, el demonio se les aparece en el cuerpo de un hombre, y las insta a tener fe en él, les promete prosperidad mundana y larga vida. Ellas recomiendan a una novicia para que la acepte. El demonio le pregunta si abjurará de la fe, abandonará la santa religión cristiana y la adoración de la Mujer Anómala (pues así llaman a la Santísima Virgen María), y jamás venerará los Sacramentos. Si el aspirante acepta, el demonio extiende la mano, lo mismo que la novicia, y ésta jura, con la mano levantada”.
El furor por lo demoníaco desencadenará la cacería de brujas que tuvo auge, dentro de la Edad Moderna (1453-1789), durante el siglo XVI y mediados del XVII.
El pacto con el maligno no estuvo fuera de la literatura de la época. En 1587 el librero Johann Spies publicó Historia del doctor Juan Fausto. El tema es retomado dos años después por Christopher Marlowe, en Inglaterra.
En el prólogo de La trágica historia del doctor Fausto, Marlowe describe a Fausto como un inteligente ciudadano alemán, doctorado en teología y aficionado a la magia. Él conjura a Mefistófeles y hace un pacto con Lucifer, el cual firma con sangre para cambiar su alma por 24 años de servicio y una vida concupiscente.
Al final del lapso convenido, el alma de Fausto se condena. Él elige lo material, lo prohibido, pero a cambio obtiene el conocimiento. Lucifer es presentado como jefe de los demonios. Sólo con él y no con Mefistófeles puede hacer un trato. Cuando Fausto quiere arrepentirse, los angeles malos lo desalientan.

Del escepticismo a la resistencia
El siglo XVIII está marcado por la Ilustración. Un movimiento que, por los logros de la revolución científica, abogaba por la aplicación del método científico para comprender el mundo. La creencia en el Diablo empezó a debilitarse en la centuria anterior. Algunos negaron su existencia. Sin embargo, esta figura continuó vigente en el campo de la religión y por supuesto, en la literatura.
El diablo cojo, de Lesage, publicada en 1707, cuenta la historia del Demonio Asmodeo, que se encuentra prisionero en un bocal. Dom Cléophas lo libera y en agradecimiento, este diablo lo casa de manera conveniente.
La Revolución Francesa y la deificación de la razón no expulsaron al Diablo de su principal feudo: la imaginación humana. Los escritores románticos continuaron explotándolo. “El romanticismo está en íntima relación con el Demonio. Los autores se rebelaron contra lo clásico: les disgustaba el orden, amaban el caos, se sentían atraídos por el mal, porque el bien no les era tan atractivo”, afirma Gabriel Gómez López, investigador del Departamento de Estudios Literarios, de la Universidad de Guadalajara.
Juan Wolfgang Goethe fue el último autor clásico y el primer romántico alemán, explica el académico. Este escritor vuelve a retomar la historia de Fausto, impregnándole nuevas características.
En Fausto, de Goethe, el doctor no lleva la iniciativa al buscar un pacto con el Diablo. Mefistófeles es quien va a su encuentro. En lo alto de los cielos, Mefistófeles se vanagloria de su capacidad para captar el alma de Fausto, desviándolo de Dios. Incluso le promete “la corona de la humanidad”.
Mefistófeles es quien representa al mal en la obra. Él propone a Fausto el goce de los halagos y placeres de la vida, de que ha carecido hasta entonces, a cambio de que le entregue su alma. Fausto acepta y sella el pacto con su sangre.
Goethe da a la historia de Fausto un giro distinto al de Marlowe. Al morir, su alma es rescatada por un grupo de ángeles que la transportan al cielo para reunirla con el alma de Margarita, cándida muchacha de la que se enamora, seduce y después abandona.

El Diablo es uno mismo
Entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, aparece una nueva tendencia: la figura del Diablo deja de ser externa, para convertirse en el mal que cada ser humano lleva dentro. En esta concepción influirá Sigmund Freud, con su psicoanálisis y la idea de un subconsciente. Para él Satanás representa al inconsciente reprimido.
El Diablo y el infierno interior son dos conceptos explotados por el escritor alemán Thomas Mann, autor de la novela Doctor Faustus (1947), en la que Adrian Leverkí¼hn busca ser un genio en la música. Se acuesta con “la hetaira Esmeralda”, quien está infectada de sífilis.
Adrián tirita en su cuarto. No sabe si de frío o de fiebre y duda de sus sentidos, cuando se le aparece el Diablo, quien le promete: “crearás cosas que te harán experimentar el terror sagrado”. A cambio le pide, como es tradicional, su alma y añade una cláusula: “Criatura de elección. Te has prometido y unido con nosotros. No te será ya permitido amar”. Eso será su infierno en la tierra.
El cine también ha tocado el tema del Diablo, que otorga beneficios mediante un pacto. En La belleza del Diablo, realizada en 1949, con Michel Simon y Gérard Philipe, el Doctor Fausto decide firmar un pacto satánico para conservar la riqueza, el poder, la estima y el amor.
En un filme más reciente, Al diablo con el Diablo, Satanás es caracterizado por una atractiva mujer, Liz Hurley, quien concede siete deseos a Elliot (Brendan Fraser), a cambio de su alma. El mito de Fausto vuelve a ser retomado. Esta vez la búsqueda del amor es lo que mueve al protagonista a entrar en tratos con el Maligno.
Satanás como benefactor sigue vigente en el imaginario popular. Los medios para hacer un pacto con el Diablo y obtener beneficios, se anuncian por internet. Una de las páginas que lo promueve es www.satansm.com. Dos de los requisitos son enviar un “satarrículum vitae”, con las fechorías más recientes y establecer un plazo de servicio al Maligno.

CODEX GIGAS
Existe un libro del siglo XV, que no sólo tiene temas diabólicos, sino que consideran fue escrito por Satanás. Se trata del llamado Codex Gigas. La leyenda señala que el autor del tratado fue un monje benedictino, quien para evadir una pena de muerte prometió a sus superiores la creación de esta obra en una noche. Por la enormidad del libro (tiene más de 600 páginas) se cree que solicitó la ayuda del Diablo. El libro se ha conservado durante estos cinco siglos y es exhibido en Suecia.