Prohibir la literatura

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La aparición en escena de un joven escritor me provoca una desazón inexplicable. Si además se acerca y comete la imprudencia de pedirme un consejo, le recomiendo de inmediato que vaya en busca de otro oficio, uno real y que pueda apreciarse en cualquier comunidad rural. Ya la juventud es demasiado triste para añadirle, además, el agravio de la literatura. Estoy consciente de que las letras han servido para darle prestigio a algunos miembros de las pasadas generaciones. En el siglo XIX los poetas y escritores eran adalides de la independencia, librepensadores, héroes históricos; en el XX fueron asesores políticos y embajadores de nuestras naciones amigas. Hoy en día dedican su tiempo a escribir y dirigir suplementos culturales que nadie lee, o a impartir talleres de literatura a despistados, atarantados, mujeres insatisfechas y demás elementos del género humano que no tienen muy claro en qué actividades consumir su tiempo. La literatura no es ya tarea del espíritu, vehículo de conocimiento o panacea formativa, sino el pasatiempo de unos cuantos ingenuos que hemos adquirido compromisos que nos resulta imposible romper. ¿No es ya bochornoso escribir sin ser leído?
Cuando era adolescente deseaba escribir para una miríada de lectores. Me imaginaba a esos lectores esperando ansiosos mis obras, como mendigos que hambrientos aguardan una hogaza de pan. Más tarde, en mi primera y última juventud, podía aún seducir a una mujer haciéndole saber que yo era un escritor. Las mujeres tenían una vaga noción de que los escritores éramos hombres de mundo, interesantes, sagaces para las cuestiones del amor. Hoy es imposible convencerlas de que esa afirmación es verdad. Para ellas los escritores son profesores, hombres que dedican su tiempo a desempolvar libros mientras preparan una tesis cuyo tema es la obra de un escritor muerto doscientos años atrás. Hace apenas tres décadas se podía convencer a un político de que un escritor era un conocedor profundo de su sociedad, un observador de mirada acuciosa; ahora los políticos prefieren tener asesores de imagen, o escuchar a esa especie tan extraña que aparece a cada rato en la pantalla del televisor: los analistas políticos, abigarrada mezcla de escritores, sociólogos, oportunistas, pitonisos e historiadores. De entre los escritores los peores son los poetas debido a que no quieren entender, bajo la luz de ningún argumento, que hoy en día el espíritu no pasa ya por su casa. No es la poesía la prueba más importante de la existencia del hombre, como afirmó en su tiempo Cardoza y Aragón. Al contrario, en todo caso se trata de una de las pruebas más elocuentes de su necedad. Hace unos días durante la recepción que dio en su casa un poeta albanés, Daniel Sada me explicó la necesidad de prohibir la poesía para, de esa manera, volver a otorgarle algún tipo de vigencia. ¿Quién conoce una mejor receta? En cuanto a la novela no tengo nada que decir, exceptuando que la mayor parte de lectores son también escritores. Un hermoso círculo vicioso para continuar soñando.
Pero nada resulta más ocioso que la quejumbre, así que terminemos. El fin de esta verborrea es tan sólo disuadir a mis jóvenes amigos de ser escritores. El mundo, por supuesto, no los necesita en absoluto: un mundo con escritores como ustedes es exactamente igual a un mundo sin ustedes. No dudo que en el futuro, luego de escribir veinte libros, alguno dé a luz una frase memorable. Recordemos que Nullum esse librum tam maulum ut non aliqua parte prodesset. Sin embargo, la creación de un aforismo imperecedero no vale tanto tiempo invertido en la trinchera. En cuanto a las muchachitas que se obstinan en dedicarse a la literatura, olvídense de ese oficio tan desprestigiado. Si de verdad quieren hacer un bien, si de verdad está en su corazón insuflar vida a la literatura, acérquense a nosotros –los escritores que no podemos ya dar marcha atrás en nuestras decisiones– y hagan más dulce nuestros últimos momentos.

*Publicado originalmente en el suplemento “Sábado”, del periódico Uno más Uno. Recopilado en el libro La polémica de los pájaros, Conaculta, 2007.

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