Primero F el aula incluyente

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Hace cinco años, Ana Rosa no imaginaba que cursaría el bachillerato. Hoy, aunque es sorda, estudia en el salón de 1º F, en la Preparatoria 7 de la Universidad de Guadalajara. Un aula en la que no hay diferencias ni barreras, pues como Ana Rosa, otros 11 de sus compañeros con esta discapacidad auditiva y 23 jóvenes oyentes, están sentados como en cualquier salón de clase, con cuaderno y bolígrafo en la mano.
Atentos a la materia de comprensión de la ciencia, los alumnos oyentes escuchan al maestro Miguel Ángel Ramírez. Mientras, Ana Rosa y sus compañeros con la misma condición observan con atención a Gloria de la Parra, su voz y oído. Su labor permanecer de pie, a un lado del maestro, para interpretar con el lenguaje de señas cada palabra del profesor. De ella aprenden los conocimientos que el maestro comunica con el lenguaje oral.
“Somos muy felices aprendiendo. Estaba segura de que nos iban a cerrar las puertas, que los sordos íbamos a seguir en la ignorancia y que nos seguirían criticando. Hoy es una puerta que se abrió y nos están empezando a respetar. La inclusión de sordos como oyentes significa integrarnos y demostrar que podemos hacer las cosas”, explica Ana Rosa, a través de su intérprete.
Ana Rosa nunca ha escuchado el sonido de la música, de las olas del mar –su lugar favorito para vivir- o la voz de sus padres. Hoy, a sus 24 años, la mímica o gestos son su manera de comunicarse con quien no conoce el lenguaje de señas, lo que la ha llevado a tener pocos vínculos personales y un rezago social.
“Desde pequeña sólo salía con mis papás, pero era aburrido para mí, porque únicamente platicaban con mi familia. La comunicación es difícil. Los oyentes nos entienden con mímica o gestos, pero nunca al cien por ciento. Les hace falta conocer nuestra cultura, que así somos, que tenemos características diferentes, porque dicen que hacemos las señas como locos o gritamos, pero hace falta que nos conozcan, para que no nos critiquen y nos respeten”.
Es un mito que las personas sordas lean los labios, por lo que la convivencia diaria entre alumnos oyentes y con discapacidad auditiva ha llevado a que quienes pueden escuchar se interesen en aprender el lenguaje de señas. A Ana Rosa se le nota la emoción en su rostro: “Me da tranquilidad que nos podremos empezar a entender”.

Inclusión educativa
Los jóvenes con esta discapacidad son parte del programa Educación incluyente de jóvenes sordos, encabezado por Laura Elena Soto, directora de la asociación civil Educación Incluyente, A. C., que busca desde hace cinco años incluir en el bachillerato a estos jóvenes.
La discapacidad auditiva no conlleva una deficiencia mental, pero sí educativa, por la falta de políticas públicas que los apoyen. Este problema ha impulsado la realización de un curso propedéutico para jóvenes sordos, que dura un año. En el mismo regulan el nivel de sus conocimientos de educación básica y los preparan para presentar el examen de admisión al bachillerato de la UdeG. En el calendario anterior, 12 de los 13 alumnos que se prepararon en la primera generación de este curso, salieron en listas y hoy forman parte del grupo de 1º F turno matutino.
“Además de la inclusión educativa, la social tiene mucha trascendencia en este programa. Luchamos para que se apliquen las leyes de atención a las personas con discapacidad, estatales y nacionales y están basadas en la Convención de los derechos humanos, porque las personas sordas están interesadas en aprender más”, comenta Laura Elena Soto.
Gloria de la Parra, intérprete certificada (una de las tres que hay en Jalisco y 31 en todo México), dice que es necesario que los estudiantes sordos tengan maestros oyentes, pero también con su misma discapacidad.
“Esa identificación les permite entender que pueden salir adelante, porque muchas veces la sordera o discapacidad auditiva la asocian con problemas mentales”.
La tarea de apoyar a las personas con discapacidad es del gobierno del estado. En opinión de la directora del proyecto, las autoridades no han cumplido con la parte que les toca.
“La UdeG tuvo la sensibilidad para apoyar el proyecto incluyente, pero hay retos: preparar maestros enfocados en la atención a las personas sordas, el fomento para conocer la cultura de las personas sordas y formar intérpretes certificados”.
La atención a la salud –en particular la psicológica- es fundamental para esta población, pero en México sólo existen dos psicólogos para sordos.
En el equipo de inclusión de jóvenes que no pueden escuchar, participa Elena Delgadillo, egresada del Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS) y psicóloga con este perfil.
“La comunicación con el paciente sordo se ve totalmente mellada y triangulada cuando hay un intérprete. Es necesario formar psicólogos con plena conciencia de la lengua a señas y de la cultura sorda, porque de lo contrario no podrás adentrarte a la psique de las personas y poder establecer una comunicación verdadera y confiable para darles el derecho que tienen: una intervención como ellos la requieren”.
En el último piso del módulo dos de la prepa, el salón de propedéutico, en donde 18 jóvenes sordos reciben la clase de matemáticas, está completamente en silencio. La maestra de educación especial explica con sus dedos cómo resolver las divisiones con dos cifras. El objetivo final de esta segunda generación es ingresar a la prepa en junio del próximo año.
Mientras, en otro edificio del plantel, Ana Rosa y sus 11 compañeros sordos realizan una exposición de trabajos en la clase de sexualidad. No hay un equipo de oyentes y otro de sordos.
En el salón de 1º F de la Prepa 7, todos son iguales.

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