¿Para qué sirve un museo de ciencias?

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Se conocen museos casi desde siempre. Desde aquel museion (el “lugar de las musas”) donde los antiguos griegos ocupaban su tiempo en los más diversos estudios de la naturaleza, pasando por el museum que reunía colecciones de arte durante el Renacimiento, hasta los gabinetes de curiosidades que mostraban objetos fuera de lo común: plantas exóticas, gigantes y feroces animales disecados, esqueletos humanos, espejos curvos que deformaban las imágenes, etcétera.
A partir del siglo XVIII surgió el concepto de patrimonio nacional, al mismo tiempo que aparecieron grandes museos artísticos y científicos, principalmente en países europeos; la Revolución Industrial, las transformaciones sociales y el acelerado desarrollo tecnológico de principios del siglo XX apuró la propagación de los museos.
Para ese momento sus intenciones básicas cambiaron. En vez de mostrar, ahora se buscaba demostrar, evidenciando la naturaleza de la actividad científica como todo un proceso, largo, complejo y colectivo, en lugar de hablar del conocimiento científico como si se tratara de un listado de resultados, implacables e infalibles, desarrollados por seres especiales, como venidos de otro mundo. Sirva el ejemplo de Exploratorium en San Francisco, California, que fue creado por el connotado científico Frank Oppenheimer para que sus usuarios “sientan que entienden el mundo que los rodea, incluso, tengan la convicción de que podrían entenderlo si quisieran”.

Museos para la gobernanza
En numerosos foros alrededor del mundo se han destacado las relaciones -cada vez más claras- entre democracia, ciencia y comunicación: una democracia será siempre incompleta si sus ciudadanos no son capaces de situarse racionalmente ante el conocimiento científico.
Los museos de ciencia pueden ser uno de los sitios privilegiados para fomentar la construcción de una auténtica gobernanza: son espacios muy visitados, por lo tanto visibles y con un gran potencial para influir notoriamente en la formación de las personas, son instituciones que aspiran a convertirse en auténticos agentes de cambio social.
Los museos de ciencia modernos se definen como detonadores de estímulos para favorecer el conocimiento de la naturaleza, y también como espacios susceptibles de empoderar a los docentes, auxiliándolos en estrategias más efectivas para abordar el proceso de enseñanza/aprendizaje de las ciencias en el aula. Estos museos exponen el conocimiento global dentro de los contextos locales y son espacios extraordinarios para la investigación en didáctica y en comunicación de la ciencia.
En países como el nuestro, donde cerca de 4 de cada 10 estudiantes de secundaria abandona la escuela antes de concluir sus estudios, para muchas personas los museos de ciencias pueden representar la única oportunidad accesible para formarse una imagen del mundo compatible con el conocimiento científico.

Museos para gozar
El encanto de las musas que inspiran a los museos de ciencias modernos persigue objetivos puntuales: incentivar el gusto por aprender y promover la gozosa sensación de la inteligibilidad, disminuir la enorme brecha entre lo aprendido durante el proceso escolarizado y el desarrollo actual de la ciencia, combatir la compartimentación de los saberes, y apuntalar la formación de una identidad social e individual amplia, que combata el desinterés y la apatía, además de revalorizar el pensamiento crítico.
En la Declaración de Toronto, suscrita por instituciones museísticas de los cinco continentes, es posible localizar una síntesis del valor social de los museos de ciencias: “Cada año 290 millones de personas participan activamente en las exhibiciones, los programas, los eventos y los servicios de extensión que organizan más de 2,400 museos y centros de ciencias en todo el mundo.
Estas instituciones estimulan la curiosidad y desarrollan mentes inquisitivas. Cambian la vida de la gente, influyendo en sus actitudes y en su pensamiento. Las investigaciones muestran que los museos de ciencias desmitifican la ciencia destacando su belleza, demostrando lo necesaria que ésta es y volviéndola accesible al público en general.
Los museos provocan actitudes positivas del público hacia la ciencia, ayudan a la gente a apreciar el contexto de los avances científicos y a comprender cómo la ciencia afecta sus vidas”.

Museos para construir el futuro
Las obligaciones de los museos de ciencias del siglo XXI pasan por consolidarse como escenarios para la conversación y el debate, sitios de encuentro entre quienes gestionan la ciencia, quienes la crean, quienes la pagan y quienes la utilizan.
Museos que sirvan para reconocer, apreciar y entender la ciencia, para generar una opinión sobre la ciencia, y para convertirla en un asunto de auténtico interés público. Museos para formar ciudadanos conscientes y reflexivos, inquisitivos y participativos, solidarios y compasivos, que no olviden aquella certeza de John Donne: “Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; / todo hombre es un fragmento del continente, / una parte de un conjunto”.

*Miembro de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica

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