Pacheco memoria de lo sensible

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Inauguraci—n del Sal—n de la Poes’a, por JosŽ Emilio Pacheco, con Italia como pa’s invitado de honor de la edici—n no. 22 de la Feria Internacional del Libro. Noviembre 29, 2008. Guadalajara, MŽxico. En Foto JosŽ Emilio Pacheco. © FIL / Gonzalo Garc’a Ram’rez.

Resulta un hecho singular que un pueblo lea a sus poetas. Es elogiable que los distinga. Y algo extraordinario que los quiera. La figura de José Emilio Pacheco (1939) es entrañable por varios motivos. Pacheco ha sabido al corazón, a la parte diríamos sensible de nuestros jóvenes, y logrado (acompañado de su generación: Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Sergio Galindo y Salvador Elizondo), ser el transporte a través del cual las nuevas crías han tenido un país más habitable. Gracias a ellos, el mocerío es ahora más crítico y, por ende, más creativo e inteligente. La sola figura de José Emilio (como a veces es llamado por sus lectores), encarna el ideal de escritor que en otros tiempos dispuso Alfonso Reyes, aquel de distintas fuentes manando, pues de las manos de Pacheco, lo mismo han surgido extraordinarios poemas, cuentos maravillosos; o novelas, ensayos y crónicas donde la memoria es el centro y la razón de su escritura.

Memoria sería la palabra que define el trabajo del “amanuense de Arreola” (fue a José Emilio a quien el autor de Zapotlán le dictó su Bestiario en diciembre de 1958), pues en toda su obra lo que ha realizado es fijar los hechos y la historia y, sobre todo, una crítica de su tiempo.

Su poesía, de algún modo, es crónica y recordatorio de la vida, de momentos notables y, también, un análisis muy claro de la debacle de una ciudad, pero, también, de las grandes urbes del mundo.

Por José Emilio tenemos el recuerdo de lo grandioso de la Ciudad de México y la advertencia de lo ya visto en estos últimos tiempos: la catástrofe, la ruina y la pérdida. Es visible, al leer sus poemas, la visión de la catástrofe de la ciudad, de la caída, de su ruina, y a su vez de su grandeza. Podríamos advertir lo mismo del país entero en sus versos… Por varios años, durante su juventud, sostuvo largas tardes de conversación con Paz y, sobre todo en sus primeros libros, se escuchan ecos de su influencia. Su relación con Paz, por cierto, logra la semejanza con un poeta de otra latitud, Ted Hughes (1930-1998). Ambos se nutrieron de la relación con sus mayores. Ted Hughes de T. S Eliot y José Emilio Pacheco de Paz. Tanto Pacheco como Hughes son puentes entre los rapsodas anteriores a su generación y las siguientes camadas de poetas. (Alguna vez Ted Hughes escribió: “Expuestos a la luz infinita,/ pastores del viento/ hacen sonar las cañas de la desolación,/ arrancados de la fragua brotaron y crecieron/ después de cualquier modo, fue Dios y lo sabían.” Y José Emilio Pacheco a su vez: “Bajo el mínimo imperio que el invierno ha roído/ se derrumban los días, la fe, las previsiones./ En el último valle la destrucción se sacia/ en ciudades vencidas que la ceniza afrenta.”) Palabra e historia A partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970), cuando Pacheco aborda los temas que le son caros a su poesía. Y su voz ”ya definida y consolidada”, nos recuerda sucesos pasados y actualidades del siglo XX, de las grandes ciudades del mundo y, sobre todo, de la capital azteca.

Vuelve al pasado y trae al presente hechos históricos que a la vez que rememora, hace una crítica y con ello realiza un reproche al mundo contemporáneo. Dispone los hechos en presente y con ello los tópicos del pasado los vuelve contempráneos y, podría parecer, que perennes. Abre archivos de la memoria y de la historia, para contemplarlos y hacer un juicio riguroso, y logra entornarlos en nuestra vida, pues incita a repasar páginas de la historia humana, hasta colocarlas entre nosotros para no permitir el olvido y la repetición de los errores. La crítica desde la poesía, en Pacheco, se vuelve parte de su vocación como poeta, ensayista y narrador; logra, entonces, hacer del compendio de su literatura una semejanza de su propia existencia. Y con ello de la nuestra. No hay temas en donde José Emilio no haya indagado y puesto su mirada: obligando a sus lectores a hacer una conciencia crítica de la realidad. De algún modo su trabajo es parte de la construcción de la nación mexicana, pero también es su más severo observador.

Es, a su manera, un cronista y un ciudadano común: uno que mira y analiza a profundidad cada paso de nuestro mundo y, ante todo, de la gran metrópoli. La Ciudad de México es el plato de sangre. Es la visión del horror. Es la catástrofe de los últimos días. Es el lugar geográfico donde ama, Pacheco, y dispone su corazón, donde surge una ciudad y una nación, pero el poeta no ama a su patria, pues para él “su fulgor” es “abstracto”, es “inasible”, sin embargo, “daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos, fortalezas…”.

Para Pacheco el país tiene como capital a “una ciudad deshecha”, gris y “monstruosa” donde, hasta hace algunas décadas suponemos, estaban esos “tres o cuatro ríos” que son ”o fueron” entrañables para él.

Pacheco es un heredero de la literatura latina, su poesía es epigramática; desde ese género hace visible ante nuestros ojos al mundo.

*Homenaje a José Emilio Pacheco: Lectura de poesía

29 de noviembre 19:30 a 20:50 horas Auditorio Juan Rulfo, Expo Guadalajara en el marco de la FIL

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