Mauricio Garcés: ¡Arrrrroz!

989

Mauricio Garcés —su personaje—, una mañana despierta y se viste con un impecable traje gris; trae en la mejilla un pequeño parche que logra hacernos saber que durante el baño, cuando se rasuraba, la Gillette cortó levemente su piel. Sale de la recámara (cigarrito en los labios, supongo mentolados) y, en la luna del espejo hay un grafiti estampado con carmín. Se acomoda la corbata y, al sentir que sobre su cabeza se tornan unos cuernos, se toca la frente y, al fin, se atreve a leer: “Los cuernos [coma] se los pones a tu abuela”.
Sonríe con su enorme boca: “Ja”. En seguida dice transformando su rostro y para sí mismo, triunfante —antes coloca las cenizas del cigarrillo en el cenicero:
—Está herida. Está adolorida. Está atormentada. [Muda el gesto.] Tiene razón: ¡Debe ser horrible tenerme y después perderme! —sale de cuadro canturreando, como un chiquillo pícaro.
La última vez que apareció en televisión, hace 20 años —unos meses antes de su muerte— fue en el programa que conducía Guillermo Ochoa en el Canal 2, de Televisa, mostraba al conductor y al televidente cómo es que simulaba las costumbres de un gay para fumar. Sin mostrar los signos de su enfermedad, magistralmente se transformó e hizo reír a todos con su caracterización. Colocó el cigarrillo entre los dedos y se lo llevó a la boca. Perjuró que, aunque nunca se había casado, no era homosexual (siempre estuvo enamorado de Silvia Pinal); pues afirmó que era parte de su trabajo el representarlos en la pantalla grande y de la mejor manera. Los había estudiado. Los trajo a la gracia (o quizás a la mofa del público machista nacional); los llevó a que se les considerara un arquetipo, como él mismo de algún modo lo fue del eterno, empedernido, solterón elegante y, a veces cruel, donjuán, en al menos 70 películas que abarcaron tiempos largos: desde 1950 y hasta 1985.
Durante la entrevista algunos motivos de su biografía se describieron y, sobre todo, Ochoa le preguntó sobre su enfermedad, que provenía de su compulsiva y añeja costumbre de fumar.
—¿Y no ha pensado dejar de fumar ahora que le descubren esta enfermedad? —preguntó el conductor, con la simplicidad de los animadores de la TV.
—Para qué, sí ya conozco mi fatalidad. Además he fumado toda la vida, si dejo de hacerlo ahora no me voy a salvar… —expresó tranquilo con una voz ronca, opaca y apenas audible.
El 27 de febrero de 1989, los diarios nacionales reprodujeron la noticia de su desaparición. Había nacido en 1926, en el puerto de Tampico, en Tamaulipas, con un nombre muy distinto al que todos le conocimos, Mauricio Féres Yázbek (Garcés), y que describía su origen libanés. Tiene parientes célebres en el campo de la fotografía: Tufic Féres (su tío), quien retrataba estrellas del espectáculo y un hermano también, Edmundo Féres Yázbek. Además de un primo actor, Víctor Grayeb.
La construcción del personaje
Clark Gable + Gary Cooper + Cary Grant = Mauricio Garcés. El actor adoptó la G en su personaje porque admiraba a los actores de Hollywood, pues sería de buena suerte, como alguna vez lo advirtió. Los artistas del espectáculo mexicano desde hace 100 años han imitado a los histriones de la Meca del cine; únicamente algunos, los mejores, han logrado hacer de sus influencias y admiraciones una suma que logra una nueva forma, es decir, una metáfora por acumulación. El caso de Garcés es de los pocos que amasaron a la perfección su material de influencias y lograron hacer posible el surgimiento de un nuevo ser, un personaje singular.
Sus frases se han convertido ya en parte de la cultura nacional y muchos de quienes admiraron sus películas, todavía en un momento adecuado las recuerdan y las repiten. “Las traigo muertas…”, “¡Debe ser horrible tenerme y después perderme!..” y “¡Arrrroz!”. De la última expresión algunos han aludido que se trata de un palíndromo (“Dábale arroz a la zorra el abad.”), y hasta le otorgan una connotación seminal.
El 24 de febrero de este año se realizó un homenaje al actor en el Centro Libanés de la Ciudad de México. Un día antes La Jornada publicó una entrevista con sus parientes, en donde consideraron que el encanto del también llamado “Zorro plateado”, “radicaba en lo desvergonzado que era, no había diferencia entre la persona y el personaje, siempre era el mismo. Es el único ídolo mexicano que ha trascendido sin haber sido cantante; está a la altura de Pedro Infante, Jorge Negrete o Tin Tan. Sus películas se siguen trasmitiendo en la televisión con rating impresionante y los jóvenes lo han revalorado.
”Tenía una gran habilidad para decir puntadas y captar la atención de la gente, todo lo que decía era brillante y simpático. De niño no era así, esa característica la fue adquiriendo con el tiempo, pero eso sí, siempre se sintió galán, desde los 14 años. En la escuela no era él quien abordaba a las muchachas que le gustaban, sino que pasaba a su lado, altivo y seguro de sí mismo para atraerlas y que ellas fueran las que se acercaran a él”.
El comediante mexicano tuvo el tino de asimilar y, luego, darle vida al personaje que a lo largo de muchos años también se convirtió en una especie de arquetipo del empedernido solterón y admirable conquistador.