Los últimos conversos

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Entre los muchos delirios y lucideces del hombre, hay uno que llama poderosamente la atención, y es el de la experiencia religiosa, que tiene una doble variante, un doble juego de la mente y el espíritu: la mística y la conversión.
Sobre lo primero, el filósofo argentino Vicente Fatone ha dicho que la mística es, ante todos “experiencia”, y define en una fórmula verbal (“hombre soy y nada divino considero ajeno a mí”), lo que para él indica el término del proceso místico. Más simple y más contundente y misteriosa resulta la exigencia que Novalis dispone para dicho proceso al declarar: “Dios quiere dioses”, que incurre en el mismo misterio de Plotino cuando dice “Vuelo del íšnico hacia el íšnico”, y que seguramente San Juan de la Cruz hubiera comprendido mejor que nosotros.
Locura o lucidez extremas, la experiencia mística es un asunto que llama la atención, y se podría decir que la han tenido no solamente los santos, sino también algunos de los grandes poetas que ni siquiera tocan, en sus textos, los temas de la religión (ni profesan declaradamente alguna), en cualquiera de sus variantes: la católica, la budista o —por sólo mencionar las más influyentes en el mundo entero— la islámica.
Sin embargo, como si pareciera una contraposición a lo antes dicho, existe además eso que se llama “conversión” y que vivió de una manera contundente Pablo de Tarso en el camino de Damasco, quien después de perseguir y matar con el filo de su espada a los primeros cristianos, tuvo su “conversión”, después de —quizás— un arrebato místico, y la Iglesia Católica lo considera, junto a Agustín de Hipona, Francisco de Asís y el Cardenal John Henry Newman, como los más grandes conversos de la historia del catolicismo, como lo ha dicho Benedicto XVI. No obstante, hay quienes afirman que el primero y más grande converso fue Jesús, quien fue un judío practicante, pero volteó el rostro hacia la nueva religión que él mismo creó, y en la que se postuló como el hijo de Dios, y el verbo encarnado.
Después de la muerte de Jesús, Pablo de Tarso logró —junto con algunos de los apóstoles— realizar el milagro de hacer que toda Roma se volviera cristiana. Vendría, después, la Iglesia de Cristo instaurada y luego el Catolicismo.
La fenomenología de la conversión no es menos misteriosa que la experiencia mística. Del inglés G. K. Chesterton, a la barcelonesa Carmen Laforet, hay un sinnúmero de personajes del mundo intelectual y del arte que ofrecen claros ejemplos de que en algún momento el catolicismo fue una opción para aquellos que en su búsqueda espiritual navegaban erráticos y sin rumbo fijo. Es de llamar la atención, además, que la primera mitad del siglo XX esté llena de ejemplos de conversos, pero durante un largo periodo, comprendido en las décadas de entre siglos, no haya habido (casi) ninguna.
Nombres destacados fueron el orgullo del catolicismo, por mencionar algunos recordamos a T. S. Eliot, Giovanni Papini, Marshal MacLuhan, Paul Claudel, Thomas Merton, Alexander Solzhenitsyn, Graham Green, Léon Bloy, Ernst Jí¼nger… Cabe entonces la pregunta: ¿por qué no ha vuelto a ocurrir el fenómeno? Se pueden ofrecer algunas posibles hipótesis y dar algunas opiniones, probablemente parciales.
Podría ser que no han vuelto a ocurrir nuevas conversiones debido a que los nuevos órdenes liberales de la sociedad, surgidos sobre todo a partir de los años 60 en todo el mundo, contrapuestos con el radical movimiento moralista de la Iglesia Católica, han logrado que en las últimas décadas no haya ocurrido el deseo de volver el espíritu hacia la religión.
O tal vez tenía razón el filósofo español Eduardo Subirats cuando declaró en una entrevista que: “Vivimos visiblemente una situación social en la que la carencia de ideas y soluciones a los conflictos de nuestro tiempo se ha convertido en signo de identidad de la época. Este vacío precisamente es lo que se llama posmodernidad”; y al decir que “…la filosofía española acabó con los conversos del siglo XVI; el catolicismo es incompatible con cualquier pensamiento filosófico”, o cuando expresó categórico: “El catolicismo es y ha sido el vacío.”
Quizás pura especulación, lo cierto es que durante el 2008, según el diario El País (02/09/2008),“El Islam crece con ímpetu en Cataluña. El grueso de los fieles —se calcula que hay alrededor de 300 mil— son inmigrantes que proceden de países del orbe musulmán. Pero a ellos se han sumado, en los últimos años, cientos de catalanes que han visto en la fe islámica una vía hacia la felicidad. Los conversos son ahora más de tres mil, según los datos que facilitó el portavoz del Consejo Islámico Cultural de Cataluña, Mohamed Halhoul.”
Contrario a lo anterior, el mismo diario ofreció el 22 de marzo de 2008, la noticia siguiente: “El papa Benedicto XVI ha bautizado este sábado al conocido periodista italiano de origen egipcio Magdi Allam, musulmán convertido al catolicismo, en el transcurso de la Vigilia Pascual celebrada en la basílica de San Pedro del Vaticano. Allam, de 55 años, que se ocupa sobre todo de temas relacionados con Oriente Medio, es uno de los subdirectores del diario italiano Corriere della Sera.”
En su homilía, el Papa recordó que “el sacramento del Bautismo, con el que Dios entra en la vida de los creyentes ‘por la puerta del corazón’, y gracias al cual los fieles están ‘enraizados’ en la misma identidad.”
En estos campos del misterio humano y social, quizás el filósofo William James, quien escribió el libro Las variedades de la experiencia religiosa (Estudio de la naturaleza humana), de vivir  todavía, podría ofrecernos una mejor respuesta sobre el porqué de la casi total ausencia de conversos en la actualidad.