Los enterradores: trabajo en equipo

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Faltan sólo 30 minutos para las dos de la tarde, y el cuerpo inerte descansaba en su ataúd gris a la entrada del panteón de Mezquitán. Junto al muertito los deudos lloraban. Todo era un instante frío.
Dos grupos de hombres aguardan cerca del féretro para la sepultura del fallecido. Unos con palas y una carretilla con cemento, cal y ladrillos: los albañiles. Otros tienen camisas polvorientas y jeans azules: los enterradores. Todos compartían quizá no el mismo dolor de los familiares del difunto, pero sí el mismo fin: acompañar a esa persona hasta su última morada.
A las dos en punto, la administración del cementerio entregó a los familiares el pase de abordar al más allá de su muerto. Era la contraseña para comenzar la labor de quienes por más de 15 años han enterrado a miles de personas. Pero hoy es un día “flojo”, según José Luis Rodríguez y José Chávez. “Hay días en que se juntan muchos muertos, los días flojos son de dos o tres más al día”.
Ellos están preparados para la hora en que les digan “si hay espacio para otro. Los albañiles se encargan de abrir las propiedades (las fosas) para ver si están bien y poner las tapaderas. Nosotros como enterradores sólo inhumamos los cuerpos, los bajamos”.

Su primera vez
Mientras caminamos por las rúas del cementerio con la cuadrilla de enterradores, Chávez nos dice cómo llegó a esta labor.
“Un hermano que trabajaba en el cementerio como sepulturero me traía para que acarreara agua para las flores, de allí me ofrecieron este empleo y ya llevo 20 años. Me ha tocado sepultar a familiares y amigos. A un compadre, yo lo bajé y no sentí nada, es el trabajo diario de uno estar bajando cuerpos. Pero todos tenemos un corazón, aunque te hagas el fuerte te caes a veces, porque es tu sangre de verdad”.
Por su parte, Rodríguez llegó al panteón cansado de la industria del calzado que lo mantenía sentado todo el día. Luego consiguió trabajo en el aseo, pero por el poco sueldo renunció. “Me dijeron entonces vete al panteón y dije no, pues si acá en la calle no saco nada, allá adentro menos. Entonces me vine a cuidar las tumbas en la noche para que no saliera el muertito y ya tengo más de diez años como sepulturero”.

El riesgo: cavar su propia tumba
Parece un oficio fácil y rutinario pero tiene sus riesgos, aclara José Chávez, quien asegura que no han tenido accidentes graves, sólo cortaduras con la soga cuando bajan los cuerpos y al cavar las fosas profundas. “Hay compañeros que mientras van haciendo el hueco se quedan atrapados cuando la propia arena se derrumba. La tierra está floja y al excavar mucho con el propio movimiento se cimbra la tierra y cae sobre quien está cavando, y puede quedarse enterrado”.
Les invade el miedo de llevar infecciones a sus casas por lo que en ocasiones sus familias les han pedido que se retiren de ese trabajo. A lo que Rodríguez se ríe y dice: “Mientras uno esté dando el dinerito, ¿usted cree que me van a decir ‘retírate de aquí’”?
Para ellos la muerte es como un sueño donde no hay dolor. Indican que es poco lo que ganan, “30 horas de trabajo por un poco más de 2 mil pesos a la quincena; no contamos con espacio dentro del panteón ni para los familiares. Por eso yo no quiero darle más dinero al gobierno, menos ya muerto, yo prefiero que me cremen”, dice Rodríguez.

El perfumadito
Han visto desde cómo se pelean frente al difunto hasta cuando exhuman los cadáveres. “Una vez tuvimos que desenterrar un cadáver que estaba perfumado, hediondo, pues. Un cuate con más de 30 años de sepultado y salió completo, estaba moreno como mi compañero (José Luis)”, dice Chávez.
Y fue al propio Rodríguez a quien le tocó echarlo a la bolsa. “Como ninguno de mis compañeros quería meterse por lo perfumado que estaba, a mí me toco la bronca. Lo abracé desde abajo para meterlo a la bolsa, estaba tan pesado que se me vino encima, quedé también perfumado y nadie se me quería arrimar”.

Día de muertos y brujerías
El día de muertos el panteón se llena sobre todo de mujeres. “Ellas vienen a ver a sus difuntos. Llegan muy guapas con sus flores y cuando uno da una vigilada, ve que vienen a hacer sus brujerías, a enterrar cosas. Hemos encontrado monos con alfileres, gallinas negras. Se les ve rezando y dando vueltas al pie tapizando lo que ya enterraron”, relata Rodríguez.
Agrega José Chávez que los martes y viernes son los días más frecuentados para esos quehaceres. “Las noches son para los marihuanos, quienes se saltan la barda para fumar su mota en los linderos del cementerio”.
Son 20 minutos pasados de las 2, justo en los límites del panteón se abren paso los enterradores con sus gruesas sogas. El féretro yace sobre la fosa. La soga se envuelve como víbora alrededor del ataúd. Los hombres de gris tantean el peso del cadáver. No hay palabras, ni miradas pérdidas, sólo el silencio mortuorio que es interrumpido por el roce de la cuerda al bajar la caja hasta el fondo del sepulcro.
Emergen las sogas y el llanto al mismo tiempo, los enterradores salen de escena con sus lianas en los hombros.