Los dolores y el honor del Cid

Leer el Cantar… en el español moderno es lo más recomendable. En una segunda lectura, hacerlo en su original es sorprendente. Así el lector se percata que ese es uno de los orígenes del español

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Alfonso Reyes acercó a México el Poema del Cid, como él lo tituló, con una prosificación moderna en base al texto de Ramón Menéndez Pidal. Un año antes, publicó un breve texto: “El mayor dolor de Burgos” en donde recrea el encuentro del Cid, Ruy Díaz de Vivar con la niña de esa ciudad. En esas dos escasas cuartillas se percibe que hay cuatro dolores: el del Cid, el de la ciudad, el del narrador; y el de Reyes al utilizarlo como base de su texto. 

Árabes y castellanos escribieron sobre Díaz de Vivar. Los primeros, expulsados, lo hicieron con odio, los segundos, con generosa admiración. La Historia escudriña con ahínco los aspectos “reales” del Cantar de Mío Cid: su paso por tierras castellanas, las de su conquista que culminaron con la toma de Valencia, más las referentes a su vida de militar. La literatura se goza con la copia hecha por Per Abbat (a principios del Siglo XIII) y el lector recrea aquellos tiempos de los juglares, además de avizorar (si la edición lo permite), los primeros pasos de la literatura española. 

Actualmente existen varias actualizaciones o versiones del Cantar de Mío Cid, entre las que destacan la de Pedro Salinas y la citada de Reyes. El Cantar… no es la biografía de Ruy Díaz de Vivar ni el detalle de sus batallas. Sobresale la búsqueda de la enmienda a su honor. El narrador insiste en señalar la crecida barba de Ruy Díaz; ahí radicaba, por influencia del Islam, la hombría y el honor.   

Los estudios sobre este poema se multiplican día con día. Por mucho tiempo Ramón Menéndez Pidal fue su patriarca. Nuevas investigaciones con otros métodos han precisado informaciones que éste no pudo estudiar: lo importante es que entre todos trabajan para allegarnos a este personaje.

Desde el inicio del Cantar… hay un verso que sobresale: “¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!” El noble no está a la altura de su vasallo y a pesar de los errores, el Cid Campeador sigue fiel “a su señor”. A pesar del injusto destierro, la fidelidad sigue intacta.    

En la Edad Media primero era Dios, luego el rey y después todo. El Cid, al despedirse en la catedral de Burgos promete mil misas cantadas a su regreso. O cuando se va a la batalla contra los moros, a él y a sus soldados, el obispo Jerónimo les obsequia la absolución. En cuanto al poderío del rey cuando ordena el destierro, manda que nadie apoye a Mío Cid ya que: “…sus bienes perdería, más los ojos de la cara,/ y además se perdería salvación de cuerpo y alma”. El rey tenía poderes incluso en el más allá.  

Leer el Cantar… en el español moderno es lo más recomendable. En la segunda lectura, hacerlo en su original es sorprendente. El lector se percata que ese es uno de los orígenes del español.

En el fragmento 3, “El Cid entra en Burgos” se lee: “Mio Cid Roy Díaz—por Burgos entróve,/ en sue compaña—sessaenta pendones;…” Alfonso Reyes traslada: “Ya entra el Cid Ruy Díaz por Burgos; sesenta pendones le acompañan”. La palabra compaña, personas que hacen compañía, todavía es usada en la Cofradía de los Moros de San Francisco de Asís en Zacoalco. A los acompañantes de los Moros se les nombra “compaña”. José Ramírez Flores en su libro Matrimonio/ Indígenas de Zacoalco (1960), rescata la palabra y la dispone como los acompañantes del novio y de la novia; para este segundo caso la palabra ya está fuera de uso. Otro ejemplo lo escribe Gutierre Tibón. Comenta que en un poema histórico, escrito alrededor del año mil 108, por Yehuda Heleví en castellano, utiliza la palabra albixara, que en catalán significa albricias, con pronunciación “albisharas”. Agrega que la “primera documentación” de albricia, en singular, se encuentra en el Cantar de Mío Cid, casi treinta años después del poema citado. El verso dice: “Albricia, Alvar Fáñez, — ca echados somos de tierra!”.

En 1961 se estrenó la película El Cid, encabezando el reparto Charlton Heston y Sophia Loren, “la italiana de Hollywood”. Con un guion que peca de libre, apenas si se reconoce la historia. Y para colmo, el final: el rey Alfonso llega en auxilio de El Cid, herido de muerte,  y juntos pelean por Valencia. Otra inconsistencia de la película. Siempre se cuidó la belleza de Sophia al punto que pasaron los años y, al regreso del Cid, un tanto envejecido, ella sigue igual como si el Campeador se hubiera marchado un día antes. Cuentan las crónicas periodísticas que el guion contó con el beneplácito de Ramón Menéndez Pidal y el rodaje fue apoyado por el gobierno de España, con Franco en el poder. Se ha dicho, y con vastedad, que la conducta del Cid, su lealtad a la monarquía y ser vasallo fiel, fueron utilizados por el franquismo para legitimarse y para la continuidad histórica de la España monárquica.  Esta película se presentó por primera vez en Guadalajara, Jalisco, el 20 de julio de 1967 en el cine Diana.

La fascinante lectura del Cantar de Mío Cid después de más de ocho siglos de haberse escrito, hace que se recuerden dos versos, con sabor a profecía, cuando inició su destierro: “¡albricia, Álvar Fáñez, porque somos echados de nuestra tierra!/ pero con gran honra volveremos a Castilla”.