Lo que hay que discutir…

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Por sus omisiones los conoceréis: política macroeconómica y monopolios son dos de los temas centrales que el presidente evitó comentar en la presentación del paquete económico para enfrentar la crisis económica. Esas omisiones no son gratuitas y son graves en tanto limitan seriamente las condiciones para alcanzar un crecimiento económico sostenido y equitativo.
Los dictums económicos del ejecutivo federal se encuentran permeados por la ortodoxia del pensamiento económico que se impone en buena parte de los corrillos académicos, el ámbito de los negocios privados y del sector público y, por supuesto, de los distintos voceros de los intereses económicos internacionales.
La consecución y mantenimiento de equilibrios económicos, sobre todo en la esfera de la macroeconomía, constituye una de las premisas de ese pensamiento. Es indudable que la estabilidad macroeconómica resulta indispensable para alcanzar crecimiento económico. A ese propósito se aderezaron las políticas macroeconómicas y económicas de los últimos nueve años.
Los resultados de la misma, como de las políticas que las precedieron, están a la vista: errático comportamiento del producto interno bruto, tipo de cambio desalineado, altas tasas de interés, déficit en balanza comercial y, ahora, déficit en las finanzas públicas. A ese desalentador panorama súmese el crónico y agudo desequilibrio que se presenta en variables macro sociales, como la pobreza y el desempleo.
El discurso económico prevaleciente nos propone que esas condiciones económicas se han visto agravadas; en primer lugar por la crisis financiera internacional y, en segundo lugar, por la crisis que afecta a las finanzas públicas como reflejo de la crisis que afecta a Petróleos Mexicanos y por supuesto de la caída en los ingresos tributarios. Así la solución propuesta por el presidente es coherente con esa interpretación y visión económicas: el decálogo de acciones a realizar se centran en las “prioridades” de abatimiento de la pobreza, mejoramiento de los servicios de educación y de salud, y de reorganización de la economía pública: reajuste del aparato administrativo federal y de las finanzas públicas, principalmente.
Lo grave es que esas medidas sólo aseguran más volatilidad económica y más desajustes sociales y productivos. Cuando menos eso es a lo que apunta la experiencia y los resultados obtenidos en el pasado reciente. Lo que debemos debatir es la concepción e implementación de las políticas macroeconómicas implementadas hasta ahora.
En ese sentido debemos recordar que la política macroeconómica se construyó sobre dos pilares: la lucha contra la inflación y el mejoramiento de las cuentas públicas. El éxito logrado no fue suficiente para conseguir un entorno e estabilidad —“amigable”— para los dueños de los factores productivos.
En general, la evolución reciente de la economía ha estado dominada por un entorno macroeconómico en que los diversos actores —gobierno, empresarios, trabajadores, y hasta algunos segmentos de inversionistas— han enfrentado fluctuaciones intensas de la demanda agregada, de la actividad macroeconómica y de los macroprecios. Las fluctuaciones ocasionaron desequilibrios profundos que se manifestaron en crisis económicas equivalentes a recesión y a la manifestación de déficits en el sector externo y en las finanzas públicas. Frente a ellas se implementaron las, ahora sí, inefables políticas económicas de ajuste y el mantenimiento per se de los frágiles “equilibrios” macroeconómicos alcanzados.
Existe pues un amplio consenso en que los fundamentos o equilibrios macroeconómicos son esenciales para el crecimiento. Sin embargo, existe una grave falta de comprensión acerca de los que constituyen “fundamentos sanos”, cómo se pueden alcanzar y lograr que sean sostenibles.
En el pasado reciente, los fundamentos sanos se reflejaron en bajas tasas de inflación y déficits públicos pequeños o, en el mejor de los casos, superávits que coexistieron, generalmente, con bajo crecimiento económico y alto desempleo de los factores productivos, principalmente el referido al trabajo.
Hasta hoy prevalece esa visión de política macroeconómica que se sustenta en priorizar esos sanos equilibrios macroeconómicos financieros y omite el entorno que deben enfrentar los productores en donde existen otras variables como el tipo de cambio y la demanda agregada. Lo grave es que este enfoque conduce a plantear que con los elementos de orden financiero, solamente son suficientes para alcanzar el desarrollo productivo en una economía liberalizada.
En el tema de la apertura, destaca el referido a la apertura total de la cuenta de capitales ya que ésta contribuye, se nos dice, se nos asegura, a equilibrar las cuentas externas y a situar automáticamente la demanda agregada en un nivel consistente con la capacidad productiva. Es decir, la apertura en cuenta de capitales impone disciplina macroeconómica. De ahí que el gabinete económico no concentre su atención más que en el decálogo de acciones a realizar.
Las limitaciones del paquete económico son obvias: no se contemplan el cambio en las políticas económicas y macro que permitan añadir un pilar que asegure la vuelta al sendero de la producción sostenida y distribuida con equidad: el que se relaciona con el logro de una alta tasa de uso de la capacidad productiva que estimule, luego, la inversión en nueva capacidad productiva. Para que la contribución de las políticas macroeconómicas al desarrollo sea más eficaz se requiere generar una visión de conjunto: 1) integral en la dimensión económica propiamente como tal; 2) con un enfoque que concilie los equilibrios macroeconómicos con los macrosociales, y 3) que las tendencias resultantes sean sostenibles en el tiempo.
Desde el punto de vista productivo, unas políticas macroeconómicas eficientes deben contribuir a: 1) utilizar los factores productivos disponibles, estos es elevar la tasa de uso de la capacidad productiva, del trabajo, y del capital, de manera sostenible; 2) estimular la formación de capital, y 3) aumentar la productividad, alentando mejoras en la calidad de los factores y en la eficiencia de su asignación.
Sin embargo, el diseño de estas alternativas de políticas macro encuentra resistencias, que si no oposición, por parte de los monopolios privados y de los cuerpos burocráticos públicos que han encontrado en su interesada implementación, las rutas del indudable progreso económico.
En resumen, el paquete económico requiere abrir el debate en lo ideológico y en lo económico; de lo contrario, el proceso democrático que reclama el presidente se asfixiará y la prosperidad económica habrá de esperar, una vez más, para mejor ocasión. Aunque ya sabemos: de no contemplarse otras vías para superar la crisis. Los platos rotos recaerán sobre lo mismo y sobre los mismos. Eso es lo que debemos discutir.