La tragedia moderna de Martin

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Como un evidente producto de mi tiempo, de las lecturas con finales abiertos, del desfiguramiento de los absolutos morales, del post-modernismo que colma de antihéroes el espacio que antes estaba destinado a los héroes, formo parte de una generación con expectativas más humanas que divinas, asidua a narrativas de lo cotidiano, desprovistas de encantamientos y odas mitológicas. Quizás precisamente por ello, la primera vez que me acerqué a una novela de George R. R. Martin sentí un abrupto hueco entre pecho y espalda, y una profunda decepción lectora (sólo después de haber experimentado una insólita e infantil esperanza inicial). Me había creído el cuento de que estaba frente a un optimista. Me había apegado a un personaje que reunía, como en las historias de antaño, la honorabilidad y el valor propios de un héroe. Había confiado —como novata— en aquella premisa no escrita de que el protagonista se sobrepone a las adversidades, de que el protagonista siempre sobrevive.

Muy pronto y a la mala me vi obligada a aprender que si de algo carecen las historias de R. R. Martin es de protagonistas. Y que si existe algún ser inmortal, más vale temerle. Fue con la primera novela de la saga Canción de hielo y fuego (1996), cuando a la promesa de la muerte de quien se había erigido como héroe, le sucedió la confirmación de su destino. Y era esa confirmación, esa lógica y rotunda ratificación de la imposibilidad de un escape, la que asestó a los lectores una consternación que hace tiempo había abandonado las páginas de la narrativa actual y que se asemeja mucho más a la tragedia mitológica griega que al decadentismo y el desencanto post-modernos. Y aun así, con aquella predilección por lo mitológico, por una estética medievalista y fantástica —y una cuota de homenaje a J. R. R. Tolkien que el propio autor ha reconocido— la obra de R. R. Martin ofrece una experiencia de atemporalidad y vigencia que pese a la interacción de lo humano con lo espectral y lo transmundano, constituye una narrativa esencialmente inspirada en las tramas del poder y la configuración histórica del mundo.

No es extraño entonces que el autor estadounidense, que se ha dado a conocer masivamente por la adaptación de su saga (todavía inacabada) a la televisión —con el nombre del primer libro,  Juego de tronos— tenga una trayectoria que anteceda a su actual popularidad, aunque mucho menos conocida. De formación periodística y con premiadas novelas cortas de terror, fantasía y ciencia ficción, R. R. Martin incursionó como guionista en la gran industria televisiva de Hollywood, paradójicamente por el poco éxito alcanzado con su cuarta novela The Armageddon Rag (1983). La ficción y los relatos históricos formaron parte de su trabajo y motivado por el deseo de retomar la literatura en estricto sentido, dejó aquella industria en 1996 y se instaló en Nuevo México para dedicarse a la escritura que, una vez más paradójicamente, lo devolvería a la televisión.

En ese año escribió el primer volumen de lo que sería una heptalogía, Juego de tronos. A éste le siguieron Choque de reyes (1998), Tormenta de espadas (2000) y Festín de cuervos (2005), libro en el que confluyó la aceptación popular —con una venta de 24 millones de copias traducidas a veinte idiomas— y la de la crítica. Ésta consideraba que en la historia continuada que había comenzado con la debacle de la familia Stark y la lucha paulatina de los siete reinos por el trono, empezaba a consolidarse una épica del poder en la que la trama cada vez más compleja parecía reproducir capítulos cíclicos de la Historia, producto de una herencia escrita y oral cargada de hechos, imaginerías y conveniencias, mientras en ella se imprimía también la interacción, igualmente compleja, astuta y pasional de los personajes. No obstante, los múltiples narradores y los cambios de perspectiva del relato —en ese sentido pertenecientes a una narrativa tan moderna que poco respeto guarda a la fidelidad de la primera focalización— no obedecen a la conservación emotiva y arbitraria de los personajes, pues la obra pondera la historia por sobre cualquier familia, afecto o figura, incluso sobre cualquier dios. “Nadie es intocable cuando se trata de contar una historia”, confesaría su autor.

La última novela publicada de George R. R. Martin, Danza de dragones (2011), es el quinto tomo de la saga, mientras que el sexto y séptimo serán publicados en el 2016.