La reflexión de lo absurdo

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Dos actores en escena y una historia —situada en los años treinta— de amor, suspenso, engaño, crimen, viajes en el tiempo, ignición espontánea, destrucción del mundo. Todo eso es la obra El siniestro plan de Vintilia Radulezcu del dramaturgo Martín Zapata, que aborda tales temas desde el thriller policíaco y la comedia.

El director Miguel Lugo y su compañía La nada teatro, es quien lleva esta vez a escena la obra en el Estudio Diana, durante el mes de octubre. Para él, uno de sus intereses en montarla fue “la posibilidad de acercarnos a Beckett, Ionesco y otros autores, no sólo del absurdo sino del existencialismo, de esta forma oscura de comprender la vida y su sentido. La obra en determinado momento, nos habla de cómo el ser humano está en un mundo lleno de comodidades, y sin embargo es presa del miedo y la degradación”.

Esta obra teatral tiene “un humor corrosivo, muy fino o muy intelectual pero que nos da el sentido de lo absurdo”, dice Lugo, y recuerda que “aunque los temas son universales, es poco el teatro que tiene este perfil policiaco”.

En cuanto a las dificultades escénicas, Lugo dice que “la obra es demasiado verbal, y el espacio donde sucede está muy acotado, aunque también posibilita la creación de movimientos, con secuencias que van repitiéndose a lo largo de la puesta. Tampoco tiene gran parafernalia escénica. Se parte de lo esencial, y por ello implica el ir descartando elementos. El reto es generar la atención del espectador a partir del poco movimiento y la voz. Preferimos ir al gran espacio de ficción que puede ser el cuerpo del actor”.

Para Carolina Ramos “Kärlek”, la actriz del montaje, ya que la acción está en el discurso, “lo complejo ha sido encontrarle todos los colores y matices a las palabras de los personajes y su relación”, y para Carlos Hugo Hoeflich —el otro protagonista— lo difícil es “evocar las imágenes”, a partir de los recursos disponibles.

El personaje de Carolina, a decir de ella misma, es “una mujer madura, con experiencia y mucha pasión, lastimada en el amor, con mucha ira y rencor, inteligente, cautelosa y sexy. Por su lado, Carlos dice que el suyo es un tipo frío y calculador, con grandes problemas internos que en cierta medida se los revela la contraparte”.

Miguel Lugo cree que si ellos fueran parte de los observadores, no podrían sino sentir curiosidad frente a una puesta en escena así, y por ello su pretensión es que el público quisiera indagar más sobre los hechos a veces históricos y a veces ficcionales que ahí se narran.

Del lado de los actores, Carolina dice que ante los cuestionamientos que la obra plantea sobre el fin del mundo y el hombre, aportaría muchas respuestas a quien la viera, pero sobre todo, más dudas sobre la condición humana. Carlos, a su vez, dice que hay que ser capaces de burlarse de los eventos que ahí se plantean, aunque en el fondo tengan cierta seriedad, porque es mejor librarse de esas angustias mediante la risa.

Desde ese punto, en el que la risa puede ser el mejor vehículo para causar una emoción o reacción, Lugo señala que “es la manera más compleja de lograr algo en el espectador, y hacer reír a la gente no es nada sencillo, porque a partir de ello viene la posibilidad de la reflexión. Pero esto tiene que ser a través del humor bien estructurado, no del inmediato o barato, del que hoy se vive una crisis, y que no deja nada, cuando la alta comedia es la que hay que recuperar. Por eso esta obra trata sobre ese humor como en su momento lo tuvo Samuel Beckett, porque el absurdo que presentaba es un sinsentido, y sin embargo, resulta un espejo de la fragilidad de lo humano”.

Y esa es la mayor riqueza de este teatro, remata Carlos, “el poder darnos cuenta de lo absurda que es nuestra realidad, y el poder reírnos de ella y de nosotros mismos por más trágico que sea, así como poner en tela de juicio los valores que tenemos”. Y aquí es donde recuerda Lugo una frase del propio Beckett: “Nada es más divertido que la infelicidad”.